¿Patriotas o cerdos capitalistas?

Patricio Navia

Revista Capital, 28 de septiembre de 2001

 

Ante el temor que la incertidumbre y las millonarias pérdidas que enfrentarán sectores importantes de la economía estadounidense (seguros, turismo, transportes, hotelería, tiendas de departamentos) producto del cambio de escenario después del atentado, importantes personeros públicos, reconocidos inversionistas y millonarios estadounidenses hicieron un llamado a que la gente demostrara su patriotismo y no corrieran a sacar sus dólares de la bolsa cuando esta abriera el lunes 17 de septiembre. “Sea patriótico, no venda acciones” parecía ser el nuevo slogan. Los medios de comunicación se plegaron al llamado del alcalde Giuliani, “la mejor forma de ayudar a Nueva York es viniendo a consumir a Nueva York.”

 

La bolsa de Nueva York (NYSE), que no había estado cerrada por tanto tiempo desde la gran depresión de 1929, se preparó durante todo el fin de semana para abrir el lunes 17. Los equipos de limpieza removieron las toneladas de polvo y cenizas acumuladas en las calles Wall y Broadway, despejaron las vías de acceso al lugar y facilitaron el trabajo de decenas de compañías que rápidamente ocuparon las oficinas recién arrendadas, instalando computadoras, teléfonos y escritorios. El complejo del World Trade Center albergaba a casi 100 mil empleados de cientos de firmas, muchas de ellas corredoras de bolsa. Además de contar víctimas y ubicar a los desaparecidos, muchas de estas empresas debieron utilizar los forzosos 4 días (martes-viernes) de paro para encontrar nuevas oficinas, amueblarlas y habilitarlas.

 

Aunque era ilusorio esperar que el primer día habría una tendencia al alza en los principales indicadores del mercado, el patriótico llamado realizado durante el fin de semana evidenciaba el temor existente entre analistas y autoridades de que Wall Street se desplomara tan dramáticamente como habían caído las torres una semana antes. Llamar a no vender es, además, atentar contra la lógica que explica la existencia de mercados. Para que la bolsa tenga actividad algunos tienen que vender y otros tienen que comprar. El llamado al patriotismo realizado por algunos (“no venda, compre”) podía efectivamente haber generado una tendencia al alza. Pero hubiera sido sólo temporal. Eventualmente algunos comenzarían a vender y el patriotismo daría lugar al menos loable, pero más conocido, análisis de costos, beneficios y riesgos.

 

Se pudo haber pensado que el minuto de silencio en memoria de las víctimas, el entusiasmo inicial y las ganas enormes de demostrarle al mundo que Estados Unidos estaba dolido pero no caído iban a transformar a la bolsa en una demostración de la voluntad nacional. La decidida actuación de la Reserva Federal estadounidense, que disminuyó por octava vez en el año las tasas de interés para dejarlas en 3%, menos de la mitad del 6,5% con que comenzaron el año, evidenciaba tanto el compromiso del gobierno estadounidense de ayudar a la recuperación del país como el temor a que desplomaran los mercados.

 

Pero el dinero no tiene banderas y el espíritu patriótico—que se reflejó en el solemne silencio y la magistral interpretación de “God Bless America”--rápidamente cedió su espacio a las consideraciones monetarias. Los patriotas son hombres y mujeres nobles que no se preguntan qué puede hacer el país por ellos, sino que son motivados por el qué puedo hacer yo por mi país.  Los capitalistas en cambio no tienen sentimientos patrióticos.

 

Aunque el patriotismo dominó la escena política y social estadounidense durante el fin de semana, apenas sonó la campana en Wall Street, reaparecieron los capitalistas, los ‘cerdos capitalistas’, como los llaman a menudo sus detractores y las cosas volvieron a la normalidad. Cayeron las acciones de las empresas de transporte, turismo y seguros, y subieron las de construcción, defensa, minería y salud. Sentir los efectos de la reaparición de los capitalistas pudo haber sido doloroso para los mercados, para la economía estadounidense y para los que esperaban que Estados Unidos liderara una rápida recuperación de la economía mundial, pero la activa presencia de estos ‘cerdos capitalistas’ sin espíritu patriótico y celosos defensores de los intereses de sus fondos de inversión fue la mejor demostración que el atentado en el World Trade Center destruyó los cimientos de los más imponentes edificios de la ciudad, pero no alteró un ápice el espíritu emprendedor que convirtió a esta en la capital del mundo y que después del silencio, llanto y remoción de escombros, vuelve a reinar en la ciudad.