¿Más difícil de gobernar?

Patricio Navia

La Tercera, julio 8, 2013

 

La advertencia de Michelle Bachelet respeto a que Chile será más difícil de gobernar no se condice con la realidad de un país más desarrollado, con instituciones democráticas más sólidas y con una sociedad civil más proactiva. Es verdad que los países son más difíciles de gobernar cuando los políticos prometen cosas que no podrán cumplir, pero las condiciones por las que atraviesa Chile son más conducentes a la gobernabilidad que las que vivió el país en las últimas dos décadas. 

 

La estabilidad de las democracias está fuertemente asociada al desarrollo. Mientras más desarrollo, más sólidas las instituciones y menos probable las crisis que amenazan la estabilidad. A medida que los países se desarrollan, las crisis se hacen más esporádicas y menos riesgosas para la supervivencia de la democracia.  Chile enfrentaba más desafíos cuando la democracia recién se iniciaba, a comienzos de los 90. La presencia de Pinochet en la comandancia en jefe, los altísimos niveles de pobreza y marginalidad y la debilidad de las instituciones hacían que nuestra democracia fuera mucho más frágil que hoy. 

 

La advertencia sobre un supuesto aumento en el riesgo de ingobernabilidad está asociada a la popular—pero infundada—tesis de la trampa de los países de ingresos medios.  Salvo Argentina, no hay países que hayan quedado atrapados en la trampa de ingresos medios. Hay países subdesarrollados, pero cuando las naciones alcanzan el nivel de desarrollo que tiene Chile hoy, siempre han podido llegar al desarrollo (aunque algunas demoren más que otras).

 

Los buenos políticos saben que deben subir las expectativas en campaña y bajarlas después que ganan las elecciones. Es más fácil prometer que cumplir. Por eso, apenas tienen asegurada la victoria, los políticos hábiles advierten que la materialización de sus promesas depende de variables que no están bajo su control.  Al advertir sobre las dificultades que enfrentará el próximo gobierno, Bachelet también comienza a bajar las expectativas.  Pero al insistir en promesas difíciles de cumplir, la ex presidenta quiere también mantener las expectativas altas.

 

La capacidad de cumplir promesas, como bien ha recordado Bachelet, depende del apoyo del Congreso. Para alcanzar la anhelada mayoría de dos tercios, su coalición deberá obtener 20 doblajes en 60 distritos de Diputados (algo que ni siquiera ocurrió en 1989 o 1993, cuando la Concertación arrasaba en votación).  En el Senado, ya que solo se renueva la mitad de los escaños, la Concertación necesita doblajes en 7 de las 10 circunscripciones para alcanzar esa ansiada mayoría calificada.

 

Aunque enfrenten problemas diferentes—y haya más actores involucrados en la vida política—las democracias en países en vías de desarrollo son menos difíciles de gobernar que las de países menos desarrollados.  Pero en democracias maduras, la tensión entre las expectativas de la gente y la compleja realidad que dificulta la materialización de sueños sí es causa de tensión. Por eso, los candidatos no debieran prometer cosas que saben que no van a poder—o no quieren—cumplir. Solo cuando un candidato injustificadamente alimenta expectativas, los países se hacen más difíciles de gobernar.