Dream Team, No Game Plan

Patricio Navia

Capital, #82, abril 26, 2002

 

Con el cambio de gabinete realizado el 5 de enero el presidente Ricardo Lagos envió la señal que las presidenciales del 2005 dependían mucho más de lo que él hiciera en sus 4 años restantes en La Moneda que de los golpes de imagen de Lavín, las peleas de la Concertación o incluso el comportamiento de la economía. La persona que tiene en sus manos la llave de la victoria del 2005 decidió ese día armar un equipo ganador, un dream team, capaz de convertir la vaticinada derrota en una cuidadosa y bien lograda victoria, la cuarta consecutiva de la exitosa Concertación.

 

Junto con los cambios de gobernadores e intendentes—algunos más justificados que otros, y no pocos diseñados más como golpes de imagen que como esfuerzos para mejorar la gestión—el presidente finalmente decidió armar un equipo poderoso en La Moneda que fuera capaz de ordenar al gobierno. De acuerdo, ordenar a la alianza de gobierno es un desafío complicado, y la poca paciencia y disponibilidad de Su Excelencia para lidiar con las particularidades, personalidades y hasta arrebatos infantiles e histéricos de los partidos que conforman la Concertación dificulta la tarea. ¡Qué duda cabe! La Concertación está desordenada. Por un lado está Adolfo Zaldívar, más preocupado de los duros de la galería DC que del país y más decidido a caerle bien al Vaticano que a los chilenos del mall (los que se divorcian, van al cine, no van a la iglesia, o peor aún, van a iglesias evangélicas.) Por el otro está el PS, que cree que todo el país se levanta cada día pensando en el drama de 1973. En el medio está el PPD, que con la revuelta de Ávila está tomando una sopa de su propio chocolate casi-populista y ‘ciudadano’ incapaz de armar un partido en serio. El PRSD sólo sobrevive por los avances de la medicina y el aumento en la esperanza de vida de los chilenos. En privado, Silva Cimma reconoce que no sería mala idea que él fuera senador vitalicio (exagero, no lo hace, pero a nadie le sorprendería que lo hiciera.) Con una coalición así, es comprensible que el presidente no se quiera ni meter al ruedo. Pero el no tiene la opción de escoger. O el ‘presi’ se mete a ordenar la alianza de gobierno, o sus iniciativas legislativas seguirán resultando más difíciles que un parto. La mejor forma de disciplinar a la coalición es convirtiéndose en líder del país. Con iniciativas que logren cautivar el entusiasmo ciudadano y le permitan alzarse en los niveles de popularidad por sobre el 60%, el presidente tendrá la ascendencia necesaria para golpear la mesa y disciplinar a los partidos. Para lograr eso, convocar a un gabinete dream team es requisito necesario.

 

Pese a las complicaciones de la Concertación, Lagos logró armar un triunvirato político notable. Desde la terna Krauss-Boeninger-Correa que no existía un equipo tan poderoso, capaz y eficiente en La Moneda. Mientras Krauss era un buen amigo de Aylwin, opaco y hasta aburrido (el 2001 sacó un 8% de los votos en Tarapacá y en 1997, aunque ganó un escaño en la Cámara, sacó menos votos que Alberto Cardemil), Insulza es un ministro poderoso, inteligente, agudo, sagaz y muñequero. Gásfiter o ingeniero de la NASA, Insulza puede arreglar desde llaves que gotean a transbordadores que no funcionan. Sin entenderlo, Ominami consagró la mejor descripción del ministro, su capacidad para solucionar problemas.  Mario Fernández, a su vez, aunque no es tan influyente como Boeninger, ha demostrado una habilidad parecida a la del ahora Senador designado. Fernández deja brillar a los demás y se concentra en hacer su trabajo de coordinar la agenda legislativa. A diferencia de Boeninger, Fernández no cuenta con una bancada ordenada y dispuesta a apoyar disciplinadamente casi cualquier idea de La Moneda. Por eso, Mario Fernández tiene que trabajar mucho más para lograr la disciplina partidaria. Heraldo Muñoz ha sido una notable sorpresa. Articulado, claro, bien vestido y calmo, se ha convertido en la justa balanza entre los enojos de Insulza y el bajo perfil de Fernández. Sin las pretensiones filosóficas académicas del hábil Correa—aunque con más méritos y preparación que el ‘filósofo’—Heraldo Muñoz además ha sabido no enemistarse con los gigantescos egos del palacio. Desde su llegada a La Moneda, Muñoz no ha tenido los encontrones que tuvo con Alvear en Chancillería aunque las oportunidades han sobrado para pelearse con Insulza, dueño y señor del Gabinete desde 1998, Eyzaguirre, más poderoso que Foxley o Aninat, los asesores del segundo piso o el mismo temperamental presidente. O aprendió la lección, o la peleadora era la ministra Alvear, pero Heraldo Muñoz como vocero le ha vuelto a dar a ese ministerio la importancia que tenía con Enrique Correa. 

