Los votantes incomodan a los partidos

Patricio Navia

La Tercera Blog, mayo 2, 2013

 

Mientras más actores acceden al poder político, menos poder para los que actualmente lo detentan.  La decisión de las dos grandes coaliciones de limitar sus primarias a la contienda presidencial demuestra su poca disposición a devolver el poder a la gente.  La Concertación realiza primarias presidenciales solo como ejercicio de ratificación de Bachelet, mientras que las primarias presidenciales de la Alianza son la moneda de cambio que entregó el nuevo candidato UDI Pablo Longueira para decidir él mismo la plantilla parlamentaria de su partido. Habiendo tenido la oportunidad de profundizar la democracia, las dos grandes coaliciones optaron por retener férreamente el poder, deslegitimando aun más a la ya ampliamente impopular clase política.

 

Después de que, literalmente entre gallos y medianoche, la Alianza y la Concertación sorprendieran al anunciar que sólo harán primarias presidenciales, cunde una percepción de desencanto y frustración entre los simpatizantes de la democracia.  Dado el rechazo de los partidos a entregar el poder de nominación a la gente, el que RN haga primarias internas en el 15% de los distritos convierte a ese partido en el más abierto a la democracia en el país.  En el país de los acomodos y arreglines partidistas, el que se avergüenza un poquito es un santo.

 

Los llamados a ampliar los espacios de participación democrática realizados por varios candidatos presidenciales alimentaron esperanzas de que los partidos renunciarían a su poder monopólico de nombrar candidatos.  Las promesas de los candidatos presidenciales de más participación, recambio y nueva forma de hacer política hoy suenan especialmente vacías. Corresponden además los cuestionamientos sobre el liderazgo de candidatos presidenciales que dicen una cosa mientras sus partidos hacen otra.  Si un popular candidato presidencial que viene a salvar a su impopular coalición es incapaz de ordenar a sus partidos cuando tiene todo el poder, ¿qué podemos esperar para después de que llegue a La Moneda y los partidos se vuelvan a sentir seguros en el poder?   A su vez, se alimentan las especulaciones de negociaciones a espaldas de la gente cuando un candidato que hace una semana pedía no realizar primarias presidenciales condiciona su aceptación a una nominación presidencial de último minuto a que se realicen primarias presidenciales pero se aborten las primarias parlamentarias.

 

La Concertación realizó primarias presidenciales porque sabe de antemano el resultado. Sabiendo que cargaba con la mala reputación de primarias truchas en 2009, la Concertación decidió hacer un tongo de primarias en 2013.  Al resistirse a primarias parlamentarias—donde sí había incertidumbre—los partidos desnudaron su preocupación por mantener sus cuotas de poder, ignorando la voluntad de la gente.  Lamentablemente, los esfuerzos por oxigenar a la Concertación que impulsan Velasco y Orrego—no Gómez, que estuvo negociando un premio de consuelo para sí mismo—se verán frustrados por la inercia de una coalición que cree tener en el bolsillo la victoria de Bachelet en noviembre. La Concertación no quiere que la gente escoja al candidato. Quiere que la derrota de Orrego y Velasco les permita vestir a Bachelet de un manto de democracia y esconder la inmundicia de una coalición que nació para promover la democracia y que ha devenido en un obstáculo para su profundización.

 

En la Alianza, la forma en que bajaron a Laurence Golborne demuestra que las viejas prácticas autoritarias siguen siendo dominantes.  Pero la UDI no bajó a Golborne por los cuestionamientos sobre su trayectoria empresarial y sus cuentas en Islas Vírgenes. De hecho, la propia UDI parece interesada ahora en llevarlo como candidato al Senado.  A Golborne lo bajaron porque la UDI no cree posible ganar en noviembre. Así, la nueva estrategia es resguardarse en el Congreso.  Gracias al binominal, basta un tercio de los votos para conseguir la mitad de los escaños.  Al desactivar las primarias parlamentarias,  Longueira busca optimizar el número de escaños que puede conseguir la UDI en noviembre.  Al aceptar ir a primarias con Allamand, Longueira amarra el pacto Alianza, asegurando la unidad de la derecha.  Si la Alianza presentaba dos candidatos presidenciales, hubiera habido una carrera abierta por el segundo lugar, con posibilidades de que ME-O y Parisi se quedaran con el segundo puesto y enfrentaran a Bachelet en segunda vuelta.  Longueira acepta ir al sacrificio el 30 de junio para asegurarse de que la Alianza se mantenga con la segunda mayoría relativa en la elección presidencial de noviembre.

 

Es improbable que Longueira logre en 60 días recuperar la ventaja que le lleva Allamand. Además de tener más rechazo que Allamand, Longueira depende de la máquina de movilizar votos UDI.  En Chile, hay más simpatizantes de RN que de la UDI.  Además, el apoyo a la UDI es en sectores populares, que tienden a votar menos cuando la votación no es obligatoria. Movilizar electores sale caro. La candidatura de Longueira despierta dudas en el sector empresarial.  Aunque es un candidato que no pasa inadvertido, Longueira también es un político impredecible. Es cierto que entusiasma a las bases UDI, pero la única forma de ganar en junio es que salga poca gente a votar y así se imponga la capacidad de movilización de la UDI.  Las máquinas movilizan decenas de miles, no cientos de miles.  Si sale mucha gente el 30 de junio, es difícil que Longueira supere a Allamand.  Pero como es aún más difícil que cualquiera de ellos le gane a Bachelet en noviembre, Longueira prefiere arriesgar perder ante Allamand el 30 de junio, pero asegurándose que la Alianza mantenga su poder de veto en el Congreso y que la UDI siga siendo el partido dominante en la Alianza.

 

Es lamentable el portazo que dieron las coaliciones a la democracia la noche del 1 de mayo. Pero no fue ni impredecible ni difícil de entender.  Pese a los discursos a favor de la participación y de la profundización de la democracia, los partidos demostraron con su actitud que le tienen miedo a la democracia. Mientras políticos de izquierda que celebran las marchas e idealizan a los movimientos sociales se negaron a permitir que la gente decida quiénes serán los candidatos, políticos de derecha desempolvan el principio de la democracia protegida y de los acuerdos partidistas como su propuesta para un país que cambió y que quiere acceder a ese poder que hoy sigue secuestrado por la elite partidista.