Chile ¿mucho mejor o lo mismo de siempre?

Patricio Navia

Revista Capital, junio 1, 2001

 

Aunque todo presidente vive una luna de miel seguida de un período de desencanto, la desilusión de la opinión pública nacional con el primer mandatario ha sido más dramática de lo normal y más acentuada de lo que pareciera saludable. En parte eso es responsabilidad de la relación carnal que existe entre la derecha y algunos medios de comunicación. A la vez que minimizan las tensiones entre la UDI y RN y protegen la popularidad de su candidato presidencial, la publicidad positiva que ofrecen ciertos medios a las iniciativas aliancistas contrastan profundamente con el aura de negativismo que rodea las noticias sobre las iniciativas de gobierno.

 

La derecha, pese a no haber obtenido mayoría desde 1932, se siente con derecho a celebrar anticipadamente una victoria el 2005. Se apresura en declarar al gobierno de Lagos como desastre, como si eso lograra anticipar las elecciones. No pocos empresarios, (que como señalara The Economist están entre los más ideologizados del mundo) parecen más interesados en boicotear al gobierno que en hacer negocios. Aunque dicen no querer volver a las divisiones del pasado, muchos actores económicos y políticos derechistas se sienten más cómodos con la lógica de conflicto tipo UP que en el más complejo y desafiante mundo del siglo XXI.

 

Pero el desencanto no se puede explicar solamente por la oposición concertada de los medios y la Alianza por Chile que, como en partida de ajedrez, sacrifica alfiles y peones para proteger a Lavín. Parte de la responsabilidad radica en el primer mandatario que parece sufrir del síndrome del perro del hortelano, no come ni deja comer. Con una personalidad que en ocasiones raya en lo soberbio y obstinado, el presidente parece a veces un político arrinconado, carente de ideas y rodeado de asesores serviles que, como en el cuento de las nuevas ropas del emperador, temen decirle que su gobierno más que innovador y audaz, en ocasiones parece más bien retrógrado y temeroso.

 

Por cierto, ni el gobierno ha sido tan desastroso como sugiere la derecha ni ha sido tan exitoso como el presidente prometió en su campaña electoral, especialmente en la segunda vuelta cuando los electores creímos que renacía una Concertación innovadora y participativa. Es cierto, se han logrado avances importantes. Se aprobó la ley contra la evasión tributaria, la ley del deporte, la ley de prensa, el seguro de desempleo, las reformas al mercado de capitales, la elección separada de alcaldes, la ley de OPAs y probablemente se aprueben las reformas laborales, constitucionales, del crédito fiscal y de la salud. El país creció un 5% el 2000 y volverá a crecer el 2001, la inflación está bajo control, también el gasto público y las cuentas macroeconómicas están en orden. Pero en el país, y en la Concertación, sigue presente un ambiente de pesimismo. No sobre el futuro de Chile, sino más bien con el primer mandatario. Nadie cree que nos vamos a hundir o vamos a pasar por las penurias de Argentina, Perú o Brasil. Pero el sentimiento generalizado es que el presidente, encerrado en La Moneda, se niega a escuchar a aquellos que lo votaron y es incapaz de forjar coaliciones que permitan darle un sentido fundacional a su sexenio.

 

En parte esto se debe al autoritarismo del primer mandatario y su preocupación por evitar que le hagan sombra. El presidente nombró un gabinete con pocas figuras de peso político, donde el único destinado a brillar era él mismo. Casi como si Zamorano decidiera jugar en un equipo sub-17, Lagos se rodeó de gente joven, brillante, promisoria, pero dejó muy en claro que él era el único que se podía llevar los laureles. Por eso los ministros no tienen grandes incentivos para ser innovadores. Si son exitosos, los méritos son para Lagos. Si, en cambio, sus gestiones fracasan, el costo también es mínimo. El presidente ha decidido obstinadamente que no habrá cambio de gabinete sino hasta después de las parlamentarias.