 

Aunque en La Moneda hay todo un dream team, el resto del equipo es menos parejo. En Obras Públicas, Javier Etcheberry llegó a ordenar el desorden cultivando el mismo bajo perfil que logró en Impuestos Internos. Las cámaras seguirán siendo para los subsecretarios y para el zar del transporte Germán Correa, aunque será más en transportes que en la eficiente gestión ya esperada en Obras Públicas donde se mida el éxito de este biministro. Osvaldo Artaza ya se encuentra con los problemas que aquellos que lo conocen rápidamente anticiparon. El hombre se hizo famoso por separar siameses, no por aunar voluntades. Aunque del éxito de la gestión de Artaza depende mucho la suerte electoral de la Concertación el 2005, la poca experiencia política del ministro dificultan su tarea. Si logra ajustarse y hacer equipo con el triunvirato de La Moneda y con Eyzaguirre, podrá salir triunfador.

 

En Defensa Michelle Bachelet tendrá que recurrir a herramientas de persuasión y amenazas para lograr finalmente que los uniformados se acostumbren a no deliberar. Aunque militares en retiro, electos y designados en el Senado, sigan creyendo que las FFAA son garantes de la democracia, Bachelet podrá aprovechar el distanciamiento de Lavín (no de la UDI) de los militares para consolidar la supeditación del poder militar al poder civil democráticamente electo. Ravinet, fiel a su costumbre, trabaja solo. Igual que cuando ocupaba la alcaldía de Santiago, el colorín demuestra que formar equipos no es lo suyo. Aunque no ha brillado como quería, su gestión ha sido disciplinada y eficiente. Pero en vez de construir una plataforma presidencial para el 2005, Ravinet sólo se consolida como la alternativa en caso de que no aparezca nadie más. Aylwin en Educación, Gómez en Justicia y Campos en Agricultura brillan menos que moneda vieja. No brillar no es pecado, ya hay muchas mesitas de centro en la política chilena, pero el bajo perfil en ocasiones se utiliza para intentar que una gestión mediocre pase piola. La crítica situación carcelaria, la urgente reforma educacional y la necesidad de hacer más competitivo a un sector importante del agro nacional ameritan que los buenos equipos de trabajo de esos ministerios tengan líderes entusiastas, emprendedores y motivadores que sean capaces de poner esos temas entre las prioridades nacionales. Ni Aylwin, ni Gómez ni Campos han logrado el liderazgo necesario para posicionar sus carteras entre las prioridades del gobierno actual.

 

