El voto voluntario y su influencia en las campañas

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 24, 2012

 

LOS CAMBIOS en las reglas del juego en el fútbol hacen que los equipos cambien de estrategia, pero no transforman a los malos equipos en ganadores. De igual forma, la adopción de la inscripción automática y el voto voluntario inducirá cambios en las estrategias de los partidos políticos, pero no alterará las preferencias electorales de los chilenos ni sus preferencias por opciones moderadas.

 

Al aumentar de 8.5 millones de personas formalmente obligadas a votar a 13.5 millones para quienes es opcional hacerlo, el sistema electoral ha introducido una cuota de incertidumbre adicional a las elecciones. Nadie sabe a ciencia cierta cuánta gente saldrá a votar en las próximas presidenciales. Podemos anticipar que la participación será mayor si la gente percibe que hay más cosas en juego y si hay más candidatos competitivos. Pero a diferencia de las 345 contiendas municipales que tenían sus propias dinámicas, en 2013 habrá sólo una contienda presidencial a nivel nacional. Si en 2012 los votantes de Las Condes, Pudahuel o Viña del Mar tenían menos incentivos para votar que los de Maipú o Valparaíso, por la poca incertidumbre que había sobre los resultados de la elección comunal, en 2013 la incertidumbre será la misma en todo el país. Se hará evidente lo que normalmente ocurre en países con votos voluntarios: participación más alta entre las personas de más edad, de más ingresos y de comunas más pequeñas (rurales).

 

Cuando votar es opcional, los partidos deben rediseñar sus estrategias. Ya no basta con convencer a los electores a apoyar a un candidato. Hay que trabajar tanto para que las personas ideológicamente afines salgan a votar como para que los ideológicamente distantes se queden en casa.   En  Estados  Unidos, las campañas negativas -que abundan en televisión, ya que allá los partidos sí pueden comprar tiempo de comerciales- se centran fundamentalmente en ahuyentar votantes. Los partidos aspiran a ganar con su votación dura. En las recientes municipales, la Concertación demostró tener más voto duro que la Alianza.  Pero nada asegura que las dinámicas que se observaron en las municipales se repitan en las presidenciales. Después de todo, así como la gente no le presta igual atención a la final del torneo nacional que a la final del mundial de fútbol, resulta erróneo suponer que porque en 2012 participó muy poca gente, en 2013 volveremos a tener una alta abstención.

 

Con voto voluntario, los incentivos para las campañas cambian. Aquellos políticos que antes regalaban cosas para ganarse el apoyo de la gente ahora bien pudieran realizar regalos a cambio de que votantes no afines se abstengan. Si antes los esfuerzos se centraban en convencer votantes, ahora los candidatos deberán dedicarse también a asegurarse de que sus votantes afines participen.  El acarreo se convertirá en un ítem de campaña importante (cuyo efecto por cierto puede ser minimizado si se establece transporte público gratuito el día de la elección).  Ahora que el voto es voluntario, la disciplina de los militantes y simpatizantes valdrá mucho más.  Los partidos con apoyos más blandos deberán invertir recursos adicionales en movilizar votantes. Los candidatos independientes tendrán una tarea cuesta arriba, porque no contarán con la base disciplinada de militantes que ayude a llevar gente a los locales de votación.

 

Pero aunque el cambio en las reglas del juego induzca cambios en el comportamiento y en las estrategias de los candidatos y de los partidos, los patrones de preferencias políticas de los chilenos no cambiarán. Las encuestas -las buenas y las no tanto- han mostrado sistemáticamente que las preferencias de los chilenos son estables. Aunque sólo un 30% de los chilenos se identifica con partidos políticos, un 69% se identificó en la escala ideológica izquierda-derecha en la última CEP. Cuatro de cada diez chilenos se ubica en posiciones moderadas.  Luego, la única posibilidad de ganar que tienen los partidos de los extremos del espectro político es si hay poca participación. Porque siempre aquellos en los extremos están más predispuestos a votar, sólo una participación suficientemente alta permite que la voz mayoritaria de los moderados se imponga.

 

Como ocurre con cualquier cambio en las reglas del juego, los participantes tienen incentivos distintos y por lo tanto deben ajustar sus estrategias. Algunos cambios en las reglas producen consecuencias no anticipadas (como la polarización del electorado cuando se implementa el voto voluntario). Pero aunque las reglas cambien, las preferencias de la gente se mantienen.  En un país donde predominan los moderados y las promesas de cambio gradual son mejor recibidas que las propuestas de transformaciones radicales, parece exagerado presagiar cambios copernicanos o anticipar “un antes y un después”. Las reglas del juego cambian, pero las preferencias de la opinión pública y la calidad de los jugadores se mantienen.