No es la Política comunicacional, es el gabinete

Patricio Navia

Capital, noviembre 16, 2001

 

Cuando Eugenio Tironi dijo que la mejor política comunicacional era no tener una, lo que realmente quería decir es que la política comunicacional tiene que ser como el árbitro en el partido de fútbol. Mientras menos se note su presencia, mejor. Si Tironi hubiera realmente creído que el gobierno de Aylwin no necesitaba política comunicacional, el ahora criticado estratega político tendría que haber renunciado a su puesto de director de la misma. Pero Tironi, cuya presencia en La Moneda fue menos pública que la de Politzer o Egaña en este gobierno, sabía que la tarea del encargado de la política comunicacional era, parafraseando al presidente Bush, secreta aún en caso de victoria. Por eso, cuando oficialistas y oposición centran su preocupación en los ‘errores comunicacionales del gobierno,’ la primera conclusión posible es que el gobierno no entiende lo que es una buena política comunicacional.

 

S bien es cierto los gobiernos de Aylwin y Frei tuvieron desafíos diferentes a los que ha enfrentado Lagos, durante los 90 la política comunicacional fue más efectiva y menos protagonista. Es cierto, Aylwin tenía la lealtad incondicional de todos los partidos de la Concertación y Frei se favoreció de la decisión estratégica del PS y el PPD que cerraron filas detrás de La Moneda para no dañar las posibilidades presidenciales de Ricardo Lagos. Esa lealtad—pese a las críticas y las rabietas—que tuvo el PS y el PPD con los gobiernos de Frei y Aylwin no la ha demostrado la DC con este gobierno. Pero adjudicarle los problemas a la DC equivale a echarle la culpa al cartero que trae el telegrama con la mala noticia. El poco entusiasmo con que la DC ha cerrado filas detrás del presidente tiene mucho que ver con la personalidad y el estilo de gobierno de Lagos.

 

De partida, no es la política comunicacional, es el gabinete. Pero a estas alturas resulta inútil insistir en la necesidad imperante de un cambio de ministros. Todos saben que este ocurrirá después de las elecciones, pero hay que señalar que el cambio llegará demasiado tarde, después del castigo electoral. Aunque el presidente nunca lo reconozca, fue un error no haber hecho el cambio cuando cumplió un año de gobierno. Obsesionado con la idea de que nadie le diga cuándo y cómo cambiar el gabinete, Lagos se empecinó en mantener un equipo que venía trabajando mal. No es que el presidente no entendiera lo que decían sus opositores y aliados en entrevistas de prensa y en los pasillos. El presidente siempre supo que el gabinete era débil, que ciertos nombramientos fueron errados y otros no cumplieron las expectativas. No obstante, Lagos se empecinó en demostrar que había solo un presidente. El resultado fue mantener con respirador artificial un gabinete clínicamente muerto por más de un año. Y aún sin cambio de gabinete, Lagos nunca logró dejar trabajar a sus ministros. Inteligente, preparado y sabio como es, el presidente nunca aprendió que un buen líder tiene que dejar jugar al equipo.  Pese a la debilidad de algunos, abierta ineptitud de otros y peleas internas varias, el gabinete habría hecho un trabajo mucho mejor si el presidente no insistiera en ser el súper ministro y si el segundo piso de La Moneda hubiera sido menos protagónico.

 

El costo electoral lo pagará toda la Concertación en diciembre. Las cosas no serán tan terribles porque la derecha, obsesionada con las peleas internas y renunciando a la posibilidad de ser mayoría—con un 33,4% de votos se asegura un 50% de los escaños en cada distrito—no saldrá a buscar más del 50% de los votos. La Concertación seguirá ganando más por la falta de competencia que por méritos propios. Incapaz de concitar un apoyo mayoritario, en los últimos 30 años la derecha ha intentado gobernar (o al menos obstruir el gobierno de otros) a través de dictaduras y con resquicios legales (senadores designados, sistema binominal.) La culpa no es del chancho, sino de quien le da el afrecho. Si la derecha no está contenta con el gobierno, que salga a buscar el apoyo electoral de la mayoría. El 50% de los votos, más que un 'parlamento para Lavín' conseguido con alquimias electorales, es lo que necesita la derecha para convencer al país que puede ser gobierno el 2005.

