Dos buenas novelas chilenas

Patricio Navia

Revista Capital, septiembre 13, 2002

 

La oferta de novelas refleja casi a la perfección las asimetrías de información, reputación y eficiencia que existen en muchos mercados de bienes y servicios sin ninguna regulación. Así como la locomoción colectiva es un desastre cuando se deja su regulación a la mano invisible del mercado, o la auto-regulación de las empresas financieras demuestra que en esto de ser juez y parte es difícil que la justicia funcione bien, el mercado de las novelas está lleno de malas novelas, producciones mediocres y descarados engaños editoriales. De las miles de novelas que se publican cada año en español, pocas tienen mérito de verdad. Y algunas de ellas en ocasiones no llegan a ser conocidas porque obras de menor calidad con más recursos para promoción invaden el mercado de la publicidad. En Chile, en años recientes, se han publicado algunas novelas buenas, muchas malas y unas pocas ejemplares. Dos de las novelas ejemplares recientes pertenecen a Hernán Rivera Letelier y Carlos Franz.

 

Hernán Rivera Letelier es un ex minero del salitre nacido en 1950 que saltó a la fama literaria nacional, si es que eso puede significar algo, con La reina Isabel cantaba rancheras, una novela publicada en 1994 sobre prostitutas en el norte chileno. El 2000 publicó una nueva novela de calidad, Los trenes se van al purgatorio. Y este año sumó a su ya extensa obra una nueva producción, Santa María de las flores negras. Aunque tiene otras publicaciones, con Santa María, Rivera Letelier completa una trilogía excepcional sobre la vida del norte chileno. No me queda claro como un ex obrero del salitre termina escribiendo buenas novelas, pero imagino que eso es menos importante que la calidad de las mismas. Rivera Letelier es un gran narrador, sus personajes son relativamente complejos y, aunque sus novelas privilegian la descripción de ambientes y una trama simple y humana, las consideraciones filosóficas y las reflexiones sobre el sentido de la vida, de la historia y de los conflictos sociales y políticos están presentes sin caer en el panfleto ni convertirse en narraciones de opresores versus oprimidos.  Esto es particularmente cierto en su más reciente obra, donde Rivera Letelier se anima a novelar la matanza de la Escuela Santa María en 1907, cuando decenas (¿cientos? ¿miles?, difícil saberlo a ciencia cierta, la historia la escribieron los que dispararon) de obreros del salitre que habían bajado a Iquique a demandar mejores salarios y mejores condiciones de vida fueron asesinados por tropas del ejército. Aunque la historia se podría prestar para un insoportable panfleto apologista de la lucha obrera, Rivera Letelier, sin quitarle el poto obrero a la jeringa patronal, hace historia novelada no panfletera con una narrativa amena y cautivante y con personajes de verdad, contradictorios, mucho más cercanos a la realidad que las construcciones añejas, idealizadas y poco creíbles de clase obrera que pululan en tanto novelón panfletario de ricos versus pobres.

 

Carlos Franz escribe desde otro prisma. Este hijo de diplomático que creció por el mundo y devoró bibliotecas en su adolescencia viajada y cosmopolita, nos demuestra que el talento para escribir se distribuye en forma aleatoria entre narradores de diferentes orígenes. Tener más educación, más mundo y más horas libres para leer permite desarrollar técnicas diferentes que ayudan al talento a transformarse en buena narrativa. El autor de la novela Santiago Cero (1989) y del ensayo La muralla enterrada (2001) logra tal vez su mejor, sino más completa, novela en El lugar donde estuvo el paraíso (1996.) Una narración sobre la hija adolescente de un cónsul chileno en Iquitos que llega a visitar a su padre y se hace mujer. Así de cursi la trama, pero la habilidad de Franz para narrar desde la perspectiva de la adolescente chilena y su agudeza para describir paisajes, personalidades y para explorar la soledad, el escapismo, el desarraigo y el poco sentido de identidad de los diplomáticos hacen de esta narración una aventura deliciosa y gratificante.

 

Se podría decir que Franz es a Rivera Letelier lo mismo que la comida fusión franco-tailandesa es a la comida chilena. No es que una sea superior a la otra. Tal vez la primera es más variada y tiene más recursos, pero la buena cocina chilena, simple y directa, no es menos apetitosa por ser menos sofisticada. Lo cierto es que cuando uno puede disfrutar en la misma ciudad de buena comida chilena y buena comida franco-tailandesa hay razones para sentirse satisfecho.