Adiós General

Patricio Navia

Revista Capital, Julio 19, 2002

 

Pinochet ya ha pasado a la historia. Ya era hora. Después de ser el político más importante en el país por un cuarto de siglo, Pinochet se retira como los viejos políticos, obligado por las circunstancias. Pese a haber hecho carrera denunciándolos, el ex dictador pasará a la historia como un político más. Aunque hubiera preferido ser recordado como un oficial de las fuerzas armadas dedicado a sus tareas militares, el ex dictador destacó por ser uno de los políticos nacionales más avezados del siglo XX.  Como ocurre con todo hombre público de importancia, sus detractores y defensores seguirán el debate sobre su legado por muchos años más. Desde las profundas transformaciones y reformas económicas a su desprecio por la democracia, desde su acérrima postura anti-comunista hasta su defensa vigorosa de los organismos que sistemáticamente violaron los derechos humanos, el ex dictador ha motivado cientos de libros y lo seguirá haciendo.

 

Después de que la Corte Suprema lo sobreseyera definitivamente por motivos de salud mental, Pinochet no tuvo otra opción sino renunciar también como senador vitalicio. No fue un acto de grandeza, como se esmeran en decir sus fieles adherentes, o un acto de consecuencia ética. Fue más bien la única salida posible. Hubiera sido incomprensible que alguien con demencia senil pueda votar temas tan relevantes como el presupuesto nacional o la reforma a la salud. Además, después del arresto domiciliario londinense no era difícil anticipar que después de una serie de tramites judiciales terminaría siendo beneficiado con la misma disposición legal que utilizó el gobierno británico para dejarlo ir.

 

No logro entender a los que insisten en denunciar que ‘Pinochet no está loco.’ Claro que no está loco. Sugerirlo representa una lamentable falta de respeto a los que sufren de demencia senil. La pérdida lenta y progresiva de la capacidad de pensamiento abstracto, de la posibilidad de asimilar nuevos conocimientos y de la habilidad de expresarse con claridad de los ancianos no debe ser entendida como locura. De acuerdo, uno puede optar por no creer nada de esto y sugerir que todo es una farsa. En tal caso, Pinochet sería un cobarde que intentó por todos los medios eludir su enfrentar su responsabilidad penal en las violaciones de los derechos humanos. Pero es difícil imaginar a Pinochet como un cobarde, aunque también es difícil imaginarlo como un patriota que, emulando el gesto de O’Higgins, se hace a un lado por el bien de la patria. No, Pinochet es simplemente un ex dictador que está demasiado enfermo como para ser juzgado.

 

De acuerdo a las estimaciones del Instituto Nacional de Estadísticas, el 2001 había 8 millones de chilenos menores de 29 años. Esto es, un 46,3% de los habitantes nacieron en 1972 o después. Si pensamos que todos aquellos que tenían más de 5 años en 1973 tienen recuerdos de antes del golpe militar, entonces somos 9,26 millones que no recordamos el Chile pre-Pinochet. Seis de cada diez chilenos nunca conocimos el Chile de antes. La memoria de esos chilenos comienza con Pinochet en el poder, aunque para muchos otros, la memoria sólo comienza después del retorno de la democracia en 1990. Para la gran mayoría de los menores de 34 años, de izquierda, centro o derecha, Pinochet siempre perteneció a los recuerdos de la infancia, no al país que soñamos construir. Aún sus partidarios jóvenes entendían que el país que ellos construirían sería sin el ‘Tata.’

 

El ex dictador siempre admiró a Franco y hubiera querido, al igual que el caudillo español, morir en el poder. Pero la historia fue diferente. Olvidado por un país profundamente transformado por su gobierno, Pinochet observa desde su residencia solitaria cómo lo abandonan sus hijos predilectos, cómo lo reniegan aquellos a quiénes protegió y cómo lo recuerdan sólo los familiares de sus víctimas. Viviendo el mismo calvario de sus víctimas, el ex comandante en jefe no logra entender cómo el país puede olvidar tan rápidamente. Encerrado en un mundo desconocido de enajenación mental, Pinochet comparte el destino de los detenidos desaparecidos de su dictadura, una presencia fantasmal que evoca vergüenza, tristeza, rechazo y dolor. Los que no conocimos el Chile de antes de Pinochet no tenemos interés en reconstruirlo. Sí soñamos con un país más justo, más libre, más próspero y de más oportunidades para todos, sin Pinochet y sin las divisiones ni los conflictos que generaron las condiciones para su existencia. Pinochet ya no está con nosotros, es hora de dejarlo ir.