 

Como bien ha señalado Pablo Halpern, la Concertación está unida más por el pasado que por un programa común de futuro. El voto nostalgia es cada día más débil. En vez de pedir el apoyo con los resultados concretos de los dos años de gobierno, la Concertación en diciembre buscará el voto arguyendo el récord histórico de la coalición. O sea, vote por nosotros porque Aylwin y Frei lo hicieron bien, aunque Lagos no lo haya hecho tan bien. El vilipendiado Frei es ahora arma de triunfo de la Concertación. Algunos dicen que un nuevo periodo de Frei sería como ir al cine arte para ver, de nuevo, aquella película búlgara cuyo título nadie recuerda, que duraba 4 horas y era aburridísima. Nadie se iba del cine porque todos esperaban que en algún momento fuera a pasar algo. Frei puede ser un tipo aburrido y lacónico. Los que lo conocen dicen que la parquedad que refleja en televisión es verídica. Pero el aburrido Frei tuvo un gran mérito, supo nombrar gente que pudiera hacer su trabajo y los dejó trabajar. ¡Qué bien se siente tener un gobierno que funcione como música de fondo en un cóctel, creando el ambiente preciso para facilitar la interacción de los comensales, sin robarse la velada y sin permitir esos incómodos silencios! El gran legado final de un presidente es entregar un país en orden, mejor que cuando lo recibió, y ceder la banda presidencial a un sucesor de su misma coalición. Frei Montalva no lo pudo hacer en 1970. Su hijo, el a menudo despreciado Frei Ruiz-Tagle logró, en ese sentido, más que su padre.

 

Lagos nunca hizo el cambio de gabinete que todos anunciábamos (con entusiasmo, esperanza o mala intención.) No lo hizo a los nueve meses, cuando podría haber aprovechado la pausa post-elecciones municipales. No lo hizo al completar el año en el poder y no lo hace para intentar enviar una señal clara semanas antes de las parlamentarias. No, Lagos esperará hasta después de las elecciones para tener que repetir el discurso de "he escuchado la voz de la gente." Mientras tanto sus ministros desgastados e inseguros, seguirán cometiendo errores por estar más preocupados si serán ellos los que irán al matadero o si lograrán salvarse del ajuste que, en términos electorales, habrá llegado demasiado tarde, la Concertación habrá caído por debajo del 50% de los votos. Mientras el presidente insiste en su postura de que “las cosas se están haciendo bien y yo sé hacia a dónde voy”, varios miembros de su coalición de gobierno comienzan a hacer campaña como si estuvieran en la oposición.

 

Otros, anticipándose a lo que el presidente no ha querido hacer, empiezan a sugerir la ampliación de la Concertación. La idea original de Escalona y el PS de atraer al PC a la coalición no funcionó: muy pocos votos. La iniciativa actual de atraer a liberales y ciertos sectores de RN pudiera tener mejor suerte. Pero para lograrlo, el presidente tendrá que hacer un ajuste mayor en su gabinete después de diciembre, un ajuste que, a todas luces, lo tiene muy incómodo. Pero si la presión continúa y si los resultados electorales demuestran el debilitamiento del gobierno, y en particular demuestran el estancamiento del PS y del PPD, Lagos no tendrá muchas opciones. En vez de hacer el cambio de gabinete cuando hubiera podido nombrar un equipo de trabajo que le acomodara, al esperar obstinadamente hasta después de las parlamentarias, Lagos tendrá que nombrar un equipo diseñado para preparar la campaña presidencial del 2005. El presidente debió haber leído a Marx: uno no elige las condiciones en las que le toca gobernar, pero igual hay que gobernar en vez de esperar las condiciones propicias. Lagos esperó dos años en La Moneda para que se dieran las condiciones adecuadas y resulta que ahora se encuentra con que esas condiciones adecuadas ya no se dieron y perdió un tercio de su mandato.

Días antes de las parlamentarias lo único que puede salvar al gobierno es una sorpresa. Insisto, la Concertación sacará más votos que la oposición porque los parlamentarios para Lavín están más preocupados del 2005 que de buscar al votante de centro y ser mayoría ahora. Lavín mismo tiene vocación minoritaria, en ningún momento ha pedido una mayoría electoral a su coalición. Pero inevitablemente quedará al interior de la Concertación el sentimiento que, pese a la crisis económica internacional y al desgaste de más de una década de gobierno, los resultados electorales de diciembre podrían haber sido mucho mejores.  Y el presidente habrá perdido la oportunidad de hacer un cambio de gabinete donde los nombramientos los decidiera él.

 

Contrario a lo que esperan algunos en la derecha, los últimos 4 años de Lagos todavía pueden ser fructíferos. El presidente aún puede convertirse en el visionario que lance a Chile a la conquista del desarrollo en su segundo centenario. En sus próximos cuatro años el presidente deberá elegir entre una estrategia que busque volver a crecer al 7% o seguir obstaculizando la expansión del producto con leyes laborales retrógradas, promover la participación activa de la iniciativa privada en la reforma a la salud o hacer crecer a un estado ineficiente y defender un sistema de ISAPRES incapaces de otorgar un acceso digno a la salud para todos, privatizar empresas públicas y dedicar esos recursos a invertir en capital humano o ceder a las presiones de sindicatos e intereses creados. Las circunstancias no serán las que esperaba el presidente y la situación internacional será mucho más compleja de lo que se preveía en marzo del 2000,  pero en el tablero de ajedrez la primer movida después del 16 de diciembre es del primer mandatario. De él depende si la estrategia a seguir será para ganar el juego o simplemente para hacer tablas.  No hay mejor política comunicacional que la expectativa de militantes y simpatizantes de la Concertación de seguir siendo gobierno más allá del 2005.