Costos y oportunidades de los debates

Patricio Navia

La Tercera, febrero 23, 2013

 

La polémica sobre la realización de debates presidenciales en la Alianza desnuda los temores de cada aspirante y transparenta las expectativas que tienen Andrés Allamand y Laurence Golborne sobre las fortalezas y debilidades de sus candidaturas.  Como en toda batalla, la victoria será del que aproveche bien sus ventajas y anule efectivamente las fortalezas de su adversario.

 

Como suele ocurrir, el candidato que lleva ventaja en las encuestas rehúye los debates porque arriesga más de lo que puede ganar. Para Golborne, esa estrategia es conveniente ahora pero costosa si logra la nominación aliancista. Las mismas evasivas que ahora usa Golborne serán utilizadas por Bachelet cuando el abanderado aliancista la desafíe a debates después del 30 de junio. Acusar al rival de nerviosismo e insistir en lugares comunes como “yo debato con la gente” so un cheque a fecha que el candidato de la Alianza tendrá problemas para cubrir cuando enfrente a la que hoy aparece como la candidata con la primera opción de llegar a La Moneda.

 

El candidato que demanda debates debe ser cuidadoso con las expectativas que genera.  Cuando el que va segundo es el político más experimentado, las expectativas inevitablemente le juegan en contra. Basta con que el emplazado tenga un desempeño digno para que aparezca como ganador en el debate. Al exigirlos con tanto ahínco, Allamand eleva en exceso las expectativas sobre los efectos que tendrán los debates.  Es cierto que, porque necesita acortar la distancia que ahora le lleva Golborne, Allamand debe mover piezas y hacer ruido. Pero no debiera alimentar en exceso las expectativas sobre la importancia de los debates.

 

En número de debates, menos es más.  Algunos candidatos equivocadamente creen que mientras más debates haya, más oportunidades tendrán para acortar distancia con sus rivales.  Pero la opinión pública tiene tiempo y atención limitados. Si se realizan muchos debates—o se llevan a cabo demasiado antes de una elección—su resonancia y efecto será mucho menor. En un país altamente centralizado, realizar debates regionales parece una buena idea.  Pero los temas presidenciales son más bien nacionales.  En un debate regional se discuten demandas y preocupaciones locales, pero los chilenos del norte, centro y sur comparten preocupaciones por la calidad de la educación, la salud, la previsión, la protección del consumidor, el empleo y la inflación. Al circunscribir los debates a un calendario regionalizado, los candidatos equivocadamente creen que tendrán más llegada a la gente. Es mejor tener pocos debates con mucha llegada que muchos debates que terminen aburriendo a la opinión pública.

 

Finalmente, el momento de los debates importa. A sabiendas que tendrá que aceptar debates, el candidato que lleva la delantera debiera pedir hacerlos lo antes posible, cuando haya menos gente poniendo atención. Un error del candidato favorito importa mucho menos cuatro meses antes de una elección que tres semanas antes, cuando los indecisos están por fin poniendo atención al proceso y ponderan por cuál candidato votar.

 

Como necesita acortar distancia con su adversario, Allamand ha pedido públicamente debates. Si lee bien el tablero del ajedrez político, Golborne debiera aceptar el desafío de muchos debates regionales, a realizarse todos varios meses antes de que los chilenos consideren seriamente si participarán en las primarias de la Alianza y a qué candidato apoyarán.