Legislar para debilitar la democracia

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 16, 2012

 

La reciente votación de la Cámara de Diputados para limitar el número de períodos que puede ser reelecto un legislador hará más daño que bien a la democracia chilena. Cuando la limosna es mucha, hasta el santo desconfía. Amerita sospechar de las motivaciones de los diputados para impulsar una reforma que supuestamente les restringe el poder. Las dudas crecen toda vez que el Congreso se resiste a legislar varias otras reformas que de verdad mejorarían más la capacidad de la gente para exigir rendición de cuentas a sus legisladores.

 

Un parlamentario que no puede buscar la reelección no tiene ningún incentivo para volver a su distrito o para preocuparse de representar adecuadamente a sus electores. Como toda persona que busca su próxima pega, estará más preocupado de rendir cuentas al partido que puede nominarlo para su siguiente trabajo o a algún grupo de interés que necesite favores hoy y esté dispuesto a retribuirlos en el futuro con un contrato de asesoría.

 

En los países donde existen límites a la reelección, los legisladores se deben a sus partidos, como en México o Costa Rica. En Estados Unidos, donde varios estados han establecido límites a la reelección, hay sillas musicales donde los mismos nombres rotan en distintos puestos y pasan de ser funcionarios públicos a lobistas de grupos de interés.

 

Pese a la evidencia que se acumula en otros países que adoptaron límites a la reelección, varios voluntaristas creen que la dinámica en Chile será diferente. Pero la evidencia internacional demuestra que al limitar los períodos, empeora la calidad de la democracia. 

 

La tesis de los diputados eternos es más mito que realidad. Desde 1993, los patrones de re-elección en la Cámara Baja se han mantenido. Dos de cada tres diputados buscan la reelección. Cuatro de cada cinco de ellos lo logran. En cada período legislativo tenemos un promedio de 46 diputados nuevos y de 76 diputados que regresan. Cada cuatro años se renueva un tercio de la Cámara Baja. De los 120 diputados hoy, hay sólo 24 electos antes de 2001. Sólo ocho de los 120 diputados actuales fueron electos en 1989. De hecho, el promedio de permanencia de todos los diputados electos desde 1989 es de 2,4 períodos.

 

Hay medidas más necesarias para mejorar la rendición de cuentas en el Congreso. El sistema electoral debe ser más competitivo. Las primarias obligatorias al interior de las coaliciones inducirían a más disciplina de partido y reducirían el número de partidos. Un mejor sistema de financiamiento a las campañas y a los partidos que entregue un subsidio adicional a los desafiantes -e incluso a grupos subrepresentados, como mujeres y jóvenes- también ayudaría a una mayor renovación y obligaría a los legisladores a esforzarse más para que sus electores les renueven sus contratos. Un organismo independiente que evalúe metódica y objetivamente el desempeño de los legisladores ayudará a los electores a saber mejor a quién premiar y a quién castigar en las elecciones.

 

Pero una reforma diseñada para que ambiciosos diputados puedan ver liberados los escaños del Senado a los que aspiran no parece ser el mejor mecanismo para dotar de más legitimidad al Congreso.

 

Tampoco ayudará a mejorar la rendición de cuentas ante la ciudadanía. Es más, toda la evidencia indica que si se adopta esta reforma, el Congreso habrá contribuido a empeorar la calidad de la democracia.