In Greenspan We Trust

"Maestro," Bob Woodward, Simon & Schuster, New York, 2000.

 

Patricio Navia

Revista Capital, Febrero del 2001

 

 

"No importa quién sea el próximo presidente, mientras Alan Greenspan siga al mando de la Reserva Federal todo estará bien." La frase, aunque exagerada, refleja un sentimiento generalizado entre actores económicos y financieros durante el mes que Estados Unidos demoró en determinar quién sucedería a Bill Clinton.

 

Greenspan es el economista que ha estado al mando de la Reserva Federal, el Banco Central, desde 1987. Nombrado por Ronald Reagan y confirmado por un periodo adicional por George Bush padre, este economista republicano realmente brilló de la mano del demócrata Bill Clinton, que lo confirmó en su cargo en 1996 y 2000. Cuando su periodo llegue a su fin el 2004, Greenspan tendrá 78 años de edad y 14 como presidente de la Reserva Federal. Aunque le queden todavía varios años por delante para cumplir su periodo de 14 años como Gobernador (consejero) de la Reserva, muchos creen que optará por retirarse de la Reserva.

 

Pero los biógrafos no han esperado que el Chairman se retire. El libro de Woodward es uno de las tres recientes investigaciones periodísticas sobre la vida de este economista neoyorquino doctorado en New York University y a menudo correctamente catalogado como el banquero central del mundo. Y no es exageración, si las decisiones del Central chileno son discutidas hasta el cansancio en el país, las alzas y bajas de las tasas de interés de la Reserva Federal tienen un efecto en la economía mundial. Con o sin dolarización, la influencia sobre el costo del dinero que ejerce Greenspan y compañía deciden la suerte de muchos países y gobernantes que, sin saber quién es "el maestro" castigan a sus gobiernos nacionales por la lenta reactivación o los premian con la re-elección cuando la economía avanza rauda.

 

Greenspan disfruta el bajo perfil y cultiva la imagen de hombre callado, cuidadoso, sumamente ambiguo y poco claro en sus declaraciones. Sabiendo que una frase mal interpretada o mal formulada puede hacer tambalear las bolsas en Nueva York y el resto del mundo, Greenspan en sus declaraciones es más cuidadoso que la conferencia episcopal en tiempos de transición política.

 

Si los nuevos vigilantes instalados en el Paseo Ahumada sueñan con ser los guardianes de la bahía, los presidentes de los bancos centrales del mundo sueñan con ocupar el puesto de Greenspan. Muchos hasta actúan como el chairman, evitan enviar señales, preparan cuidadosos discursos y quieren envejecer más rápido. Pero así como el Paseo Ahumada no es Baywatch, el peso chileno o mexicano no son el dólar. Y aunque fundamentales en la lucha contra la inflación y por el crecimiento, los bancos centrales, particularmente los latinoamericanos, no han podido desarrollar ni la independencia ni la legitimidad que goza la Reserva Federal estadounidense.

 

Chile no es excepción. Pese a que quedó establecida en la Constitución del 80, el Central no fue independiente sino hasta el retorno de la democracia, cuando la saliente dictadura y la entrante administración Aylwin negociaron los nombramientos de los 5 Consejeros. El equilibrio político al interior del Central se mantuvo hasta que, asesorado por su ministro de Hacienda Aninat, Frei quiso meterle un gol de mediacancha a la derecha. Nombró a la consejera Maria Ovalle y la derecha en el senado no se atrevió a rechazar la confirmación. Es vox populi entre economistas y banqueros que Ovalle sabe tanto de política monetaria como el "Pelao" Acosta de estrategias futbolísticas. Los dos se enojan cuando se lo dicen y, lo que es peor, ninguno quiere irse.

 

Después, aunque su llegada fue tempestuosa, Carlos Massad se convirtió en el nuevo chairman nacional. No exenta de controversias y críticas, su gestión ha sido claramente exitosa y su prestigio se ha consolidado. Pero al igual que Greenspan, el "maestro" chileno gusta de concentrar la atención de las cámaras. Para los dos, mientras más disciplinados los miembros del consejo, mejor. Sólo así se consolida y fortalece, creen ellos, el nuevo poder del estado. Y a Massad no le ha ido mal. Mientras los militares pierden legitimidad ante los civiles como garantes del funcionamiento democrático, el Central se legitima como guardián de los equilibros macro económicos. Claro, las "democracias tuteladas" son sinónimo de siglo pasado y tercer mundismo, los Bancos Centrales fuertes son propios de las democracias consolidades y las economías saludables. Salen los militares, entran los economistas.

 

Inspirador el esfuerzo de  Woodward. Su investigación periodística es acuciosa, bien lograda y mejor narrada.  Aunque está en inglés, el libro hay que leerlo. Lo disfrutarán economistas y empresarios, políticos e intelectuales. Los periodistas nacionales podrán extraer lecciones y los lectores habituales seguiremos soñando con el día en que la investigación periodística nacional de primera línea se extienda más allá de los derechos humanos y el periodo 1970-90 y alcance temas más coyunturales como los medios de comunicación, los grandes negocios y conglomerados, las campañas políticas y su financiamiento y, por qué no, nuestro propio Banco Central.