La parálisis legislativa de Estados Unidos

Patricio Navia

Diario Perfil, noviembre 12, 2017

 

El traspié electoral que sufrió el Partido Republicano el martes 7 de noviembre es un golpe menor para Trump cuando se lo compara con la amenaza que representa la investigación del fiscal independiente Robert Mueller y con la poca efectividad legislativa del gobierno. Si bien hasta ahora ni la investigación sobre posibles delitos cometidos en su campaña presidencial ni la incapacidad del Congreso, controlado por los republicanos, para convertir las promesas de Trump en realidad son suficientes para definir a su gobierno como un fracaso, es innegable que Trump es un presidente que está a la defensiva cuando apenas se cumple un año desde su sorpresiva victoria electoral.

 

El 7 de noviembre, los demócratas tenían buenas razones para celebrar. El partido celebró victorias en Virginia, Nueva Jersey y la ciudad de Nueva York. En la carrera a gobernador de Virginia, si bien Hillary Clinton ganó en ese estado en 2016 y el gobernador saliente también era demócrata, la ascensión del vicegobernador demócrata Ralph Northam a la gobernación estatal estuvo en duda. El candidato republicano, Ed Gillespie, había sido líder nacional del Partido Republicano durante la administración de Geroge W. Bush y, si bien provenía de una corriente contraria a Trump, evitó criticar a Trump durante la campaña. Por eso, su derrota fue vista como una derrota también del presidente en ejercicio. Aunque es más correcto definirla como la incapacidad de Trump de hacer crecer su apoyo más allá de la victoria minoritaria que consiguió en noviembre de 2016.

 

Los demócratas recuperaron el estado de Nueva Jersey después de 8 años en manos del republicano Chris Christie. Christie, el ex candidato presidencial en las primarias republicanas en 2016, fue uno de los primeros líderes del partido en sumarse a la campaña de Trump. Christie aspiraba a ser nominado candidato vicepresidencial. Cuando eso no ocurrió, intentó entrar al gabinete, pero tampoco tuvo suerte, por una disputa anterior suya con el padre de Jared Kushner, el esposo de Ivanka Trump, la hija predilecta. Aunque su victoria era esperable –en 2016 Clinton recibió el 55%, muy por encima del 41% de Trump–, los demócratas aprovecharon la oportunidad para avergonzar a Trump. La reelección del alcalde demócrata Bill de Blassio en la ciudad de Nueva York sólo confirmó el poder de ese partido en la ciudad más importante de Estados Unidos. En noviembre de 2016, Hillary Clinton recibió el 58% de la votación en la ciudad mientras que Trump sólo alcanzó un 38%.

 

Por eso, en el papel, la victoria demócrata el 7 de noviembre no es sorpresiva. Tampoco puede entenderse como un retroceso para Trump. El presidente republicano nunca ha sido popular en estos lugares. Pero lo que es innegable es que la mala noticia electoral para los republicanos se suma a una seguidilla de malas noticias que han golpeado a la Casa Blanca en las últimas semanas.  De ahí que los opositores a Trump interpreten este momento como el período de más debilidad de Trump desde que llegó a la Casa Blanca. La amenaza que representa el fiscal independiente Robert Mueller y la incapacidad del Congreso dominado por los republicanos para avanzar en una agenda legislativa más conservadora –disminuyendo impuestos y aboliendo el programa de salud Obamacare– son los verdaderos problemas que enfrenta Trump y que la derrota del 7 de noviembre vino a exacerbar.

 

La investigación del fiscal Mueller sobre posibles conexiones rusas de miembros de la campaña de Trump se ha extendido –como suele ocurrir– a posibles intentos por obstruir la Justicia en los que pudieran haber estado involucradas otras personas de la campaña, incluidos los hijos y el yerno de Trump. Por el momento, la formalización de Paul Manafort, el ex jefe de campaña de Trump, muestra que Mueller ha seguido al pie de la letra la estrategia de los fiscales independientes. Mueller, que fue director del FBI, ha logrado arrinconar a Manafort y otros aliados de Trump y con esa hebra busca llegar al círculo más íntimo de Trump, sino al mismo presidente. Los expertos estiman que Mueller anunciará más formalizaciones en enero y febrero y que, mientras más avance, más cerca llegará del círculo íntimo del presidente. Como una tormenta que se acerca amenazante, la formalización de Manafort equivale a las primeras gotas de agua que anticipan que esto recién comienza.

 

Trump ha tenido problemas para avanzar su agenda legislativa que se siguen haciendo presentes. Después de fallar en su promesa de abolir Obamacare, ha decidido impulsar la reforma tributaria para simplificar el código tributario, eliminar populares deducciones de impuestos y bajar los impuestos a las empresas. Pero como no logró reducir el gasto público asociado a Obamacare, la probabilidad de pasar esta reforma es menor. Es difícil eliminar exenciones tributarias populares o que tienen ejércitos de lobistas preocupados de defenderlas. Si no hay mayores ingresos tributarios, resulta difícil bajar los impuestos a las empresas. Aunque la iniciativa de reforma tributaria ha avanzado en ambas cámaras, las discrepancias entre las prioridades del Senado y de la Cámara serán difíciles de conciliar. Si a eso le sumamos la incapacidad de Trump para forjar acuerdos, es probable que esta reforma tributaria se estanque de la misma forma que la reforma de salud.

 

La combinación de derrotas legislativas y electorales, y la amenaza que representa la investigación del fiscal Mueller son las razones que tienen a los demócratas celebrando –especialmente después del 7 de noviembre–. Aunque, por ahora, los problemas de Trump tienen más que ver con los propios errores de Trump que con algún indicio de que los demócratas tienen un plan para recuperar apoyo en las zonas donde Trump ganó en 2016. Con todo, a un año de ser derrotados por Trump, los demócratas hoy sonríen y los republicanos dudan del liderazgo de su presidente.