Bachelet popular, Concertación impopular

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 3, 2013

 

La encuesta CEP confirmó que la gente quiere a Bachelet, pero rechaza a la Concertación. Como Bachelet y la Concertación son indivisibles, esta disociación anticipa tensiones entre el gobierno y la gente si Bachelet regresa a La Moneda.  Pero también permite entender la estrategia electoral de la Concertación. Cambiar de nombre—de Concertación a Nueva Mayoría—y personalizar la campaña en la figura de Bachelet son la forma en que esa coalición busca que el 17 de noviembre la gente vote por Bachelet olvidando que así también está votando para que la Concertación regrese al poder.

 

Después de liderar la recuperación de la democracia y construir instituciones sólidas, la Concertación se encuentra ahora en la vereda opuesta. Si hace 10 años el Presidente Lagos orgullosamente nos recordaba que las instituciones funcionaban, la Concertación hoy tiene todas sus fichas puestas en el personalismo. Los partidos que la componen y los rostros más emblemáticos de la coalición saben muy bien que su retorno al poder depende de la popularidad personal de su candidata.  Más que representar una garantía de gobernabilidad y ser la base de los equipos de personas preparadas y aptas para gobernar, los partidos de la Concertación saben que constituyen un gigantesco pasivo electoral.

 

Si en las primeras dos décadas de democracia la Concertación era una marca imbatible, hoy la estrategia electoral de la campaña de Bachelet apunta a minimizar el papel de su coalición y la influencia que ésta tendrá en su futuro gobierno.  Mientras más aparezcan los rostros tradicionales de la Concertación en la foto junto a Bachelet, más dudas despertará en el electorado la idea de escoger a Bachelet para que vuelva al poder.  Para ganar, Bachelet debe esconder a su coalición. 

 

Para poder cumplir sus promesas y llevar adelante sus propuestas de transformaciones institucionales profundas, Bachelet necesitará de amplias mayorías en el Congreso. Si su coalición no logra numerosos doblajes, Bachelet enfrentará los mismos obstáculos institucionales que frustraron pasados intentos de reformas.  Pero impulsar doblajes implica potenciar los rostros de candidatos concertacionistas que distan de tener la misma popularidad de Bachelet.  Al pedir doblajes para la Nueva Mayoría, Bachelet inevitablemente se termina asociando a los mismos rostros que, de acuerdo a la encuesta CEP, producen alto rechazo en la población.

 

La tensión que produce tener una candidata popular representando a una coalición impopular se evidencia en la alta intención de voto para Bachelet y el escaso entusiasmo que generan los postulantes a senadores y diputados de la Nueva Mayoría.  Pero esa tensión será todavía mayor cuando, en caso de ganar, Bachelet deba armar su equipo de gobierno y tenga que poner rostros de personas a sus promesas de cambio y transformación. Entonces, la disociación entre una líder popular y su poco querido ejército desnudará la principal debilidad de la estrategia concertacionista para retornar al poder. Si bien la  estrategia de esconderse detrás de la figura de Bachelet para ganar la elección parece estar produciendo buenos resultados para la Concertación, una vez en el gobierno resultará imposible mantenerse sumergidos bajo las faldas de Bachelet. Entonces recién sabremos qué pesará más en esta singular mezcla de una líder enormemente popular y una Concertación altamente impopular.