Asamblea constituyente

Patricio Navia

La Tercera, septiembre 10, 2012

 

Las asambleas constituyentes son como las operaciones a corazón abierto.  Peligrosas, aunque a veces necesarias e incluso inevitables. Los costos son altos y nadie puede garantizar que el resultado produzca una mejoría en el paciente. Resulta irresponsable desconocer la necesidad de actualizar la constitución para hacerse cargo de la cambiante realidad de Chile. Pero es también imprudente pedir asamblea constituyente cuando basta con un cambio en la dieta del paciente para evitar un futuro ataque cardiaco. Es precipitado meter bisturí a un paciente que puede mejorar con un cambio en su estilo de vida.  No hay necesidad de esperar hasta que el paciente termine en la sala de urgencia. Resulta más apropiado corregir gradual y pragmáticamente las falencias pendientes de la constitución.

 

Después que en septiembre de 2005, el Presidente Lagos le puso su firma a la constitución de 1980, declaró que la Constitución “ya no nos divide, sino que es un piso institucional compartido” y que “no es más un dique en la vida nacional”. La entonces candidata Michelle Bachelet, dijo que ahora solo faltaba cambiar el binominal. Parecía que se acaba el debate constitucional. Incluso desde La Moneda hablaron de una “nueva constitución.”

 

Pero eliminar enclaves autoritarios y borrar el nombre de Pinochet de la carta fundamental no bastaban para terminar con su origen ilegítimo, su espíritu autoritario y sus altos quórums para futuras reformas. Ahora bien, ninguno de esos tres elementos es suficiente para justificar una asamblea constituyente. Muchas constituciones ilegítimas en su origen se legitiman en su ejercicio. El espíritu autoritario puede devenir en espíritu democrático con reformas que permitan a la gente apropiarse de sus derechos y responsabilidades. Los quórums pueden ser modificados. Pero esto requiere una clase política que se entienda como representante del pueblo soberano y no como fideicomisaria de un legado autoritario y excluyente.

 

Hoy, el debate vuelve a dividir a la clase política. Mientras la Alianza se disciplina en la defensa de la constitución, la Concertación y la oposición aparecen divididas. Diputados y senadores de izquierda—e incluso precandidatos presidenciales—discuten los mecanismos para la convocatoria de una asamblea constituyente. El senador Escalona dijo que hablar de asamblea constituyente era “fumar opio”. El senador Ignacio Walker advierte con el cuco de la constituyente para lograr reformas constitucionales ahora. Para algunos, bastaría con eliminar el binominal—aunque no haya acuerdo sobre su reemplazo—para ahuyentar el fantasma de la constituyente.  Si además se aprobara la elección directa de CORES e incluso intendentes, el exorcismo constituyente sería completo.

 

Como un paciente con problemas de salud, Chile enfrenta dos diagnósticos opuestos.  Están los que creen que no pasa nada y los que advierten el inminente debacle. Una lectura más correcta reconoce la existencia de problemas—algunos arrastrados, otros resultados de nuestro éxito en reducción de pobreza y en crecimiento de la clase media. Sin descartar ninguna opción, pero también sin minimizar el problema, un buen plan debiera partir inmediatamente con las reformas más abordables—como el sistema electoral y la elección directa de intendentes en noviembre de 2013. Porque la salud del paciente está en juego, no debiéramos oír ni a los médicos ansiosos de aplicar el bisturí ni a los que creen que los problemas se solucionan solos.