Socialistas privatizadores

Patricio Navia

Capital, septiembre 27, 2002

 

No sé en qué parte de la utopía socialista dice que para poder avanzar hacia mayor igualdad, libertad, solidaridad y democracia hay que oponerse a las privatizaciones. De acuerdo, en los 60 se creyó que para lograr la utopía socialista del ‘hombre nuevo’ había que nacionalizar empresas y expropiar fábricas. El resultado fue caos institucional y quiebre democrático, este último generado por aquellos que, comprensiblemente, no querían verse expropiados. Así, vivimos 17 años de dictadura donde hubo menos libertad, menos igualdad y menos solidaridad que en la peor pesadilla socialista. Pero en los 90, los socialistas fueron parte esencial de gobiernos modernizadores democráticos que nos  llevaron por la senda del progreso, crecimiento y reducción de la pobreza. Al mismo tiempo, se avanzó en el proceso privatizador iniciado durante la dictadura.

 

A diferencia de lo ocurrido en dictadura, las privatizaciones de la Concertación fueron limpias y transparentes. El estado hizo buenos negocios. Pero hubo privatizaciones, y hubo avances significativos en igualdad, libertad y solidaridad. No disminuyó la desigualdad de ingreso, pero la inversión en salud, educación, vivienda e infraestructura fue exitosamente focalizada. Si la dictadura demostró que se puede privatizar sin mejorar la calidad de vida de la mayoría, la Concertación demostró que la calidad de vida de los chilenos puede mejorar a la par de privatizaciones responsables. Por eso que resultan incomprensible ahora las voces socialistas que se alzan como dogmáticas opositoras a las privatizaciones. 

 

Uno puede entender que los líderes sindicales del sector público se opongan, incluso que las rechacen aquellos parlamentarios cuyo electorado se beneficia de las regalías que proveen empresas públicas, pero si los socialistas se oponen a las privatizaciones como una cuestión de principios, el partido se transformará en un mero lobbista de sindicatos de trabajadores públicos. Si el Partido Socialista quiere jugar a ser la Confederación Nacional de Trabajadores de la Salud, en vez de ser el defensor de los que menos tienen, los pobres de este país verán cada día más a la UDI como el único partido que los puede defender.

 

Los socialistas buscan una sociedad más justa, más igualitaria. Enhorabuena. Uno puede entender, incluso compartir, demandas por aumentos de impuestos que busquen una política más distributiva y aumenten el gasto en inversión social. La izquierda se diferencia de la derecha en la creencia que la redistribución es requisito fundamental para la consolidación de la democracia y la estabilidad del orden social. Porque una mayoría del país piensa lo mismo, los políticos de derecha a menudo disfrazan su discurso para hacerlo parecer más comprometido con la equidad. O, lo que es peor, dicen que hay que escoger entre crecer o redistribuir, cuestionando la idea que una sociedad de desigualdades obstinadas no es una buena sociedad.

 

Las posiciones electoralistas de la derecha dejan en claro que los socialistas no están solos en esto de usar argumentos racionales para justificar ideologías burdas y creencias trasnochadas. Pero cuando se trata de oponerse a las privatizaciones, los socialistas son tan talibanes como lo fueron los Chicago Boys. Así como los economistas de Pinochet querían privatizar por privatizar, los socialistas hoy se oponen a toda privatización como si fueran intrínsecamente perversas. Con talibanes, de derecha o izquierda, no llegamos a ningún lado. Si en 1982 la intransigencia del equipo económico nos llevó al descalabro, hoy su terquedad llevará al PS a un fracaso electoral porque los votantes lo verán como rígido, tercamente inflexible y pre-moderno. Pero lo que es peor, la tenaz oposición socialista y de otros en la Concertación que se niegan siquiera a discutir los méritos de las propuestas privatizadoras le hará daño al país. Chile ya sufrió el dogmatismo de gobiernos de izquierda y derecha. Hoy el desafío es debatir hacia dónde avanzar, sin evangelios privatizadores ni anti privatizadores, con propuestas que se dialoguen y consideren por sus méritos.  En esta discusión hay que dejar los dogmas en la casa y poner sobre la mesa los argumentos y las razones. Más que cerrar el debate, hay que facilitar las cosas para que éste se pueda dar. Por el bien del país, hay que entender que este debate no está terminado, está recién comenzando.