Promesas de campaña irrealizables

Patricio Navia

Diario Perfil, noviembre 22, 2015

 

Las campañas electorales combinan las mejores fortalezas de la democracia con sus innegables debilidades. Porque los candidatos prometen cosas que saben que la gente quiere escuchar, los electores saludablemente dudan de la capacidad que tendrá el candidato ganador para cumplir todas sus promesas. Por eso, al decidir por quien van a votar, los ciudadanos consideran también el desempeño previo de los candidatos y el legado que han acumulado los partidos de cada candidato.  Aunque el voto es un solo, las personas incluyen una multiplicidad de consideraciones retrospectivas y prospectivas al decidir su voto.

 

Los candidatos hacen promesas electorales con la misma facilidad que los novios se prometen amor, lealtad y fidelidad. En general, cuando prometen, los novios de verdad quieren cumplir sus promesas.  Son muy pocos los novios que, al momento de prometerse amor para toda la vida, están simultáneamente planificando formas para engañar a sus parejas o elaborando planes para ser desleales.

 

Los candidatos en campaña se comportan de forma similar. Cuando un candidato promete crecimiento, empleo, más programas sociales u oportunidades, de verdad quisiera hacerlo. Los candidatos mejor preparados y más conscientes conocen mejor las limitaciones que tendrán para cumplir sus promesas. Pero como siempre hay candidatos irresponsables que empiezan a prometer más de lo que materialmente se podrá cumplir, todos los candidatos terminan cayendo en el juego de hacer promesas excesivas y elevar las expectativas.   Aun si el candidato es responsable y sabe que algunas promesas no se podrán cumplir, el camino a la victoria pasa por unirse a la competencia de quién promete más. Ser estrictamente responsable con las promesas es políticamente loable, pero electoramente suicida.

 

Los votantes, sabiendo que los candidatos exageran sus promesas para ganar, descuentan algunas de esas promesas al igual que los novios descuentan el compromiso de sus parejas a nunca hacerles daño.  Después de prometerse que jamás se irán a dormir enojados y que siempre conversarán todos los problemas, resultaría erróneo y contraproducente que una pareja termine una relación de varios años solo porque uno de ellos mostró debilidad de carácter alguna vez.  Las parejas perdonan incumplimiento de promesas en tanto las promesas cumplidas y el balance global de la relación sea sustancialmente superior al dolor y daño que causan los malos momentos.  De la misma manera, los votantes perdonan algunos incumplimientos de promesas de campaña si el gobierno cumple otras promesas y el balance sobre la dirección en que avanza el país es positivo.

 

Por eso, al votar, los ciudadanos también ponen atención al comportamiento anterior de los candidatos, para saber qué tan fieles han sido a las promesas que hicieron en elecciones anteriores, y qué tan capaces han sido en el desempeño de sus cargos. Cuando un candidato tiene un buen registro en sus labores anteriores, su credibilidad aumenta y la confianza que puede generar en el electorado es respaldada por logros concretos. Como un banquetero que ha organizado grandes fiestas y que goza de una reputación admirable, los políticos que han hecho bien su trabajo necesitan prometer menos cosas en tanto los votantes conocen sus logros y aciertos.

 

Cuando votan, los ciudadanos también miran el desempeño del gobierno saliente y, a partir de esa evaluación, deciden si castigar o premiar al gobierno que termina su periodo en la persona del candidato oficialista.  Por más exitoso que haya sido un candidato oficialista en su desempeño anterior, si el gobierno saliente es desastroso, los votantes bien pudieran terminar castigando al candidato oficial por los errores o pecados del gobierno saliente.  Por eso, a menudo, los candidatos oficialistas se alejan en sus campañas de gobiernos salientes que llevan mucho tiempo en el poder o que han tenido problemas en su gestión. A su vez, los candidatos de oposición a menudo prefieren hacer campaña contra un impopular gobierno saliente que contra un candidato oficialista que tiene menos rechazo. Si el gobierno saliente es popular, el candidato oficialista se esfuerza por representar la continuidad mientras que los abanderados de oposición minimizan sus diferencias con el gobierno saliente.

 

Igual que cuando uno tiene que comprar un automóvil y no sabe si elegir uno de un color preferido pero un modelo que no le gusta y otro de un color menos apetecible pero del modelo favorito, los electores deben tomar decisiones entre alternativas menos que óptimas. La democracia siempre obliga a los votantes a escoger al mal menor. Ningún candidato refleja perfectamente las preferencias de ningún votante porque todos los votantes tienen preferencias distintas.

 

Con todo, es mejor que la gente escoja a sus líderes a que estos sean impuestos por determinados grupos de presión o de interés.  Pero es un error esperar que la democracia deje contentos a todos.  Es más, precisamente cuando reina la incertidumbre sobre quién ganará, los candidatos se excederán en sus promesas de campaña y elevarán las expectativas más allá de lo razonable. Mientras más reñida una elección, mayor será el desencanto de los votantes cuando el nuevo gobierno asuma el poder y, con sus acciones y decisiones, comience a bajar las expectativas sobre lo que podrá realizar. Inevitablemente, los compromisos se convertirán en acusaciones al gobierno anterior por los errores cometidos y las altas expectativas devendrán en desencanto y descontento. 

 

Pero igual que una pareja que atraviesa por su primera crisis, el nuevo gobierno podrá demostrar su convicción al cumplir algunos de sus compromisos de campaña.  El Presidente cargará con el peso de haber hecho promesas de campaña irrealizables, pero si el país avanza en la dirección que la mayoría de los ciudadanos espera, igual podrá ser un gobierno exitoso.  No será un cuento de hadas, pero sí una democracia que funciona bien.