Vida de perras y Malas noches

Patricio Navia

Revista Capital, Junio del 2000

 

Teresa Calderón. “Vida de Perras,” Alfaguara, 2000.

Alejandra Costamagna. “Malas noches,” Planeta 2000.

 

Al aceptar el Cervantes, Jorge Edwards señaló que se reconocía “a través mío, [a] la literatura chilena en su tradición y en su rica diversidad.” Luego enumeró a notables exponentes de la misma: Alonso de Ercilla, Alonso de Ovalle, Manuel de Lacunza, Pérez Rosales, Blest Gana, Neruda, José Santos González Vera, Nicanor Parra, José Donoso y Jorge Teillier. Después de aclarar que la lista no termina ahí, agradeció “en nombre propio y en nombre de todos.”

 

Sería mala leche culparlo por los nombres olvidados, y se entiende que mencione a algunos poco conocidos que él admira. Pese a lo que el mismo señaló, el premio era un reconocimiento individual y Edwards podía agradecerle a quien quisiera. Pero ya que se arrogó la representación de la literatura chilena, no deja de sorprender que en la larga lista no haya ninguna mujer.

 

La opción de Gabriela Mistral era obvia; pero sabemos que en España y Chile, muchos consideran su Nobel injustificado. Pero la Mistral tiene sus seguidores, de las más de 1.5 millones de tesis de doctorado catalogadas en la base de datos norteamericana UMI, hay 29 sobre Mistral.  Sobre Jorge Edwards: 2. Otros chilenos ahí presentes son Donoso: 51, Neruda: 49, Huidobro: 35, Blest Gana: 13, Manuel Rojas: 8, Ercilla: 4, Teillier: 3, Gonzalo Rojas: 3, Raúl Zurita: 2, Baldomero Lillo: 2, Pérez Rosales: 2, Guillermo Blanco: 1, Alberto Fuguet: 0. Y entre las mujeres, Isabel Allende: 32, Diamela Eltit: 17, María Luisa Bombal: 16, Violeta Parra: 2, Marcela Serrano: 0.

 

Edwards podría haber optado por la Bombal, que además recibió elogios del mismo Borges, por las best-sellers Isabel Allende y Marcela Serrano, por la politically incorrect Violeta Parra o por la heavyweight intelectual Diamela Eltit.  Pero el Premio Cervantes prefirió dejar a las mujeres fuera.

 

En estos días está de moda criticar a Edwards por cualquier cosa, pero hay otros que también olvidan o ignoran a las mujeres. Aunque Ricardo Lagos hizo historia al nombrar 5 ministras (de 16), y más subsecretarias e intendentes que cualquier gobierno anterior, todavía es impensable imaginar a una Ministra de Defensa o que más de la mitad de los parlamentarios sean mujeres. Para qué hablar de las FFAA y sus cuatro senadores designados. Porque los chicos de la UDI tienen a Evelyn Matthei por accidente (se peleó con RN por culpa de la telefonía celular), se salvan de ser el club de Tobby.

 

Pero no es en la política donde las mujeres están más ausentes—es la iglesia, dirían algunos, pero yo prefiero irme con cuidado con ciertos poderes fácticos—sino en el mundo empresarial. ¿Cuánto falta para que la CPC o la SOFOFA elijan una presidenta? O cuándo llegarán al ICARES más mujeres que hombres como delegados (no promotoras.)

 

Es esperanzador ver que al menos en la literatura, las mujeres avanzan a la par de los hombres. Hay mujeres que escriben y venden más que los hombres. Y lo que tienen que decir merece ser leído por hombres y mujeres por igual.

 

Alejandra Costamagna (AC) nos entrega lo que según María Martínez Sanza es “la aparente estructura... [que] encubre un callejón ciego que forma una especie de magma en el que sobresale la nada, la desesperanza y el sinsentido” (El Mercurio, 6 de mayo, 2000.)  Botellita de jerez. Ciertos críticos gustan de hablar en difícil. Aquí traduzco, AC ofrece al comienzo cuentos sobre hijas y padres que caen en el lugar común, y después narraciones de mujeres que sienten, gozan y gustan del sexo sin que necesariamente estén enamoradas, personajes complejos que no saben bien lo que sienten ni lo que quieren. Creíbles narraciones con esas dosis de realidad que tanto bien hace (¡basta de realismo mágico!). Aunque AC equivoca el orden, los últimos relatos son mucho mejor que los primeros.  Con este libro, como con el periódico, hay que empezar por el final.

 

Teresa Calderón (TC) nos ofrece más de lo mismo (a los chilenos les gusta eso): mujeres que sienten, se confunden, quieren, odian y son dueñas de su sexualidad, o quieren serlo. Siendo poeta, su narrativa fluye más disciplinada y sus párrafos mejor logrados que los de la joven AC (que no nació el 76, como dice la contraportada, sino el 70). TC nos muestra con fuerza y simpleza el mundo de la mujer que odia y ama con pasión, que es madre protectora y también insegura pasajera de la vida. Todo eso a la vez, con desorden y caos en los sentimientos, pero con una narración clara, precisa y llena de sexo (para la tranquilidad de la Fundación Futuro que nos señaló la insatisfacción nacional en esa materia) que a veces es puro amor y otras es sólo uno de los problemas reales de la gente.