Repartirse la piñata antes que llegue la cumpleañera

Patricio Navia

La Tercera,  septiembre 2,  2012

 

En la Concertación reina el entusiasmo respecto de sus posibilidades de volver al poder de la mano de la popular ex Presidenta Michelle Bachelet. Las expectativas de victoria son tan altas que muchos incluso se han empezado a repartir los puestos en el Estado sin tener aún certeza de que Bachelet será candidata. La creencia predominante es que los candidatos alternativos en la Concertación son irrelevantes obstáculos y que, de celebrarse, las primarias serán un rito más que una contienda que permita a la gente dirimir entre diversos candidatos que presenten y debatan sus propuestas. Como a la vez las voces derrotistas se multiplican en la Alianza, en la Concertación se han comenzado a repartir la piñata antes de que llegue la cumpleañera.

 

El entusiasmo concertacionista es tan injustificado como el desánimo aliancista. Bachelet es más que la Concertación. Pero ser la candidata de la Concertación inevitablemente la obligará a inmiscuirse en las discrepancias ideológicas y tácticas que abundan en la coalición. Además, al aterrizar en Chile se contaminará de la creciente desconfianza en las instituciones y líderes que reina en el país. Aunque la Concertación espera ser rescatada del pozo de desprestigio en que se encuentra, es más probable que el paracaídas de Bachelet la lleve directamente al mismo incómodo lugar en que se encuentra toda la clase política.

 

Varios líderes de la Alianza han reconocido su desánimo por lo que creen será una campaña cuesta arriba en 2013. Aunque comprensiblemente se esmere en demorar el inevitable declive hacia la irrelevancia que sufren los presidentes cuando se desata la carrera por la sucesión, los errores cometidos por el gobierno actual parecen solo apurar el inicio de esa carrera. Varios en la Alianza están más preocupados de quién será el próximo candidato que de construir el legado de este gobierno, que será la base sobre la que se monte la próxima campaña.

 

En Chile, al menos desde 1999, las elecciones presidenciales son apretadas y competitivas. Aunque siempre alguien parta con ventaja, la victoria final depende de aciertos y errores en la campaña. Por eso, la confianza excesiva hace daño y el desánimo tempranero es incomprensible.

 

La elección de 2013, igual que las anteriores, se decidirá sobre el eje pasado versus futuro. Han aumentado las expectativas de los que no se han beneficiado aún con los frutos del desarrollo. La paciencia se agota y la ansiedad se hace evidente. Aquellos que prometan -creíblemente-mejor distribución de los beneficios del progreso ganarán la partida. Los que sean percibidos como más preocupados de su propio beneficio o de pelearse con los del frente atraerán menos apoyo que los que muestren el camino -la tierra prometida- del progreso, del consumo y de las oportunidades para el desarrollo personal, fundado en la diversidad y la tolerancia.

 

La Concertación deberá contrarrestar la percepción de que representa el pasado más que el futuro. Si Bachelet es candidata, la tarea será aun mayor. La Alianza deberá reconstruir un discurso de oportunidades y eficiencia. Pero en política, los desafíos siempre están acompañados de oportunidades. La carrera de 2013 no está ganada. Es más, precisamente porque en la Concertación empieza a prevalecer la percepción de que es carrera corrida, la Alianza tiene una inmejorable oportunidad para repetir la vieja fábula en que la lenta, pero metódica y disciplinada tortuga le termina por ganar la carrera a la rápida, pero indolente liebre.