Empresa de Telégrafos DC Compañía Limitada

Patricio Navia

Capital, #78, 1 marzo de 2002

 

El PDC enfrenta el mismo problema de las empresas de telegramas: los clientes prefieren cada día más a la competencia. La diferencia es que mientras el e-mail y el teléfono ya  destruyeron a los telegramas, la DC se puede reinventar exitosamente y dejar a todos los que ya compraron las coronas de flores con las ganas de asistir al funeral.

 

Nacida como alternativa católica a las revoluciones comunistas y al capitalismo salvaje, la DC logró empinarse como una opción de gobierno con el anticomunista Frei Montalva, la Patria Joven, la Revolución en Libertad, la reforma agraria y la nacionalización del cobre. Después vino la UP, la dictadura, el modelo neoliberal, la decepción con las revoluciones sociales, la perestroika, el fin de la guerra fría y la necesidad de vender algo diferente, porque el mensaje de los 60 ya no entusiasmaba a nadie. Rápidamente y anticipándose a la caída del muro, con la eficiencia de los tecnócratas de CIEPLAN, la experiencia de políticos de carrera y la disciplinada organización nacional, la DC se logró reinventar como eje de una Concertación que pudiera garantizar el tránsito pacífico hacia la democracia y fuera capaz de corregir las vergonzosas desigualdades en que nos había dejado la dictadura (40% de pobreza, enorme presupuesto militar, paupérrimo gasto en salud y en educación, y amplio temor a la brutalidad de la represión política.) Pese a la reticencia de algunos defensores de la vía propia, la DC supo aprovechar la oportunidad disponible, se reinventó como cabeza de la Concertación y todo el país se beneficio.

 

Pese a las justificadas críticas por el temor excesivo a los chantajes militares (pinocheques, ejercicios de enlace y boinazo) y por la falta de osadía para intentar políticas de redistribución más ambiciosas, la década de los 90 demostró que la Concertación era capaz de liderar un proceso de consolidación democrática y crecimiento económico. Mientras nuestros vecinos se embelesaron con sus burbujas fujimoristas y menemistas, la Concertación con su paso lento pero seguro logró que fuéramos el único país grande la región que no experimentó una devastadora crisis económica. Mientras algunos de nuestros economistas nos urgían a seguir el ejemplo de osadía argentino a mediados de los 90 y Lavín viajaba a Perú a alabar a Fujimori por sus reformas, la DC timoneaba eficientemente a la Concertación y al país con una postura clara: despacito por las piedras de modo de avanzar y no caerse. Por eso se ganó merecidos laureles, pero hacia fines de la década también recibió la terrible sentencia de ‘misión cumplida.’ Ahora que la izquierda pasó a liderar a la Concertación, la DC necesita volver a reinventarse—pasar de vender telegramas a vender otros servicios—para volver a ser el socio mayoritario de la Concertación y el partido eje de la política chilena.

 

Electoralmente, el país respaldó al PDC en los 90. Por eso que Aylwin ganó fácilmente en 1989 y Frei arrasó en 1993. La DC obtuvo 38 diputados (32% de la Cámara) y 13 senadores (34% de los electos) en 1989, pasando a 37 (30.8% de la Cámara) y 4 (22% de los 18 senadores que se eligieron ese año) en 1993. En 1997, obtuvo 38 diputados y 10 de los 20 escaños senatoriales. Pero la representación parlamentaria DC cayó bruscamente el 2001, quedando en 23 diputados y 14 senadores (10 de 1997, Boeninger, Frei y los dos electos el 2001.)  En votos, la caída DC fue menos brusca. En 1989 había obtenido el 26% de votos en la Cámara y el 32% en el Senado. En 1993, aunque Frei obtuvo el 58%, los candidatos a la Cámara se llevaron el 27,1% y los del Senado captaron el 20,2%. En 1997 fue 23% y 29,2% respectivamente. La debacle del 2001 tuvo más que ver con escaños que con votos, el PDC obtuvo el 18.9% para diputados y 22,9% para senadores. El sistema electoral, que permitió en 1997 su sobre representación en la Cámara (23% de votos, 32% de escaños) y Senado (29,2% de votos, 50% de escaños), no favoreció esta vez a la DC. Pese a su caída de 1,8 millones de votos en 1993 a 1,55 millones el 2001, la DC sigue siendo un actor clave en la política nacional. Sin su concurrencia no hay ley que pase el parlamento.

