Las molestosas mayorías

Patricio Navia

Capital, #80, marzo 29, 2002

 

Hasta hace unas semanas, la Concertación se había comprado la tesis que los senadores designados tenían que recibir un nombre más bonito. Esa no ha sido la única derrota semántica del gobierno. Sorprende por ejemplo que los concertacionistas usen 'régimen militar' en vez de 'dictadura' pero no 'régimen civil' en vez de 'democracia.' En un país donde ser politically correct se confunde con ser mentiroso, pocos se atreven a decir que la dictadura fue un período lamentable y que el gobierno de Allende fue desastroso. Son todavía menos los que dicen ambas cosas a la vez.

 

Incomprensiblemente, la Concertación había aceptado la denominación de senadores 'institucionales.' Por más respeto que se merezcan Edgardo Boeninger, Silva Cimma o Augusto Parra, el presidente, los partidos de gobierno y las autoridades nunca les debieron haber dado el mismo reconocimiento que el que se otorga a senadores electos. Es más difícil reclamar contra lo que hacen los 6 designados de oposición si uno anda validando las acciones de los 3 designados y un vitalicio (que se ganó en las urnas la banda presidencial no un sillón en el Senado) que sí votan con el gobierno. Es aún más difícil hacerlo cuando sus propios pares los tratan como si fueran líderes de bancada.

 

La derecha siempre ha desconfiado de la mayoría. Hasta la milagrosa aparición de Lavín, la "droite" nacional jamás soñó con poder alcanzar el poder a través de los votos. Por eso en dictadura instauró mecanismos contra mayoritarios para controlar "lo que quiere la gente" En 1980, Carlos Cáceres y Pedro Ibáñez prepararon un sendo Voto de Minoría en el Informe del Consejo de Estado manifestando su oposición al sufragio universal. La Constitución de 1980 fue menos drástica, sólo permitió quitar el derecho a votar a "totalitarios"--léase marxistas--en el derogado artículo 8, y creó 9 senadores designados, para sumarse a los 26 electos originales.

 

En las reformas de 1989, a las que la UDI inicialmente se opuso, el número de senadores electos pasó a 38, por lo que los 9 designados pasaron del 26% al 20% de los escaños. Los designados en diciembre de 1989 eran todos pinochetistas. Pese a que la Concertación obtuvo un 54,6% de los votos al Senado, contra un 34,9% de la derecha, y una ventaja de 22-16 entre los electos, la derecha logró una mayoría de 25-22 con los designados. En 1993, pese a ganar por 55,5% a 37,7%, los 18 escaños senatoriales se distribuyeron por partes iguales entre Concertación y derecha. Entre 1993 y 1997, la derecha tuvo una mayoría de 24-21 (descontando al desaforado Errázuriz.)

 

Los designados se renovaron en 1997, quedando 6-3 a favor de la derecha. Ese año la Concertación obtuvo un 49,9% de los votos al Senado mientras que la Alianza (Unión por Chile, entonces) logró un 36,6%. Con la incorporación de Pinochet, la derecha quedó con una mayoría de 24-23. El desafuero de Pinochet y la incorporación de Eduardo Frei dieron una leve mayoría de 24-23 a la Concertación por más de un año. En las elecciones del 2001, la Concertación y Alianza obtuvieron un 51,3% y 44% de votos respectivamente, pero los 18 escaños se dividieron en partes iguales. Con eso, el Senado está empatado a 24 votos. Habiendo siempre tenido menos votos, la derecha ha logrado tener mayoría o al menos empatar en el Senado. Hoy la Alianza sigue el ejemplo de Clinton para defender lo indefendible. Mientras el ex presidente estadounidense insistía en decir "yo jamás tuve sexo con esa mujer," la derecha argumenta que 51 es lo mismo que 44. O en  palabras de Longueira, "los designados son diez. Cuatro de los designados votaron por una posición y seis votaron por otra, por lo tanto lo lógico era que la Concertación asumiera ese empate."

 

Es imposible saber lo que la gente quiere si no dejamos que se refleje la voluntad popular. Las medidas contra mayoritarias han ayudado a bloquear "el cambio." Pero por sobre todo, la histórica defensa de la UDI (RN sólo existe en la imaginación de Piñera) de los senadores designados primero y del contra mayoritario sistema binominal ahora, es evidencia que pese al fenómeno Lavín, la derecha sigue desconfiando de la tan esquiva mayoría electoral. La actitud UDI temerosa de la democracia (sistemas donde gobiernan la mayoría y la minoría goza de los mismos derechos que la mayoría), ha convertido a nuestra joven democracia en una decepcionante muestra de que por más que se hable de ella, nuestras instituciones no toman en cuenta a la gente cuando se trata de decidir quién controla los destinos del país.