La hojarasca de 2012

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 31, 2012

 

Parafraseando una polémica frase del Presidente Lagos, cuando el viento de la historia se lleve la hojarasca, el 2012 será recordado como un muy buen año para Chile.  Aunque los chilenos de hoy no aparezcan muy entusiasmados con el desempeño del Presidente Piñera, los chilenos del futuro tendrán una visión más favorable del legado construido en el primer gobierno derechista democráticamente electo después de la dictadura militar.

 

A diferencia de otros gobiernos que confunden los planes de largo plazo con movimientos tácticos, la administración Piñera puso tanto énfasis en reformas que tendrán efectos profundos en la sociedad que a menudo cometió infantiles errores de corto plazo. Por estar mirando al horizonte y centrándose en diseñar reformas que faciliten el progreso de Chile en las próximas décadas, el gobierno tropezó repetidamente con las mismas piedras. Desde las improvisadas y a menudo desafortunadas declaraciones del propio Presidente hasta los conflictos políticos inevitables entre los dos partidos de gobierno, las polémicas que han marcado este cuatrienio han sido más sobre cuestiones coyunturales que sobre los efectos perjudiciales de políticas públicas mal diseñadas o pobremente implementadas.  Aunque abunden las piñericosas, este gobierno no cargará con ningún Transantiago en su hoja de vida.

 

Al confidenciar, “si tengo que elegir entre hacer un buen gobierno para mejorar la vida de todos y entregar la banda a alguien que continúe la obra y la proyecte, me quedo con lo primero”, el Presidente Piñera confirma que le interesan más los libros de historia—o su propia posibilidad de volver en 2017—que la foto del cambio de mando del 11 de marzo de 2014. 

 

Algunos advierten que si no muestra suficiente interés en contribuir a la victoria de su coalición, el Presidente apurará el síndrome del pato cojo. Además, facilitará la inevitable transición de los candidatos oficialistas a la trinchera donde se granjea el apoyo popular a costa de críticas al gobierno. Pero cuando el gobierno es impopular, los candidatos oficialistas siempre terminan dirigiendo sus críticas hacia el presidente saliente. Por eso, Piñera no tendrá mucho espacio para convertirse en un aporte a las posibilidades de victoria del candidato oficialista en 2013.  Su mejor apuesta hoy es construir un legado que sea rescatado por la historia—menos proclive a leer encuestas de aprobación y más inclinada a evaluar los resultados de largo plazo—y, si los vaivenes de la política le sonríen, por el propio electorado cuando se acerquen las presidenciales de 2017.

 

Al iniciar su periodo, el Presidente Piñera erró al alimentar desmedidamente las expectativas. Combinado con errores no forzados, el divorcio entre expectativas y concreciones de corto plazo terminó por pasarle la cuenta, pese a que las cifras económicas muestran una realidad mucho más optimista que las caras de frustración que abundan en el gobierno.  Las propias encuestas que muestran rechazo al desempeño del Presidente reflejan también optimismo sobre el futuro y convicción de que Chile avanza por el sendero correcto.  Pese a que muchos temen que Piñera sea solo un paréntesis entre dos gobiernos de Bachelet, al centrarse en el largo plazo y promover reformas que mejoren la eficiencia y la gestión, el Presidente Piñera bien pudiera terminar construyendo un legado que convierta a su gobierno en un éxito paréntesis entre dos populares—pero discretas—administraciones concertacionistas.