Un lugar en el mundo

Patricio Navia

Capital, enero de 2002

 

“Yo no me cambio ni de casa ni de barrio” acostumbraba a decir Zalo Reyes. Su compromiso era importante porque él tenía los medios para escoger donde vivir. En ese sentido, la iniciativa del presidente Ricardo Lagos de hacerse cargo del hecho de vivir en Sudamérica, al lado de Argentina y de ser ‘socios’ de la alianza Mercosur difiere de la actitud del autor de “Con una lágrima en la garganta.”  Aunque quisiéramos, los chilenos no nos podemos cambiar ni de casa ni de barrio.

 

Es cierto, a través de los años, muchos han tenido ganas de ser los ingleses, los jaguares o los representantes de la Tercera Vía en Sudamérica. Pero querámoslo o no, nuestro lugar en el mundo está irremediablemente en Latinoamérica y nuestro éxito económico y social necesariamente se ve afectado, mermado y hasta amenazado por los problemas de nuestros vecinos. Es verdad que las agencias internacionales de rating nos siguen clasificando como un país seguro, los analistas califican positivamente nuestro blindaje financiero y la opinión pública parece más sorprendida, fascinada y hasta secretamente satisfecha con la crisis política y económica argentina que preocupada por los efectos inmediatos que ésta pudiera tener para nuestra recuperación económica. Pero sería irresponsable plantear la tesis “alrededor de mi, el diluvio.”

 

Volviendo a la analogía del barrio, el blindaje que realizó Chile equivale a ponerle rejas a la única casa de clase media de un barrio donde la pobreza y la criminalidad vienen en aumento. Incapacitados de cambiarse de barrio, los dueños de la casa buena optan por buscar mayor seguridad. Pero después de las rejas y los servicios de alarmas—que no siempre están disponibles en todos los barrios—los dueños de la casa segura no pueden olvidarse de lo que pasa en el resto de la manzana.  Cuando el barrio se pone más peligroso no basta con enrejar las ventanas, eventualmente también se corre riesgo cuando uno entra y sale de la casa. Las soluciones inmediatas pasan por no llegar muy tarde en la noche y andar siempre acompañado, pero la sensación de inseguridad no se elimina tan fácilmente y la calidad de vida empeora cuando la gente tiene temor al salir de sus casas.

 

Así como a fines de los 80 Costa Rica se vio forzada a involucrarse para ayudar a poner fin a las guerras civiles en el resto de América Central, Chile no puede mantenerse ajeno a la crisis que afecta hoy a Argentina y a sus efectos en las elecciones presidenciales que se realizan en unos meses más en Brasil. La iniciativa chilena debe estar diseñada desde una perspectiva de Junta de Vecinos más que pensada como un problema familiar. Más allá de los llamados formales obligatorios a la unidad latinoamericana—con abrazos, ofrendas florales y apoteósica reiteración de los “lazos de amistad que nos unen como pueblos hermanos”—la estrategia ante la crisis actual debiera buscar el objetivo de tener un barrio más seguro que no dañe la calidad de vida de los chilenos ni reduzca el flujo de inversiones extranjeras que necesitamos para generar crecimiento y empleo. No es un objetivo altruista el que nos motiva, y no tiene por qué serlo. El “mercado cruel” se caracteriza porque cada uno busca privilegiar sus propios intereses y la “mano invisible” permite que la sociedad en pleno se beneficie.

 

No obstante, como lo sabe cualquier chileno que se ha involucrado en esas iniciativas, para hacer algo sobre el problema de la seguridad ciudadana, las juntas de vecinos no siempre constituyen la mejor herramienta para mejorar la calidad de vida de los habitantes del sector. Plagadas por agendas ocultas y miembros que buscan poder político personal, dichas juntas tienen problemas de acción colectiva. Generalmente son los líderes y los que tuvieron la iniciativa de convocar a la Junta los que terminan haciendo el trabajo de los demás y pagando los costos de lo que deberían hacer todos juntos. El que hace el trabajo y tiene sus cuotas al día termina subsidiando a los “free riders”—los que toman la micro sin pagar pasaje—que obtienen los beneficios sin pagar los costos. Al convocar a la Junta de Vecinos Mercosur, el presidente Lagos valientemente tomó la iniciativa. Pero lo difícil viene ahora: identificar qué cosas puede hacer este grupo para ayudar a solucionar el problema de Argentina y, parafraseando a Lagos: cómo vamos a hacerlo para que los costos de mejorar el barrio se distribuyan equitativamente entre todos los vecinos.