El año de los autoflagelantes

Patricio Navia

La Tercera, junio 29, 2013

 

Después de haber sido marginado de la toma de decisiones en los gobiernos concertacionistas, el sector más crítico del modelo tienen una gran oportunidad de llegar a La Moneda de la mano de Michelle Bachelet. Pero aunque gocen la victoria en primarias sobre los candidatos del continuismo en las políticas históricamente privilegiadas por la Concertación, los autoflagelantes saben que derribar la institucionalidad en la que descansa el modelo político y económico será más difícil que ganar mañana.

 

Desde fines de los 90 que la Concertación está dividida en dos almas, los autocomplacientes—orgullosos de lo alcanzado y comprometidos con reformas graduales y pragmáticas al modelo—y los autoflagelantes, interesados en cambiar el rumbo y alejarse del ordenamiento institucional y modelo económico heredados de la dictadura.  Los autocomplacientes siempre fueron más poderosos. El manejo de la política económica y los puestos de más influencia política siempre fueron para autocomplacientes.

 

Pero incluso más que la exclusión del poder, los autoflagelantes reclamaban por las pocas oportunidades que daba la dirigencia concertacionista para que expresaran las posturas más críticas con el modelo social de mercado, impulsado siempre desde el Ministerio de Hacienda.  Si los autocomplacientes en los 90 entendían la necesidad de la democracia de los acuerdos por la presencia de Pinochet en el ejército, por los enclaves autoritarios y por la todavía frágil democracia, bajo Lagos debieron esperar primero la recuperación económica y después tuvieron que sumar fuerzas para resistir a la oleada de la UDI popular que alcanzó su momento más poderoso en 2002.  Cuando creyeron que finalmente tendrían su chance, vieron frustrados sus intentos a partir de 2006, cuando Andrés Velasco, con sus aliados de Expansiva y otros autocomplacientes, coparon los espacios de poder más importantes en el cuatrienio de Bachelet.  

 

Ahora que Bachelet tiene un discurso de cambios profundos y radicales, los autoflagelantes estarán en una mejor posición que nunca antes para impulsar los profundos cambios que siempre han añorado.  Pero las señales de advertencia abundan en el horizonte. La mayoría de los chilenos quiere más reforma que revolución.  Si Bachelet se corre mucho a la izquierda, arriesga perder el voto moderado, bloque decisivo en las elecciones de noviembre.

 

De cualquier forma, aunque muchos anticipen que la realidad política obligue a transformar los sueños revolucionarios de asamblea constituyente y fin del modelo económico por realidades de ajustes que corrijan pero también profundicen el modelo neoliberal, el solo hecho de entrar por las grandes alamedas de la deliberación al interior de la Concertaación es motivo de satisfacción.

 

Aunque un eventual gobierno de Bachelet se parezca a las cuatro administraciones concertacionistas previas—promoviendo reformas en la medida de lo posible y con promesas de avanzar hacia el objetivo más que expectativas de materializar la educación gratuita o una nueva constitución—poder expresar disenso ante el modelo constituye un triunfo. Por eso, aunque teman que la alegría no dure mucho, los autoflagelantes celebran.

 

Pero por eso mismo, los autocomplacientes también aparecen menos preocupados que aquellos que solo ponen atención a las promesas que ahora realiza Bachelet en campaña. Aunque sea la primera presidenta autoflagelante en llegar a La Moneda, como ya pasó en 2006,  los autocomplacientes bien pudieran ser los que vuelven al poder.