Enrique Silva Cimma: Radical, masón, bombero y espiritista

Silva Cimma, 2000. Memorias privadas de un hombre público. Editorial Andrés Bello.

Patricio Navia, Capital, marzo del 2001 año

 

Por fortuna, Silva Cimma (ESC) es hombre. “Memorias privadas de una mujer pública” sería un pésimo título para el libro autobiográfico de alguien que es casi antónimo de la palabra ‘fashion.’ Este temprano ‘nerd’ del servicio público se inició en Contraloría en los años 1930, cuando ésta estaba todavía en pañales. Funcionario, subcontralor y contralor, intentó una fallida carrera senatorial en 1969. Después, al mando del Partido Radical en los 80, participó en la Alianza Democrática. Precandidato presidencial en 1989, aunque parece que él nunca lo supo, lo suyo no fue un saludo a la bandera ni una declaración de principios, sino una herramienta de negociación para obtener más cupos parlamentarios, puestos administrativos y para evitar cualquier intento del PR de hacer una alianza con la DC en desmedro del PS-PPD.

 

Aylwin lo nombró Canciller y Silva Cimma calzó perfecto en ese antro de funcionarios del siglo XIX con mentalidad aristocrática y orden jerárquico. Hasta el PC queda como renovado cuando se lo compara con RR.EE.. Con el tino, cuidado y prudencia que siempre lo caracterizaron, ESC no reformó nada en Cancillería.

 

Después, cuando todos pensaban que el último de los mohicanos radicales se retiraría a acompañar a Rettig en sus recuerdos de la Trinidad Radical, ESC envió señales claras, pero discretas, de que quería ser senador designado. Y así fue nombrado por la Suprema por un periodo de 8 años que se inició en marzo de 1998. A los 79 años de edad ESC coronaba una carrera que comenzó en el gobierno de Alessandri (1932-38.) Los supremos deben pasar a retiro a los 75 años, pero el senado parece ser sitio ideal para recibir a viejos estandartes nacionales. Sin autoridad para determinar la agenda legislativa y con poca legitimidad democrática, el senado es cada día más un cementerio de elefantes políticos.

 

Habiendo obtenido la categoría nacional de lord designado, ESC decidió publicar sus memorias. La letanía de la narración se ve interrumpida por repetidas anécdotas de anomalías y también robos de los que, de no mediar Silva Cimma, casi fue víctima el estado. Testigo y enemigo de tanta irregularidad, se hubiera esperado que al menos renunciara al Partido Radical, pero ESC personifica al funcionario público tradicional: honesto, cauto y amigo de sus amigos. Aunque reconoce que su propio padre en alguna ocasión tomó del erario público, ESC lo justifica diciendo que después el papá le regresó toda la plata a J. A. Ríos.

 

El ejercicio literario del octogenario senador no deja de ser meritorio. Es difícil poder llevarse bien con todos. Pero Silva Cimma no escatima halagos para Aylwin, Allende, Frei, Alessandri, Ibáñez y los presidentes radicales. A Pinochet nada, después de todo, Silva Cimma fue siempre un hombre de derecho. Pinochet no. 

 

Pero la ‘contralorial’ travesía literaria de Silva Cimma no justificaría mención de no ser por la sorprendente revelación de que con sus amigos radicales (entre ellos el ex rector Juvenal Hernández e incluso en una ocasión el mismo Frei Montalva) celebraban repetidas y regulares sesiones de espiritismo en la década de los 60. De acuerdo, fue una década de locos, pero que un radical, masón y bombero utilizara un médium para hablar con el espíritu de un ex español de la colonia que les venía a explicar los temas más diversos (incluidos los satélites espaciales y el asesinato del General Schneider) es estirar la imaginación al máximo.

 

Las críticas veladas a las diatribas acusatorias de su yerno el diputado Avila y su incapacidad de comprender el desinterés de los jóvenes por la política plasman su naturaleza decimonónica. ESC es tan Ñuñoa como el Estadio Nacional. Hijo de gobernador provincial Radical y crecido al amparo de un estado benefactor, ESC nunca entendió que la gran mayoría de Chile siguió sumida en la pobreza mientras los mejor conectados con el Partido Radical se consolidaban en la clase media.

 

La Constitución no requiere a los senadores un examen de salud mental para poder ejercer el cargo. Pero cuando en una biografía de un senador ex contralor radical, masón y abnegado servidor público nos encontramos con orgullosas referencias a sesiones espiritistas de los 60 uno no puede sino pensar que el equipo médico que examinó a Pinochet debería visitar también al resto de la bancada de designados del honorable Senado de la República.