 

Las patéticas intervenciones de la ministra de Educación frente a cada crisis que ha enfrentado su cartera son de antología. Sólo falta que los parvularios vayan a paro. En La Moneda, Huepe y García están tan conscientes de su mal manejo, que se pasan el día dando explicaciones. Pero aún así es comprensible que no renuncien. Ni Huepe, que perdió su re-elección a la Cámara en 1993, ni García, cuya carrera ministerial es resultado de la obstinación del presidente, tienen futuro político alguno después de Lagos. Su Excelencia sabe que goza de la más absoluta lealtad de estos dos hombres responsables de los encontrones entre La Moneda y los parlamentarios oficialistas y de no diseñar una estrategia que se haga cargo de la campaña presidencial que está desarrollando Lavín.

 

Ravinet, que entró pensando que podría brillar junto al mandatario y convertirse en delfín presidencial, sufre en carne propia lo que el mismo ex alcalde alguna vez enunciara, el presidente quiere ser director de orquesta y a la vez tocar todos los instrumentos. Alvear no maneja ni la política exterior ni el aparato de Cancillería. Eso sí, comparte con el presidente la tozudez más allá de toda lógica. Aunque el presidente es responsable de los mayores desaciertos de la política exterior nacional, Alvear simplemente no funciona como Canciller. Cuesta abajo en la rodada también se ha ido ProChile cuya directora carece tanto de título académico para ocupar el puesto como de la capacidad de gestión para promover innovadoramente nuestros productos y servicios en el mundo globalizado.

 

Cuando los comandantes en jefe quieren expresar lo que piensan prescinden del ministro Fernández. Bachelet tendrá su prueba de fuego con la reforma a la salud, aunque no resulta difícil anticipar que después de anunciada, el presidente echará marcha atrás en sorpresivos anuncios que la descolocarán. Cruz, Gómez, Del Piano, Krauss y Campos son como la lechuga en la ensalada del avión. Nadie los echaría de menos si no estuvieran. Pero en política no hay elementos neutros. Si alguien no suma, resta. Y salvo Delpiano y Gómez, los otros han representado más costos que beneficios para el gabinete.

 

Los ministros económicos no han logrado peso político suficiente para imponer su agenda. Mientras De Gregorio perdió la pelea por las privatizaciones (al final habrá concesiones), Eyzaguirre ha tenido que ceder cada vez que se anuncian los niveles de  desempleo. Pese a que ellos sigan convencidos que el crecimiento sostenido, y no programas ad hoc, es la mejor receta para crear empleos duraderos, la promesa de campaña de los 200 mil empleos anuales persigue al presidente como su fantasma personal. Insulza, en lo suyo, asegurándose que el barco no haga aguas, de haber sido futbolista, hubiera sido un Elías Figueroa o un Beckenbauer. Pero un buen trío defensivo en Interior, Hacienda y Economía no es suficiente si el capitán del equipo se queda con la pelota en el medio campo y no da pases a la delantera. Solari, también astuto y hábil negociador, ha tenido que jugar el papel de ‘maestro Valentín’ al lado de Don Francisco. Lo ponen a tocar una melodía y sin aviso previo, el presidente cambia la canción sobre la reforma laboral.

 

Sugerir el ingreso como miembro pleno de Mercosur a sabiendas de las trabas arancelarias, relanzar el proyecto del acuerdo de libre comercio con Estados Unidos sin tener primero amarrado el fast track, defender la independencia del poder judicial para luego dictar sentencia respecto a la muerte de un trabajador en huelga, regañar a diestra y siniestra, insistir en que las cosas se están haciendo bien y obstinarse en no cambiar un gabinete que claramente no funciona pueden convertir a Lagos, más que un líder visionario, en un presidente obstinado.

 

¿Qué espera el presidente para actuar? ¿Caer por debajo del 40% de aprobación en las encuestas? ¿Que el desempleo llegue nuevamente a 10%? ¿Una ajustada victoria con sabor a derrota en las parlamentarias de diciembre? Lo lógico para el líder de la Concertación hubiera sido posicionarse como la autoridad unificadora por sobre los partidos en la conformación de la plantilla electoral de la Concertación. Pero su intervención para favorecer la candidatura de Ominami sobre la de Ávila en la Quinta Cordillera demuestra que el presidente sólo se mete en la pelea chica cuando quiere favorecer a sus, pocos, amigos.

