Chile en la encrucijada

Y Foxley que no se atreve

Patricio Navia

Revista Capital, #67, agosto 17, 2001

 

“Chile en la encrucijada: Claves para un camino real y posible”, Alejandro Foxley, Grijalbo 2001.

 

Al comentar “La Tercera Vía,” Foxley señala que Anthony Giddens “aporta poco en el plano de ideas nuevas. Constituye un conjunto de buenas intenciones, bastante vagas y generales, carentes de un nivel propositivo serio” (p. 102). Albornoz.

 

Pero no es la repetición de legítimos lugares comunes—Chile tiene que ser más innovador, hay que apoyar la iniciativa privada, combatir la burocracia, promover la renovación ideológica de la derecha, evitar el populismo lavinista y ayudar a que el gobierno y la Concertación retomen el buen liderazgo—lo que juega más en contra del último libro de Foxley. El mayor daño que se auto inflinge el economista en su libro basado en refritos de sus columnas regulares en La Segunda es su incapacidad para proponer soluciones concretas respecto a dos desafíos gigantescos para la Concertación—frente a los que él mismo no ha salido bien parado en el pasado—que son la necesidad de convocar una mayoría electoral y solucionar la crisis que afecta a los partidos.

 

Foxley fue, como señala la biografía de la contraportada, ministro de Hacienda de Aylwin (1990-94). Pero el libro omite mencionar que después de eso se desempeñó como presidente de la DC y que buscó frustradamente la nominación presidencial de su partido en 1993 y en 1999. Durante su gestión como presidente de la DC, Foxley fue incapaz de generar el tipo de renovación en el liderazgo político que él señala como necesario para que Chile salga bien parado de esta encrucijada. No pudo controlar el aparato partidista con la misma genialidad con que manejó la política macroeconómica. Eso es grave, porque para salir de la encrucijada actual se necesita de liderazgo político. La crisis de partidos que vive el país requiere de la capacidad de forjar consensos y generar liderazgos al interior de esas instituciones que, arcaicas y poco dinámicas, siguen siendo fundamentales para garantizar la gobernabilidad de un país.

 

El segundo desafío tiene que ver con la necesidad de ganar elecciones para legitimar el liderazgo. Cuando fue candidato a senador por Santiago Oriente en 1997, Foxley obtuvo el 24,4%, perdiendo ante el UDI Carlos Bombal que logró el 26,4% y superando apenas al PS Jaime Estévez, que logró un 21,1%. Un año antes, los candidatos municipales de la DC en esa circunscripción lograron en conjunto el 25,2%. O sea, Foxley no sumó votos adicionales a la DC. El ahora senador no reflexiona sobre los motivos que explican lo difícil que le ha resultado a él—y en cierto modo a todos sus compañeros autocomplacientes—encantar al electorado. De acuerdo, si en Chile un comité de expertos nombrara al presidente, Foxley sería uno de los finalistas favoritos. Pero la genialidad de los líderes políticos consiste tanto en tener visión de largo plazo como en hacer partícipes de esa visión a la mayoría de los votantes.

 

La experiencia política de Foxley se asemeja, lamentablemente, a la de Al Gore en Estados Unidos. Incapaz de lograr conectarse con la imaginación del electorado, el hombre que se preparó y tenía todas las condiciones para ser un gran presidente, cayó derrotado ante el populista, el intelectualmente mediocre pero humanamente cordial George W. Bush. Aunque en su defensa habría que señalar que ni Eduardo Frei, ni Piñera ni Lavín serían capaces de articular tan acertadamente un diagnóstico acabado de la realidad nacional, no basta hacerse cargo valientemente de los desafíos que enfrenta el país. El senador debería saber que para lograr sacar a Chile de la encrucijada no basta ser el alumno más inteligente del curso, también hay que ser el mejor compañero.

 

De acuerdo, Foxley es de los intelectuales brillantes de este país, y su experiencia como ministro, presidente de partido y senador lo convierten en candidato natural para liderar al país fuera de la encrucijada actual. Pero Foxley necesita arremangarse la camisa, aprender a ser simpático y compasivo, forjar alianzas hacia la izquierda y no sólo hacia el empresariado, y decidirse que la Concertación no necesita más diagnósticos sino líderes que construyan los consensos al interior de los partidos que le permitan recuperar el dinamismo ideológico y electoral necesarios para liderar al país por un “camino real y posible”.