 

La DC tiene poder de veto, pero debe ser capaz de proponer. Por eso que deben buscar un nuevo producto, un nuevo mensaje, una plataforma diferente que se haga cargo del Chile moderno y democrático—pese a todos los problemas—que ellos mismos ayudaron a forjar. El cambio de directiva tendría que haber reflejado esa intención. Pero la elección de Adolfo Zaldívar demuestra que la DC cayó víctima del viejo síndrome de ‘todo tiempo pasado fue mejor.’ Utilizando un discurso más de la Patria Joven que de la Patria del Siglo XXI, Zaldívar logró entusiasmar a las fieles huestes de heridos militantes. Pero esa estrategia se parece al discurso emocionado del presidente de Carteros Ltda que llama a sus empleados a trabajar más duro y con más ganas para que la gente vuelva a creer en la eficiencia y celeridad de los telegramas. Puede entusiasmar a los carteros, pero el entusiasmo dura hasta que salen a la calle.

 

Al considerar a la Concertación como una alianza política más, Zaldívar intenta reeditar la división de tres tercios que experimentó el país antes de 1973. Desconociendo lo bueno que ha sido reemplazar los tres tercios por dos medios (56-44% en 1988 y 48-45% en las últimas parlamentarias), Zaldívar pretende retrotraernos a los días en que la estabilidad de las alianzas políticas era un sueño imposible. Uno de los grandes méritos accidentales de la dictadura fue lograr la unidad del centro con la izquierda. Eso permitió el nacimiento de la Concertación y nos dio la década más exitosa en términos de crecimiento económico, mejoras en la calidad de vida y respeto a los derechos individuales de nuestra historia. La existencia de la Concertación es requisito necesario para poder seguir gozando de estabilidad y paz social. Sugerir que la identidad DC es más importante y superior a la identidad concertacionista es ignorar lo logrado en estos diez últimos años y no entender que una cantidad no trivial de electores vota indistintamente por candidatos DC, PS, PS o PRSD con tal de que sean concertacionistas. Aylwin, Frei y Lagos ganaron porque eran de la Concertación, no por sus identidades partidarias. Al confrontar la identidad concertacionista con la identidad partidista, Zaldívar puede ganarse vítores de la galería de militantes duros DC, pero arriesga que su partido siga cayendo en las preferencias de un electorado que claramente identifica a la Concertación como un proyecto mucho más viable que la suma de sus, ocasionalmente, añejos partidos.

 

De acuerdo, los tres tercios no son el cuco. Cuando el centro estuvo dispuesto a negociar pragmáticamente con la derecha o la izquierda, los tres tercios fueron compatibles con la democracia. Pero cuando la DC fue incapaz de facilitar un entendimiento, las divisiones políticas insalvables nos llevaron a la dictadura. Sin un centro fuerte, estable y responsable, las aventuras imprudentes de derechas e izquierdas nos llevaron a extremos de crisis social y represión brutal. Con su discurso incendiario, Zaldívar no recrea un centro pragmático. Por eso, en vez de reeditar el pasado, el presidente de la DC debería comenzar a convencer a la militancia dura que los días de la Patria Joven y los de la transición a la democracia ya pasaron y que el futuro de su partido depende del fortalecimiento de la Concertación. Es hora que el ‘colorín’ entienda que ya pasó el momento para un proyecto que excluya a la izquierda e incorpore a la derecha liberal.  Para poder rescatarla, Zaldívar tendrá que convertir a la DC—cada día más concertacionista—en fiel representante de los ideales de la clase media chilena y en la esperanza de los pobres. Eso no pasa por la plataforma del partido de 1964, por más que los militantes viejos recuerden esos días con nostalgia. Hoy el partido debe ser mucho más de ciudadanos que de militantes, mucho más tolerante que ideológicamente puro, mucho más dedicado a defender oportunidades para ejercitar la libertad que preocupado de proyectos colectivos integristas y, repito, mucho mas concertacionista que democratacristiano.

