Una política de defensa

Revista Capital, 4 de mayo, 2001

Patricio Navia

 

Las amenazas externas que enfrenta Chile han cambiado. Ya no se trata de exterminar mapuches para poder “pacificar” a La Araucanía y liberar tierras para los nuevos inmigrantes como en el siglo XIX. Tampoco hay barbudos revolucionarios que, entonando gritos guerrilleros con acento caribeño y revolucionarias pipas, intenten implantar una revolución marxista-leninista. Con Argentina no hay ninguna isla en disputa y la Laguna del Desierto ya no despierta el mismo interés en la opinión pública. En Perú sólo se utiliza un discurso anti-chileno cuando hay interés electoral y en Bolivia se mantiene la demanda por una salida soberana al mar más por tradición que producto de expectativas reales.

 

Las principales amenazas a la soberanía nacional hoy están en cortes de justicia extranjeras, tribunales internacionales y reclamaciones comerciales. No es un posible enfrentamiento armado sino un potencial conflicto comercial por acusaciones de dumping contra la fruta o el salmón chileno lo que más nos preocupa. Una política de defensa innovadora debería también comenzar a considerar la protección de nuestros intereses comerciales, las inversiones chilenas fuera del país y el acceso a mercados internacionales.

 

La preocupación estratégica de largo plazo nos debería llevar a preparar un contingente de negociadores y diplomáticos aptos, hábiles, educados, expertos en economía, ciencias sociales, historia, multilingües y multiculturales mas que a entrenar tropas para operar armamento de segunda clase. Las batallas que Chile ya está comenzando a librar son en Ginebra, en Washington, Nueva York y todos los otros puntos neurálgicos de la economía globalizada a la que nuestro país tan decididamente se ha incorporado. Ahí no sirven ni los F-16 ni las fragatas del plan Tridente, sino expertos capaces de defender adecuadamente los intereses económicos y comerciales del país.

 

Incluso en la ‘retención’ londinense del ex dictador, un equipo bien calificado de abogados chilenos expertos en derecho inglés en combinación con un equipo de alto impacto de relaciones públicas e imagen le hubieran sido de mucha más ayuda a Pinochet que las diatribas nacionalistas de alcaldes que se negaron a retirar la basura, ex uniformados en retiro que amenazaban patéticamente al Reino Unido, políticos provincianos que llegaban a Londres para lograr titulares en los noticiarios nacionales e inútiles llamados a defender la soberanía nacional.

 

Una política eficiente, transparente y bien financiada de becas de posgrado y capacitación es nuestra mejor forma de proteger la soberanía nacional en el mundo del futuro, cada vez más globalizado, más interdependiente y más propenso a solucionar conflictos en cortes de justicia internacional y rondas de negociación que en campos de batalla. Una hueste de MBA, Ph.D., M.P.A., M.Educ, M.S., y LL.M. protegerán mejor nuestros intereses que cualquier ejército, armada o fuerza área que podamos capacitar.

 

Chile se merece soluciones creativas para sus desafíos actuales. Los Chicago Boys (ahora Chicago Seniors) fueron innovadores al privatizar el sistema de jubilación, la educación y la salud. La coyuntura política—después de todo trabajaban para una dictadura—no les permitió aplicar las enseñanzas libre-mercadistas a las Fuerzas Armadas.

 

Hoy, con una democracia consolidada, deberíamos comenzar a considerar reformas innovadoras a la defensa nacional. El exitoso modelo de ‘Build, Operate and Transfer’ utilizado para la infraestructura, o el de ‘licitación’ anunciado para las sanitarias, podría resultar útil para garantizar la soberanía territorial, ahorrándole cientos de millones de dólares a los contribuyentes (incluidos los más pobres que contribuyen con el 18% de todo lo que ganan). Al licitar la defensa nacional, el país se beneficiaría de la libre competencia entre Estados Unidos, Japón, Canadá o la Unión Europea que, por un pago razonable, podrían ofrecer sus mejores recursos para proteger nuestras fronteras de las cada vez menos viables amenazas militares vecinas. Y habría recursos para capacitar a los ejércitos de negociadores y técnicos del mañana.

 

¿Utópico? Si, pero también lo fue en su momento la privatización de la salud, educación y pensiones. La diferencia pudiera ser que ni los trabajadores públicos, ni los hospitales, profesores o futuros jubilados tenían tanques, barcos y aviones capaces de doblegar a la más sensata de las ideologías. Pero eso, en un contexto de supremacía del poder civil, no tiene por qué constituir un obstáculo insalvable.