Educación: ¿Quién ofrece más?

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 24, 2012

 

Las protestas estudiantiles sorprendieron a la clase política en 2011 y la débil movilización estudiantil de 2012 decepcionó a los que profetizaban el fin del modelo. La importancia de la educación en 2013 sorprenderá a los candidatos que no ofrezcan respuestas creíbles a las demandas por “educación de calidad” y decepcionará a los que creen que prometiendo “educación gratuita” para todos podrán beneficiarse de la marejada electoral que hará de esta materia su principal preocupación.

 

En 2005, Bachelet ganó con la promesa de una red de protección social que se materializaría en una reforma de pensiones. En 2013, el ganador será el que mejor articule una promesa de acceso a la educación que contenga tres elementos: gratuidad, calidad y acceso igualitario. En 2006, Bachelet convenció a los electores claves, los mayores de 55 años. Las llaves de La Moneda la tienen hoy los electores para quienes la educación es prioridad uno. Ya sea porque ellos mismos la necesitan para competir en el mercado laboral o porque quieren mejores oportunidades para sus hijos, el votante decisivo en 2013 pondrá más atención a lo que se diga sobre educación que a cualquier otra promesa o atributo personal.

 

Con un padrón electoral más joven y voto voluntario, los candidatos buscarán el apoyo de los nuevos electores. Como la Concertación cuenta con una base electoral más sólida que la Alianza, pero que a su vez las personas de más ingresos tienden a votar más (especialmente cuando las elecciones importan más) y apoyan más a la derecha, nadie puede darse a priori por ganador si la participación es nuevamente baja. De ahí que los electores que nunca antes votaron -más de cuatro millones de personas, casi todas menores de 35 años- serán los electores decisivos.

 

En tanto los más jóvenes tienen más educación y son más desconfiados, las promesas de educación gratuita serán recibidas con sospecha. La gente sabe que los candidatos prometen cosas que no pueden cumplir. Por eso, los electores mirarán la letra chica. Los que prometan educación gratuita deberán respaldar sus ofertas con responsabilidad fiscal y mecanismos de aseguramiento de la calidad. A su vez, los presidenciables que enarbolen banderas de responsabilidad fiscal deberán tener respuestas a la demanda de educación gratuita para todos.

 

Los que prometan educación de calidad deberán demostrar voluntad para fiscalizar a los privados. Si es percibido como cercano al empresariado, la gente sospechará que el candidato está más preocupado de velar por los intereses de sostenedores y dueños de universidades que por los derechos de los estudiantes. Si ofrece respuestas demasiado economicistas, la gente pensará que el candidato entiende a la educación como un bien de consumo.

 

Los candidatos que olviden dar respuestas a la demanda por acceso igualitario a la educación serán también castigados. No basta con que la educación sea gratuita y que la calidad mejore, si los candidatos no ofrecen respuestas a la segregación por ingreso de los padres que existe la educación, la gente los considerará como parte del problema más que como parte de la solución.

 

Sólo una propuesta que avance hacia la gratuidad (restringiendo el lucro, bajando costos y aumentando becas y préstamos), mejore la calidad y reduzca la segregación atraerá la atención de aquellos que, sabiendo que no hay nada gratis en la vida, aspiran a que todos tengan igual acceso a una educación de la misma calidad que la de los hijos de los candidatos presidenciales.