 

Tiene razón Zaldívar cuando denuncia el caso de las indemnizaciones y la chambonada de la inscripción electoral como ejemplos del mal manejo, pero un líder que se fue a refugiar en la circunscripción senatorial más pequeña del país y no es capaz de ir a pelear votos a Valparaíso o Arica tampoco es ejemplo de luchador sacrificado. Zaldívar le ganó por 2 mil votos a Anselmo Sule (30,2 a 25.2%), y perdió por 1700 votos con Antonio Horvath (34,9%.) Comparado con 1993, Zaldívar obtuvo 304 votos menos el pasado diciembre. Subió su porcentaje, pero no sumó más gente. Pizarro en 1997 había llegado al Senado con un 38,8% de votos y Walker logró un respetable 24,9% contra Ominami (28,7%.)  O sea, cuando se trata de sumar votos, Zaldívar no lleva la batuta. El ‘colorín’ puede ganar puntos entre los militantes DC, pero para ser exitoso tendrá que captar más simpatizantes que militantes.

 

La estrategia de resucitar los tres tercios pudiera ser, además de todo, inútil. Si el electorado (que nunca vivió o recuerdan sin nostalgia el periodo pre-73) no se compra la tesis y prefiere seguir apostando a los dos medios, la DC se encontrará con la lealtad de un número irrelevante de electores. Ya sea porque la derecha se consolide como un bloque mayoritario o porque la Concertación se reinvente pese a la salida de los militantes DC, Zaldívar corre el riesgo de llevar a su partido por un camino de jibarización aún mayor. Es cierto que el 2005 el candidato DC tendrá buenas posibilidades, pero eso sólo podrá ocurrir si el partido sigue siendo leal a la Concertación. El día que la DC deje de ser concertacionista, nos vamos a una pelea de tres bandas y perdemos todos. Y si Zaldívar se anima a coquetear con la derecha se encontrará con que la UDI quiere a los votantes DC no a los ‘políticos tradicionales’ del partido (Zaldívar, el peor de todos), y que RN existe sólo en la imaginación de Piñera. 

 

Ayuda expulsar del partido a militantes manchados por sus actuaciones. Pero ayuda mucho más expurgar de los militantes y los líderes la tendencia a usar pitutos y buscar prebendas. Para enviar una señal clara, la DC debiera empezar a implementar los ‘generation limits.’ Hace tiempo que la DC se transformó en un partido de poder hereditario. Si los mexicanos decían “no pido que me dé, sino que me ponga donde haya”, en la DC el lema parece ser “ponga a mis familiares donde haya.” No se puede ser el partido líder del Chile moderno si ser hijos de fundadores, estirpe de próceres o ungidos de ex presidentes es requisito para poder ser líder. Reemplazar la aristocracia por meritocracia dará mucho mejor resultados que buscar chivos expiatorios.  La corrupción no se combate solo castigando a los que roban, también se combate poniendo fin a los pitutos. For starters, un partido moderno no puede partir por proclamarse católico—cuando uno de cada cuatro chilenos no lo es y aún los que lo son defienden la tolerancia religiosa. El partido del futuro tampoco puede mantener posturas añejas, como la oposición a la ley del divorcio, sobre todo cuando el propio presidente DC es un hombre divorciado. Sin corregir esas falencias, el PDC, con su combativo presidente, seguirá estando asociado más con las enseñanzas del padre Gatica que a un proyecto creíble, responsable y visionario de país.

 

El desafío de reinventarse no es tan complejo. La UDI pasó de ser el partido de los Dictadura Boys a adoptar el ambiguo pero entusiasta lema de “viva el cambio.” Para cualquier observador externo, la nueva UDI se parece mucho a la Concertación de los 80, con un pasado que era preferible olvidar, y un también ambiguo y aún más entusiasta lema (la alegría ya viene), la Concertación logró capturar la imaginación y la esperanza de un pueblo cansado de 17 años de dictadura. Pero al seguir el modelo Escalona (predicarle a los conversos), el PDC parece empecinarse en esto de vender telegramas. La llave de la victoria está en conquistar nuevos mercados (para la empresa de telegramas, se trata de vender celulares y servicios de Internet.) Al salir en busca de los electores moderados, los que miran al futuro y practican la tolerancia, el PDC podrá, fortaleciendo la Concertación, reencontrarse con el caudal de votos que abra las puertas de La Moneda. De paso, le harían, nuevamente, un gran servicio al país.