Hay que ser maricón para hablar sin pelos en la lengua

Pedro Lemebel, “Loco afán” Anagrama, 2000.

Revista Capital. Enero del 2001.

 

Pedro Lemebel es homosexual militante. Además es un gran escritor. En un país que realiza esfuerzos formales por la reconciliación y para perdonar en abstracto los intentos por violar la propiedad privada primero y los horrorosos crímenes después que caracterizaron el Chile de las últimas décadas, Lemebel nos recuerda que más que perdón, Chile necesita libertad y que la principal propiedad privada es la privacidad.

 

Es difícil ser gay en Chile. La iglesia, los militares y la misma izquierda tienen posiciones antigay explícitas e implícitas. Ser gay es peor que ser comunista. Pero a diferencia de los comunistas, la mayoría de los gays nacionales deciden ocultar su identidad para evitar la condición de parias.

 

Para Lemebel la vida no ha sido fácil. Ser gay y haber nacido en el lado equivocado de Plaza Italia es una pesada cruz.  Por suerte, Lemebel frecuenta espacios artísticos que, al menos nominalmente, celebran la diversidad y aceptan las diferencias. Así pues, el ser gay no le cierra tantas puertas como en otros mundos. En cambio, ¿cuál sería la suerte de funcionario público, médico o gerente de empresa si optara por “salir del closet”? ¿Cuántos lectores de Capital podrían seguir manteniendo sus vidas y trabajos si reconocieran su condición homosexual?

 

A diferencias de otros países, en Chile no hay espacio para hombres de negocios gay. Pintor gay, pasa. O peluquero, bailarín, artista y escritor. Pero, economista, militar, político, profesor, ingeniero o médico gay, ¡jamás! Eso sería atentar contra la moral y las buenas costumbres de un país donde por tanto tiempo hicimos caso omiso a la tortura, la persecución política y la desaparición de personas.

 

En Chile no se puede ser gay. Al centro y a la izquierda no se le puede pedir respetar la individualidad porque en esos sectores sueñan con proyectos colectivos (patria joven, vía chilena, arco iris, proyecto país). Pero la Alianza, que se alza como paladín de la libertad individual, debería ser el principal aliado del derecho a meterse en la cama con quien uno quiera. No obstante eso no ocurre porque en Chile la libertad individual es vetada por los proyectos colectivos integristas de izquierdas y derechas por igual. 

 

En ese contexto, los textos de Lemebel celebran la osada y a menudo trágica jornada de muchos chilenos que buscan realizar sus sueños individuales. La riqueza literaria de las crónicas es indiscutible. Esta colección se lee con facilidad de comienzo a fin. Las páginas están llenas de finas ironías y descarnadas verdades. Lemebel dice lo que piensa y lo dice bien.

 

Y aunque sé que Lemebel no quisiera ser comparado con Almodóvar, para aquellos que desconocen la diversidad del mundo “gay y orgulloso de serlo,” la analogía es útil. Lemebel nos dice: ¡soy gay y qué! Es más, nos enseña que cuando se trata de sentir y convertir el sentimiento en páginas de un libro, existen sólo los que tienen y los que carecen de talento. Lemebel ocupa un sitio privilegiado entre los primeros. Sus personajes son reales, pero además creíbles y se adentran en el alma del lector hasta la médula. Las crónicas de Lemebel chorrean humanidad, y buena pluma. La combinación es de por sí inusual, pero además la narrativa reboza de honestidad. En un país donde la palabra mariconería es un sinónimo de cobardía, Lemebel deja en claro que a veces hay que ser maricón para atreverse a llamar al pan, pan y al vino, vino.

 

Este ganador de una beca Guggenheim, triunfador donde quiera haya presentado su obra y artista de vanguardia nacional recibirá el nacional de literatura cuando Chile se atreva a reconocer la diversidad que existe en el país. No sé si Lemebel quiera cambiar el mundo, pero me parece que lo suyo no es lo de Allende ni lo de Pinochet. A él le basta con que se respete el derecho de dos adultos de meterse juntos en la cama sin tener que andar dando explicaciones. Si en Chile pudiéramos sacar al Estado de los dormitorios y de la vida privada de los ciudadanos daríamos un gran paso en este difícil sendero del respeto por la libertad y la propiedad privada. Mucho más que un gobierno que se encargue de los problemas reales de la gente, se necesita uno que garantice el derecho a la libertad y la privacidad individual.