La Concertación y el futuro

Patricio Navia

Revista Capital, 17 de septiembre de 2001

 

Más patética que la chambonada DC en la inscripción de candidaturas fue la decisión de sacar de su honorable retiro al ex presidente Patricio Aylwin para que se haga cargo del partido. El que acuñó la frase del ‘mercado cruel’ y que alguna vez reconoció no haber visitado nunca un mall, se hace cargo de un partido que necesita desesperadamente encontrar la sintonía con un país muy distinto al que vio nacer a la Falange.

 

Pero la DC optó por privilegiar la gobernabilidad. De acuerdo, no se puede pretender recuperar la confianza de la gente sin lograr antes disciplina interna. Pero el orden interno es condición necesaria, no suficientes, para ganar elecciones. No basta con evitar que el partido se hunda, también hay que echar a andar los motores. Aylwin es a su partido lo que Iván Zamorano a la selección nacional: parte del pasado, no del futuro. La DC necesita un líder para el chileno que va al Mall el fin de semana, alguien que se haga cargo de sus sueños e ideales. Y al Mall van los familiares de detenidos desaparecidos, apolíticos, estudiantes, católicos y evangélicos. Ahí confluimos los chilenos, tolerantes, provincianos, con nuestros sueños y nuestros miedos, los que votaron que Si, los que votaron que No y los que aún no votaban. Allí llegan en autos nuevos y viejos los que respetan los derechos humanos, los que quieren una ley de divorcio y los que creen que el Cura Hasbún y el Cardenal Medina son desubicados. La verdad es que los raros son los que no han ido nunca a un mall.

 

Y así como la selección nacional no se salva convocando a los familiares de Zamorano, Salas o Elías Figueroa, la DC no puede pretender salvarse armando una mesa con apellidos de alcurnia. Más que aristócratas, la DC necesita plebeyos que entiendan y representen al hombre y la mujer común del país. Puede ser que el gran drama de la DC se deba a que los más brillantes de la generación que hoy tiene entre 50-65 años se fueron al MAPU, la IC o terminaron privatizándose durante la dictadura. Pero mientras la DC rescata a la sangre azul del partido, el Chile de la clase media (producto de los exitosos gobiernos de la Concertación) sufre una crisis de representación y Aylwin está más para monumentos (no para patéticas candidaturas al Nóbel) que para liderar a la DC en ese nuevo desafío. El viejo zorro político que derribó a dos presidentes para coronarse como el artífice de la transición y presidente, dejando en el camino, Carmengate de por medio, a sus más notables y meritorios camaradas, debe ahora entender que el futuro de su querida máquina de lograr votos está en su tan odiado Mall.

 

Por su parte, el PS demuestra una preferencia singular por el sadomasoquismo. Después de que Escalona los llevara a su peor negociación electoral en 1997—entregando varios distritos al PPD a cambio de una oportunidad para hacer el ridículo como candidato senatorial—sus militantes brindaron un espaldarazo sin precedentes a Camilo en la reciente elección interna. Para evitar un nuevo bochorno, Escalona va de candidato por Lota (donde hasta Patricia Maldonado gana si va de candidata del PS). Su objetivo actual es romper con los efectos del sistema binominal y asegurar un mayor número de escaños para la Concertación. Los incentivos del binominal llevan al PS a buscar el apoyo del PC. Contrario a lo que señalan Libertad y Desarrollo, el sistema binominal crea incentivos para que los partidos se parapeten en el 34% que les permite asegurar un escaño en cada distrito. La estrategia electoral del PS es impecable, pero cortoplacista: apuntalar su voto duro más que ganar nuevos adeptos.

 

Los buenos sistemas electorales fomentan la búsqueda de consensos e incentivan a los partidos a forjar alianzas que apelen a mayorías. Pese al sistema binominal, la Concertación históricamente buscó forjar consensos. Hoy con una DC en crisis y un PS que se afirma en la izquierda, la Concertación no busca el voto de centro. El PPD bien pudiera haber liderado ese proyecto, pero hasta ahora ha sido un partido amorfo, de liderazgos mediáticos personalizados (Girardi, Ávila, Schaulsohn, el mismo Flores) que no quieren constituirse como partido en serio—con capacitación de militantes y penetración en la sociedad civil más allá de las ‘cuñas’ televisivas. Mientras tanto, la mayoría de los chilenos sigue esperando que los partidos se animen a ir al Mall con una estrategia que asuma la necesidad de utilizar el marketing pero que entienda que lo que se debe vender no son promesas populistas sino un proyecto de país, un imaginario colectivo donde haya libertad, tolerancia y oportunidades para realizar sueños colectivos e individuales.