Delpiano en SERNAM y Solari en Trabajo ejercen un tipo de liderazgo eficiente y útil. Sin robarse cámara, pero negociando y construyendo consensos, han logrado avances importantes en sus carteras y aunque las iniciativas gubernamentales de reforma laboral y mejoras en la situación de la mujer han sido cuestionadas, estos ministros han minimizado el conflicto y evitado una serie de incendios que podrían haber avergonzado al gobierno. La gestión de Rodríguez en Economía y Energía y Dulanto en Minería sólo confirman que Eyzaguirre es el único hombre que cuenta en todos los ministerios que se ubican en el edificio de 13 pisos de Teatinos con Moneda. Porque Rodríguez y Dulanto han aceptado esa verdad, tienen ciertos espacios para maniobrar (en la medida que Eyzaguirre así lo estime conveniente.) Los problemas de Alvear en Cancillería han sido ampliamente discutidos. La inexperiencia de la ministra combinada con la impericia de la diplomacia chilena no representó un problema mientras las cosas salían solas. Ahora que se volvió a complicar la aprobación del TPA en Washington, se entrabó el ingreso a Chile en el Tribunal Penal Internacional, reapareció Fidel Castro en la política chilena y el mundo cambió después de los atentados del 11 de septiembre del 2001, tener en Cancillería a una abogada monolingüe inexperta en los avatares del mundo globalizado equivale a tener una ciudad amurallada pero olvidarse de cerrar la puerta. Cecilia Pérez en MIDEPLAN parece querer volver a convertir a ese ministerio en una oficina de estudios. Por eso ha aceptado feliz que el tema mapuche lo maneje el subsecretario Jaime Andrade. Aunque hace tiempo que ese ministerio debió haber sido reorganizado, incorporando parte de las funciones a SEGPRES, Interior y Hacienda, una buena gestión de Pérez podría justificar la idea de tener un ministerio dedicado a la planificación. Lo de Andrade y el problema indígena, no obstante, sólo evidencia que el gobierno no logra aún definir adecuadamente el conflicto mapuche, mientras eso no ocurra, seguirá alojado temporalmente en MIDEPLAN.

 

Así y todo, por el triunvirato de La Moneda, la fuerza de Eyzaguirre, la disciplina y eficiencia de Etcheberry, Solari, Bachelet, Ravinet y Rodríguez y el entusiasmo de Artaza, el nuevo gabinete es un dream team. Es cierto, no logra la fuerza y cohesión del gabinete de Aylwin, pero si representa una mejoría sustancial respecto al primer gabinete de Lagos. Pero para que el dream team pueda ganar, es necesario tener también un game plan. Y es ahí donde el gobierno se ha quedado dormido. Preocupado de no entrar en nuevos conflictos con el empresariado, se logró consensuar una agenda por el crecimiento. Preocupado de no ofender a la DC, el gobierno no se ha atrevido a enviar una ley de divorcio, clara, simple y sencilla. Los chilenos deberían tener derecho a disolver sus contratos de matrimonio. Preocupado de no alienar a la izquierda concertacionista, se evita discutir nuevas privatizaciones. Preocupados de no enfurecer a las fuerzas armadas, se le baja el perfil al excesivo financiamiento militar. Es cierto que es malo andarse peleando con todo el mundo, pero un gobierno que no se atreve a pisarle los pies a nadie para avanzar termina hundiéndose en la ciénaga del querer quedar bien con todos.

 

Ya se acabaron las elecciones (las próximas ocurrirán en 30 meses) y el gobierno puede aprovechar la oportunidad para tomar la iniciativa. Tener un dream team es requisito necesario, no suficiente. También se necesita un game plan. Dada la coyuntura actual, de una alianza de gobierno indisciplinada donde cada quién parece estar corriendo con colores propios y pegarle al gobierno es el hobby favorito, el presidente debiera optar por aprovechar su dream team y empezar a anotar goles. Apropiándose de la iniciativa en la reforma a la salud, con objetivos claros y mejoras verificables y realizables, el gobierno debe demostrar quién lleva la batuta. Legitimándose en el enorme apoyo popular a una ley de divorcio, el gobierno debe jugársela por la iniciativa. Oyendo y haciéndose cargo del temor a la delincuencia, el gobierno debiera convertirse en el principal aliado de la seguridad ciudadana. Ni los políticos de oposición se atreverán a oponerse a iniciativas que cuenten con el respaldo popular ni los propios concertacionistas se atreverán a cuestionar el liderazgo de un presidente cuya popularidad comience a subir hasta las nubes. De lo contrario este dream team pasará a la historia como una oportunidad perdida, como un grupo de hombres y mujeres que pudiendo hacerlo tan bien sólo facilitaron el camino de Lavín a La Moneda.