Las reglas del juego

Patricio Navia

Revista Capital, octubre 11, 2002

 

Son dos los argumentos que regularmente esgrimen los empresarios para oponerse a los aumentos de impuestos, que no contribuyen a combatir la pobreza y que no es aceptable  cambiar las reglas del juego. Ambos argumentos presentan problemas. Mientras el primero lleva a cuestionar los verdaderos intereses del empresariado, el segundo refleja una de las limitaciones que imposibilitan que Chile llegue a ser un país desarrollado.

 

A los empresarios no los motiva la lucha contra la pobreza. Por eso es inverosímil argumentar que un alza de impuestos es mala porque tiene efectos negativos en la tasa de crecimiento y por lo tanto dificulta la lucha contra la pobreza. Los empresarios están motivados fundamentalmente por ganar dinero. Está muy bien estar motivado por ganar dinero y hacerse rico. Mientras más motivada esté la gente, más trabaja, más arriesga, más se esfuerza. Las experiencias comunistas fracasaron porque, pese a toda la propaganda gubernamental, la gente trabaja menos cuando su salario no está directamente relacionado con su productividad. Por eso que los empresarios deberían defender la noción de que lo suyo es generar riqueza. Al plantear la discusión en términos de crecimientos versus distribución, los empresarios correctamente pueden contribuir a aclarar el debate. Si el aumentar impuestos atenta contra la tasa de crecimiento, un país debe considerar seriamente sus prioridades. ¿A cuánto crecimiento vamos a renunciar para mejorar la distribución del ingreso y de la riqueza?  Al decidir eso, debemos considerar la eficiencia del estado para lograr que el gasto público mejore la distribución en vez de que se use para financiar armamentos, grupos de interés o subsidios a los que no necesitan.  En un país sincero, donde se acostumbra llamar al pan, pan y al vino, vino, los gobiernos están preocupados de generar riqueza, combatir la pobreza y disminuir el desempleo y los empresarios están interesados en ganar plata. Cuando los empresarios hablan de pobreza y el gobierno habla exclusivamente de crecimiento, o el país está lleno de mentirosos o las prioridades equivocadas nos llevarán a menos crecimiento y más desigualdad.

 

El segundo argumento utilizado para oponerse a nuevos impuestos es que no se pueden cambiar las reglas del juego. Esa mentalidad refleja un conservadurismo y una aversión al riesgo propia de trabajadores del sector público, no de un sector acostumbrado a que cambien no sólo las reglas del juego, sino también el número de jugadores, el tamaño de la pelota, los límites de la cancha, los árbitros y hasta la forma de meter los goles.  La innovación tecnológica de los últimos años ha multiplicado la cantidad de nuevos productos que entran al mercado anualmente y disminuido su vida competitiva. La tecnología de punta de hace 10 años ahora es material de museos y lo que funcionaba hace dos décadas en marketing, ahora no lograría entusiasmar a nadie. Las reglas del juego del comercio internacional varían con la velocidad de un rayo. En el mercado del vino, por ejemplo, hay más países intentando entrar que empresas vitivinícolas operando en Chile. De acuerdo, no porque todo en el mercado sea dinámico, uno va a renunciar intentar que al menos una cosa, los impuestos, se mantengan constantes. Pero rechazar los cambios en las reglas del juego refleja o bien una incapacidad para entender de qué se trata el mundo actual o una visión empresarial que comparte los mismos supuestos retrógrados y conservadores de los sindicatos de profesores, de la salud o de los empresarios microbuseros. En vez de ser baluarte de innovación y sinónimo de emprendedor, al añorar un mundo donde las reglas de juego no cambian, el empresariado terminará quedando como uno de los tantos nostálgicos de un Chile que se acabó sino en 1973, en marzo de 1990. 

 

Bastaría con que los empresarios se opusieran a nuevos impuestos con el simple, viejo, pero todavía poderoso argumento del crecimiento. Mientras más impuestos, menos crecimiento. El resto del país fácilmente hará las deducciones necesarias y llegará a conclusiones. La disyuntiva al final es hasta cuánto crecimiento estoy dispuesto a sacrificar por corregir un poco las desigualdades. Cuando el crecimiento es de por sí escaso, no resulta difícil anticipar la decisión de la mayoría.