El sesgo antiempresarial de Lagos

Patricio Navia

Revista Capital #89, agosto 2, 2002

Aunque del gobierno siempre se apuran en desmentir un supuesto sesgo anti-empresarial del presidente Lagos, la percepción generalizada es que el presidente no aprecia mucho a los empresarios, y por asociación, a los chilenos de más ingresos. El sentimiento de poca afección es mutuo y data de la campaña presidencial de 1999. Lavín derrotó a Lagos por 3 a 1 en Las Condes y Vitacura, y por 2 a 1 en Lo Barnechea. Lagos venció menos ampliamente en la mayoría de las otras comunas del país. Pero si Lagos logró una menguada ventaja entre los pobres, la popularidad de Lavín en las comunas de residencia de los chilenos de más ingresos fue avasalladora.

Salvo Frei Ruiz-Tagle, los candidatos presidenciales de la Concertación nunca han sido favoritos del empresariado. Por eso han tenido que recurrir a fondos alternativos de financiamiento. La derecha acusó a la Concertación de contar con financiamiento internacional en 1989 y de desviar recursos del fisco en 1999 para financiar sus campañas, pero fue imposible demostrar nada. Porque la campaña de Lavín tampoco fue capaz de entregar una cuenta clara del origen de sus fondos, la Concertación no perdió tiempo en acusar al sector empresarial de financiar generosamente al candidato UDI. No obstante, como ningún candidato rinde cuenta honesta y clara de la cantidad y origen de sus fondos de campaña, todo lo que se diga es pura especulación.

Pese a todos sus problemas de contabilidad empresarial y sus debates sobre la ley de financiamiento de campañas, Estados Unidos todavía es un modelo de democracia. No por nada los americanos llevan 226 años de elecciones no interrumpidas. Ahí sí se sabe cuánto gasta cada quién y de dónde vienen los fondos. De acuerdo a opensecrets.org, en la elección presidencial del 2000, la dupla Bush/Cheney recaudó 193 millones de dólares, mientras que Gore/Lieberman captaron 133 millones. De esos, los demócratas obtuvieron 83 millones de fondos federales, mientras que los republicanos sólo lograron 68 millones. Los otros 50 y 125 millones respectivamente fueron donaciones individuales y de empresas, gracias a ciertas triquiñuelas contables. Mientras el 42% de los fondos recibidos por los candidatos republicanos (81 millones) llegó en donaciones individuales de más de 200 dólares, sólo el 24% de lo recaudado por demócratas (32 millones) fue en donaciones de ese tipo. O sea, los republicanos derrotaron a los demócratas por más de 2 a 1 en recaudaciones individuales de al menos 200 dólares.

Pero aunque mayoritariamente apoyaron a los republicanos, los estadounidenses más adinerados también contribuyeron considerablemente a los demócratas. Por eso, gane quién gane, los estadounidenses más ricos siempre terminan protegidos. En el caso chileno, los empresarios olvidaron el saludable precepto de anticiparse a escenarios adversos. En vez de contribuir a financiar las campañas de los dos candidatos más populares—o de presionar para lograr financiamiento fiscal para las campañas—el empresariado chileno optó por poner todos sus huevos en la misma canasta. Al final perdieron, por poco, pero perdieron. Y ahora el país observa lo difícil que ha resultado establecer confianzas.

Las acciones del gobierno que han aumentado las desconfianzas son conocidas. Las decisiones de aumentar los impuestos y rígidizar la legislación laboral son conocidas. Pero la decisión del empresariado de apoyar militantemente la candidatura de Lavín ha sido sistemáticamente ignorada como causa de las desconfianzas. De haberse acercado mutuamente más antes de marzo del 2000, las relaciones hubieran partido en mucho mejor pie y no se habría deteriorado (aunque empresarios y gobierno se apuren en desmentir oficialmente la existencia de tensiones). Ahora que la situación internacional se torna más y más compleja, de poco sirve llorar por la leche derramada. Hay que hacer esfuerzos superiores para fortalecer las confianzas y salir exitosos de la difícil coyuntura. Pero mirando hacia el futuro todos deberían aprender lecciones. No es bueno poner todos los huevos en la misma canasta, aún si ésta parece segura. Los empresarios deberían aprender que, para reducir el riesgo, hay que pasar plata debajo de la mesa a todos los candidatos con posibilidades de ganar. Y si a usted le parece vergonzoso que se hable en estos términos de las platas de las campañas, entonces también es hora de tome el teléfono, llame a su legislador y le exija que no siga haciendo la vista gorda al tremendo problema de credibilidad y legitimidad que implica no tener una legislación apropiada para regular el financiamiento de las campañas.