Los pobres sí pueden esperar
Patricio Navia
Capital, 22 junio, 2002

Me atrevo a decir que hay más certeza de que habrá un aguacero devastador en Chile en los próximos cuatro años que de la presencia de nuestra selección de fútbol en el próximo mundial de fútbol. Desde niños hemos visto los estragos causados por las inundaciones. Los más viejos recuerdan escuchar en las radios de los damnificados y de los millonarios daños. Los ahora cuarentones recuerdan imágenes de televisión en blanco y negro mostrando a los damnificados y estimando las pérdidas en millones de escudos. Los más jóvenes sólo han visto el drama a colores, y ahora último por Internet. Los damnificados varían geográfica más que socialmente, y las iniciativas tipo “Chile ayuda a Chile” o “Tren de la solidaridad” son calcadas de años anteriores. Es cierto que se inundan ricos y pobres, pero igual que con las enfermedades, los pobres sufren mucho más que los ricos los embates del mal clima.

 

Esto ya es como el cuento de pedrito y el lobo, pero al revés. El lobo es la lluvia y, a diferencia del cuento, viene todas las veces, y nosotros nunca estamos preparados. Es cierto, nos sobra la voluntad para ir en ayuda de los damnificados. El gobierno, que aprovecha de demostrar su cercanía con la gente, la oposición que se preocupa de llevar colchones a donde el gobierno todavía no ha llegado, los artistas deseosos de limpiar su imagen de elitistas y snobs, las figuras emergentes que ponen cara de ocasión o buscan las parkas más brillantes para ganar fama televisiva y los columnistas que usamos el incidente como evidencia inequívoca de nuestra solidaridad, incapacidad, falta de planificación, irresponsabilidad o mala suerte de los chilenos. La lluvia da para todo.

 

¡Qué duda cabe! La solidaridad está bien. Es más, es loable. Pero muchas veces es también una pésima forma de suplir las falencias de las malas políticas públicas. Aunque sea de perogrullo repetir, si el país tuviera más y mejores colectores de agua, habría menos inundaciones. Y habría menos necesidad de ser solidarios con los damnificados. Eso, contrario a lo que muchos creen, no sería malo. Oportunidades para ser solidario sobran, causas nobles en las que participar abundan e, indudablemente, los indemnizados preferirían mil veces tener sus casas secas y seguras a ser beneficiarios de la solidaridad.

 

Si el Plan Auge genera controversia tanto por el contenido como por el financiamiento, el problema de las inundaciones sólo podría generar disputas por lo segundo porque todos saben lo que se tiene hacer. La discusión sólo pasa por decidir si van a pagar todos los chilenos o sólo los habitantes de las ciudades que se beneficiarían, si se van a subir impuestos o reasignar fondos, y si al construirse los colectores se va a mejorar o empeorar la distribución de la riqueza.  Pero, en vez de aprovechar el consenso general sobre la necesidad de tener colectores de agua modernos y eficientes, muchos han convertido esta discusión en una cuestión teórica sobre el tamaño del estado, la naturaleza regresiva o progresiva de los impuestos, las dos almas de la Concertación, la falta de compromiso social de los empresarios, el doble discurso de la UDI y hasta la amenaza que la globalización representa para las buenas costumbres y la moral.  Un tema en el que se podría haber logrado un gran consenso nacional termina siendo convertido en campo de batalla ideológico y táctico para ganar espacios y rounds en la pelea por las presidenciales del 2005. O sea, cuando se trataba de discutir los detalles del plano de la casa, terminamos discutiendo si la arquitectura es ciencia o arte.

 

Eduardo Galeano, un panfletario escritor izquierdista uruguayo, acuñó una frase ingeniosa para explicar por qué no sirve intentar olvidar por decreto a los detenidos desaparecidos. “El olvido está lleno de memoria,” han repetido incesante, y correctamente, miles de activistas de los derechos humanos. Cuando se trata de las lluvias, en Chile sólo podemos decir que la memoria está llena de temporales y el olvido está lleno de actos de solidaridad.  Mientras sigamos creyendo que la solidaridad puede reemplazar a las buenas políticas públicas, seguiremos teniendo que guardar donaciones y frazadas para el próximo temporal. Más permanentes que la Constitución, la bandera o el mismo estado, las lluvias de invierno son la única certeza en el país. Pero nosotros, divididos entre los que creen que la alegría ya viene y los que gritan viva el cambio cada vez que pueden, parecemos sólo concordar que en nuestro país los pobres sí pueden seguir esperando.