 

De haber sido visionario, Lagos hubiera demandado una plantilla que maximizara tanto los votos como el número de candidatos elegibles. ¿Qué sentido tiene, por ejemplo, presentar un candidato senatorial PS o PPD por Temuco? Lo natural hubiera sido que los DC Lavanderos y Huenchumilla fueran candidatos allí. Aunque hubiera sido difícil doblar, habrían ganado más votos. ¿Por qué Lagos no salió a convencer a Schaulssohn, Andrés Navarro o al mismo Pérez Yoma para que fueran de candidatos al Senado? ¿Dónde quedó su convocatoria para incorporar más mujeres y jóvenes en la conformación de la plantilla? La Concertación tenía posibilidades de doblar en la III Región y en varios distritos para la Cámara, pero se precisaba de candidatos fuertes, convincentes, que mezclaran experiencia y juventud.

 

El presidente debió haber exigido que se respetara su derecho a fortalecer la plantilla electoral para influir en la formación del parlamento que lo acompañará durante sus últimos cuatro años. Pero Lagos, que siempre ha desconfiado de los partidos, aceptó con excesiva antelación que la Concertación era incapaz de mejorar su votación en las parlamentarias. El presidente tiró la toalla antes de intentar siquiera ponerse los guantes. En esta capitulación le ayudó el consejo de ciertos asesores cercanos. Ni su cuñado Pedro Durán, ni el primo de su mujer Matías de la Fuente entienden, o quieren entender, que para gobernar se precisa de los partidos políticos. Pinochet cometió el mismo error, pero Lagos no tiene ni FFAA en que apoyarse en momentos difíciles ni cuenta con un Jaime Guzmán que sí supo formar un partido político a la antigua, leninista, disciplinado y con trabajo en las poblaciones. Al escoger un grupo de asesores sin presencia o manejo partidario (Ottone, Lahera, Martínez, Campero, Politzer), Lagos no supo fortalecer sus propias debilidades en la vida partidista.

 

Pero los problemas de Lagos también se deben a que en cierto sentido nunca aceptó que no podría ser el primer presidente de la transición. Muchas de sus erradas intervenciones se deben a que en el fondo hubiera querido ser presidente en el período de Aylwin. Su emocionado discurso entregando los resultados de la (ya entonces desacreditada) Mesa de Diálogo evocaba al de Aylwin sobre el Informe Rettig. Abrir las puertas de La Moneda había sido también una idea de Aylwin. Incluso las reformas tributarias y laborales evocan dos de las legislaciones simbólicas de Aylwin. Claro, la diferencia está, además de la década que separa a ambos gobiernos, en que Aylwin logró ensamblar el gabinete más poderoso en la historia moderna. El viejo zorro político acomodadizo—aquel que es capaz de vender a su mejor amigo sin alterar su eterna sonrisa bonachona—logró armar un Dream Team de gabinete. Por eso su gobierno pasará a la historia, más allá de los cuestionamientos, con la reputación de un reloj suizo, confiable, eficiente, sólido.

 

De acuerdo, Lagos es el presidente y, en última instancia, tiene todo el derecho del mundo a farrearse su mandato. Pero no tiene derecho a dejar acéfala a la Concertación ni, estando en la obligación de tomar los controles, puede darse el lujo de hundir a la coalición de gobierno que dio al país la década de mayores éxitos económicos y sociales de su historia. El presidente no puede gobernar con la lógica de “después de mí, el diluvio.”  Su presidencia no puede ser un ajuste con la historia (un socialista puede concluir su mandato) sino la proyección de una Concertación exitosa.

 

Aunque desconfíe de los partidos, Lagos es un animal político. Sabe que tiene cinco años de gobierno por delante y que tendrá que hacer un ajuste después de las parlamentarias donde deberán irse varios de los ministros que ahora se obstina en proteger. Lo incomprensible es que no se anime a hacer dicho ajuste ahora para así intentar encantar nuevamente al electorado y hacerse de una victoria decisiva y contundente en las parlamentarias de diciembre. Lagos debe salir a reconquistar la imaginación de los millones de chilenos que votaron por él y siguen creyendo en un Chile, y una Concertación, mucho mejor.