Chile-México: Dos transiciones frente a frente

Patricio Navia

Capital, #83, mayo 10, 2002

 

La colección de ensayos editada en México (Grijalbo, 2000) por Carlos Elizondo y el chileno Luis Maira parecía ser una buena idea. Lamentablemente el libro tuvo poca difusión en Chile. En parte porque muchos pecan de excesivo celo metodológico y rechazan ese tipo de iniciativas porque nuestra transición es ‘demasiado especial’ como para ser comparable con otras, especialmente la de México. Pero aunque Elizondo y Maira no lo abordan en su introducción, ni los autores invitados lo discuten en sus capítulos, la gran similitud es que tanto en México como en Chile es imposible ponerse de acuerdo respecto a cuándo comenzó y cuándo terminó la transición a la democracia. 

 

Mientras en México la discusión sobre el punto de partida y su final abarca desde comienzos de los 70 hasta la elección de Fox el 2000, en Chile muchos creen que todavía vivimos en una ‘transición interminable.’ La sugerencia es provocativa, y responde a los enclaves autoritarios de la Constitución de 1980, pero es una tesis errada. Nuestra transición terminó cuando se instaló la certeza de que la única forma de escoger a las autoridades era democráticamente. De acuerdo, siguen existiendo los senadores designados, las fuerzas armadas se mantienen más en el papel que en la realidad como garantes de la institucionalidad y el sistema electoral permite lograr la mitad de los escaños con un tercio de los votos.  Pero esas son insuficiencias de una democracia que funciona medianamente bien, no significa que estemos estancados en el camino a la democracia.

 

La democracia plena es utopía. Así como en Estados Unidos puede llegar a la presidencia el que saca menos votos y en Alemania los hijos de inmigrantes no tienen derecho al sufragio, nuestra democracia tiene problemas serios (mucho más que en Alemania o Estados Unidos por cierto) que la debilitan. Pero no estamos en transición. Nadie cree posible un retorno a la dictadura, aunque no pocos la añoren. Las transiciones existen cuando se va de un lugar a otro, no cuando se está en un lugar en forma estable. Si algo tiene la democracia chilena es estabilidad. Nuestro sistema institucional puede ser aburrido, distorsionar excesivamente la voluntad de la mayoría y hasta generar apatía en un número creciente de ciudadanos. Pero de que es estable, no hay duda.

 

Al reemplazar transición por consolidación democrática, podemos abordar desafíos que llegan más allá de la necesaria eliminación de designados, reformas al sistema electoral, supeditación del poder militar al civil y reformas al Tribunal Constitucional y CoSeNa. Podremos incorporar la descentralización, mejores mecanismos de rendición de cuentas, eliminar la vergonzosa millonaria indemnización a los Supremos que se jubilan un mes antes de cumplir 75 años y reducir el gasto militar para invertir más y mejor en capital humano. Las iniciativas para fomentar la participación, la construcción de ciudadanía, el sentido de comunidad y la defensa de los derechos individuales son temas de consolidación democrática más que de transición. 

 

Volviendo al libro. Salvo en los artículos de Rodríguez García-Huidobro y de Jorge Witker, hay muy poco de análisis comparativo. Y esos dos artículos son sobre el comercio y la economía, no de política. Con la excepción del disciplinado y erudito Alejandro Foxley, la falta de rigurosidad en varios artículos se hace evidente. Edgardo Boeninger, presentado como ‘senador de la república’ (no mencionan que lo nombraron por dedazo), sugiere que “el gobierno militar nunca intentó dictar una segunda ley [de amnistía]... porque no tenía en el Senado los votos necesarios para lograrlo.” (p. 123.) ¿Pinochet gobernó con Senado?

 

Aunque se rescatan algunos ensayos escritos desde la trinchera académica, las contribuciones son en general disertaciones autocomplacientes, resúmenes de artículos o libros ya publicados, reflexiones insuficientemente pulidas o lisa y llanamente discursos preparados para otros eventos. Faltó invitar a algún académico de vocación o bien reconocer que más que analítico, este libro era la inusual mezcla de consejos de actores de la política concertacionista de los 90 a los mexicanos que se aprestaban a comenzar un nuevo capítulo en su vida institucional. Pero ya que los autores no se dieron el trabajo de enriquecer y profundizar sus ideas, comentarlo sirve como excusa para sugerir que es hora de dejarse de hablar de transición y comenzar a hablar de consolidación democrática.