La estrategia del elefante rosado

Patricio Navia

Revista Capital, julio del 2000

 

Felipe Portales. 2000. “Chile: Una Democracia Tutelada.” Sudamericana.

Alfredo Jocelyn-Holt. 2000. “Espejo Retrovisor” Planeta/Ariel.

 

“Hay un elefante rosado sentado en la mesa y nadie dice nada al respecto.” Es la expresión favorita que usa una amiga cuando hay un asunto molesto que todos prefieren ignorar.

 

Felipe Portales (FP) se dedica a “demostrar” que tenemos una democracia tutelada.  La tesis no es nueva. Ya lo han señalado académicos nacionales y extranjeros, las cartas abiertas, las memorias de políticos de diversos colores, la izquierda extra-concertación y la prensa internacional.  FP simplemente compendia “La historia oculta de la transición” de Cavallo y “Crónica de la transición” de Otano. Y añade declaraciones de prensa, cita a Escalona, Allamand y a algunos académicos, y cuestiona correctamente las indulgentes—y vanidosas—visiones de Boeninger y Aylwin. Argumenta que porque a la Concertación le faltaron agallas e inteligencia, nos quedamos con una democracia tutelada que sólo empezó a liberarse con el arresto del ex dictador.

 

Además de no añadir nada nuevo, hay un tremendo elefante rosado en el libro de FP. En gran medida, la transición se dio así porque la Iglesia intrínsicamente conservadora y adversa al riesgo apoyó ese camino y no otro.  En esa lógica es mejor quedar desconforme porque se hizo poco que lamentar ir muy rápido. Esta forma de entender la realidad, adoptada por Aylwin y Frei, explica nuestro lento avanzar hacia la democratización.

 

Aunque la Iglesia defendió los derechos humanos (la Vicaría de la Solidaridad salvó miles de vidas), también apoyó la transición pactada y la impunidad de Pinochet.  En su visita a Chile, el Papa se reunió con los opositores y con el dictador. Y aunque le duela a los mas izquierdistas del mundo confesional, la postura de Silva Henríquez no es representativa del liderazgo de la Iglesia. Si FP cree que la transición ha sido desastrosa, para ser más creíble tendría que haberlas emprendido no sólo contra Aylwin, Boeninger, Enrique Correa, Viera Gallo y los hombres de la transición, sino también contra el principal poder fáctico nacional. 

 

Alfredo Jocelyn-Holt (AJH), en cambio, en su colección de ensayos repite, amplia y contemporiza sus argumentos de “El peso de la noche” y “El Chile perplejo.” Agudo, sarcástico y avasallador, sus argumentos son siempre contundentes. Colección de artículos y ensayos, esta nueva entrega es algo repetitiva y no alcanza la genialidad de sus libros anteriores, aunque sigue evidenciando a AJH como una de las más incisivas plumas nacionales.  ¿Por qué entonces despierta tanta animadversión el autor?  ¿Es que el país no está preparado para que un verdadero liberal venga a poner los puntos sobre las íes?

 

Me temo que es otra cosa. AJH es un aristócrata, y eso no cae bien en el Chile de Faúndez y de los consumidores de Tironi. Dos botones de muestra: “yo recién a los 18 años, estando en la universidad, supe que las mujeres menstruaban, y eso que recibí una educación privilegiada en uno de los 10 mejores colegios de los Estados Unidos” (p. 112).  Y respecto al concierto de Mick Jagger en 1995, se pregunta, “¿Hubo droga? Solo olí una pizca de ese aroma abominable. Incluso más, yo mismo... me abstuve de llevar mis papelillos con que lío mis Gaoloises, para no confundir [a Carabineros]” (p.106).  Ahí está el problema. Cuando quiere intimar y mostrar su lado humano, se le escapa la presunción.

 

En este país cualquiera se define como liberal. Alvaro Bardón apoya la legalización de la droga pero se opone a la masturbación “porque lleva a los embarazos no deseados” (Tercera, 5/12/99.) Eso no es ser liberal, es ser incoherente. AJH es un liberal de verdad, a diferencia de FP que hace un llamado integrista a “que la solidaridad social [sea] superior al individualismo y al materialismo... a creer en un pueblo organizado, consciente de los derechos humanos de todos y con posibilidades efectivas de influir en los destinos colectivos” (p. 478).

 

Por eso, pese a la pedantería ocasional, es mejor leer al historiador liberal que al sociólogo DC, mientras el primero peca de petulante, el segundo termina predicando más que haciendo análisis social. Además, prefiero la visión de mundo de AJH al de FP: una democracia sin tutelaje militar ni tampoco proyectos colectivistas e integristas (de izquierda o derecha) que me anden diciendo qué es mejor y cuáles deben ser mis valores.