Vocación opositora

Patricio Navia

Capital, #81, 12 abril 2002

 

Un hecho ignorado sobre el debate entre autoflagelantes y autocomplacientes es que los primeros constituyen una amplia mayoría en el PS. Muchos socialistas se sienten claramente incómodos con esto de tener que ser administradores de un modelo de libre mercado ‘con rostro humano’ en el que nunca han creído. Una cosa es renovarse políticamente y otra es convencerse de la eficiencia del mercado. Lo que es peor, la renovación PS se dio mucho más en el liderazgo exiliado que entre militantes de base. Por eso que las nostalgias revolucionarias llevan a la mayoría de los miembros activos del PS a añorar los desastrosos días de Allende, solidarizar con la podrida revolución cubana o apoyar al patético, populista y bolivariano Chávez. Se engañan aquellos que creen que Enrique Correa, Oscar G. Garretón o Mario Marcel representan una silenciosa mayoría del PS. Hace años que ninguno de ellos participa activamente como militante. Es más, la familia PS en el fondo siente desprecio por todos aquellos líderes ‘vendidos’ al modelo.

 

La disociación entre el liderazgo renovado red-set y la militancia nostálgica se logra minimizar por los beneficios que involucra estar en la coalición de gobierno. Los puestos de confianza y regalías permiten alinear y disciplinar a muchos que de otro modo desatarían un discurso anti-sistema. Es también la capacidad de los ex MAPUs para copar puestos de alto perfil tanto de elección popular como de confianza presidencial que alimenta la ilusión de que efectivamente existe un PS renovado. Pero la incapacidad MAPUísta de imbuir de renovación al resto del partido demuestra la peor debilidad de ese grupo de brillantes ex jóvenes DC con una profunda vocación de poder y una mejor habilidad para ejercerlo: su origen elitista y su absoluto fracaso en construir un partido de bases.

 

De acuerdo, gran parte del rechazo que produce el ‘sistema’ resulta de las profundas desigualdades existentes. Mientras los ricos viven bien, los pobres sobreviven con sueldos miserables, en viviendas indignas, con una insuficiente cobertura de salud y limitado acceso a la educación. Pero el punto no es verificar la existencia de desigualdad y pobreza sino evaluar la dirección en que van evolucionando. La discusión al respecto ya es agotadora. La Concertación ha hecho más por los pobres que cualquier gobierno anterior. La añoranza pre 1973 no es sólo injustificada sino que además dañina. Los derechos de los pobres que optaban por no apoyar a la UP, por ejemplo, fueron siempre supeditados a lo que conviniera a la Revolución con Empanadas y Vino Tinto. A diferencia de entonces, hoy prima el convencimiento que no se puede imponer un programa político con apenas un tercio de los votos. Claro, salvo en el izquierdista duro que no quiere entender que el proyecto Allende no logró mayoría o en el ‘duro de matar’ pinochetista que defendiendo el sistema binominal y las leyes de amarre de la dictadura quiere gobernar sin cumplir el requisito de convencer a una mayoría. No es sólo el enorme avance en la lucha contra la pobreza sin que empeore la desigualdad lo que le debemos a la Concertación, sino también la implantación en el país de una cultura de creciente tolerancia y respeto a los que piensan diferente.  Para decirlo de otra forma, los gays tienen más espacio en Cosas y Caras hoy que lo que tuvieron en Clarín o El Siglo antes de 1973.

 

No se puede pretender los beneficios de estar en el gobierno y no querer pagar los costos que esto implica. Una opción sería profundizar la jibarización actual y conformarse con ser un partido que representa a uno de cada diez chilenos. De hecho, hay varios sugiriendo que es mejor ser un partido prístino minoritario que un partido de mayorías menos ideologizado. Al fin y al cabo, la Concertación sólo estaría administrando el modelo de la dictadura. Además de la incuestionable evidencia que demuestra la falsedad de esa declaración, subrayo sólo la poca valoración que dan los que defienden esa postura al clima e institucionalización de tolerancia y respeto a las minorías desarrollado por la Concertación. Esa actitud no sorprende en tanto muchos en el partido de Allende aún no logran entender que para poder lograr mayorías hay que adoptar plataformas que convenzan a muchos más que los selectos iluminados que se han pasado toda la vida encerrados en los cuatro muros de un partido que no logra entender que el país cambió, y para mejor. Tirar la toalla ahora es tener vocación minoritaria, de oposición, y, peor aún, hacerle un flaco favor al proceso de abrir las grandes alamedas que es, después de todo, lo que ha hecho la Concertación en estos doce años.