Ni chicha ni limonada

Patricio Navia

Revista Capital, 28 de septiembre de 2001

 

Es meritoria la actitud de los senadores DC que alzan la voz para defender los intereses nacionales ante ciertas iniciativas enviadas por el ejecutivo al parlamento. La tenaz oposición de Boeninger y Foxley al proyecto inicial del ejecutivo de reforma laboral demostró la independencia intelectual y valentía de esos parlamentarios.

 

A Boeninger lo escogió Eduardo Frei. A veces se puede llegar al Senado solo con un voto. En teoría el ex rector y ex ministro de Aylwin sólo representa a su colega vitalicio. Pero Frei, que apoyaba la versión inicial de la reforma y le regaló 8 años como senador a Boeninger—que no habría sido electo jamás por circunscripción alguna—no se atrevió a invitar públicamente a don Edgardo a votar a favor de la reforma laboral. Boeninger puede ser el senador más inteligente y más trabajador, pero su activa participación en la discusión legislativa debería avergonzar tanto a don Edgardo como a sus colegas DC, que sí representan a electores, incapaces de cabildear al opinante designado.

 

Lo de Foxley es patológico. El 24,4% que obtuvo en las parlamentarias del 97 le otorga legitimidad democrática. Pero Foxley se olvida que es más conveniente defender los intereses de sus electores que a aquellos que siempre terminan votando por la oposición. Cuando al ex presidente mexicano Gustavo Díaz Ordaz (1964-70) le preguntaron por qué no escogió como su sucesor al gran favorito (incluso de los enemigos del presidente), el brillante ministro de la presidencia Emilio Martínez Manatou, Díaz Ordaz contestó “que mis enemigos lo hagan presidente.” Para ser líder en la Concertación hay que velar por los intereses de aquellos que votan, y queremos que sigan votando, por la Concertación. Los grandes empresarios ya tienen un candidato presidencial. Foxley debería entender quiénes somos sus aliados y sus potenciales electores.

 

Pero así y todo más vale un senador que se preocupa de estudiar los proyectos de ley y hablar con gente involucrada que uno que siempre vota disciplinadamente sin expresar su opinión. Cuando los deliberantes estudiosos y pensantes son reemplazados por los parlamentarios obedientes se debilita el sano funcionamiento de las instituciones.

 

Pero no molesta la valentía para oponerse a ciertas iniciativas del ejecutivo, sino el silencio que guardan los líderes liberales de la DC ante la arremetida conservadora en ese partido que busca evitar la discusión sobre la legalización del divorcio. En vez de sumarse al debate defendiendo un proyecto que promueva un divorcio en serio, con causales de nulidad lógicas y mecanismos adecuados para poner fin a los contratos matrimoniales, los destacados liberales DC guardan silencio. Se trata de no politizar la discusión, dicen algunos, como si la democracia no consistiera precisamente en escoger gente para que representa y defienda los intereses y deseos de los electores. Qué mejor que una elección donde uno de los campos de batalla sea precisamente la postura de los candidatos respecto a un tema tan cotidiano como el divorcio.

 

Pero los silenciosos senadores DC no están solos. Después de las patéticas (hasta irrisorias) diatribas de Libertad y Desarrollo en defensa de los matrimonios indisolubles—el divorcio perjudica a la familia, insisten, como si una familia destruida se pudiera mantener por decreto o una no constituida legalmente no fuera familia—muchos en la derecha deciden guardar silencio. Joaquín Lavín, campeón nacional en esto de sacarle el poto a la jeringa, cree que la disolución de las familias no es un problema real de la gente. Mientras tanto, los que aspiran a un escritorio en el segundo piso de La Moneda si Lavín gana el 2005 intentan defender lo indefendible. Desde el equipo económico de Salvador Allende no se elaboraba un argumento tan ignorante del funcionamiento de los mercados y las leyes de oferta y demanda. Oponerse a una ley de divorcio equivale a implementar control de precios, sólo logra la creación de un mercado negro. Las nulidades matrimoniales equivalen a los resquicios legales y Cristián Larroulet vendría a ser a las libertades individuales lo que Vuskovic fue a la economía del país.

 

Pero la derecha es anti-libertaria por definición y por tradición. La DC en cambio, en particular sus liberales, han enarbolado la bandera de la libertad y la eficiencia en los temas laborales e impositivos. Pero hay que ser consecuente para enarbolar también la bandera de la libertad en los temas valóricos. Pero los liberales falangistas guardan un cómplice silencio ante la embestida conservadora, integrista y anti-libertaria de la aristocracia DC que se tomó el partido y, soñando con un Chile de la Patria Joven, cree que las banderas de batalla a enarbolar son la nacionalización del cobre, la persecución de los excéntricos terratenientes ecologistas y la instauración de una gerontocracia en el partido y el gobierno.