Temor a empresarios, temor a estudiantes

Patricio Navia

La Tercera, agosto 19, 2012

 

Todo gobierno tiene sus propios fantasmas. La historia de la derecha chilena ha convertido a los movimientos sociales, y a los estudiantes en particular, en obstáculo para que la administración del Presidente Piñera impulse su agenda de reformas y materialice sus promesas de campaña.

 

Cuando recién llegó al poder, la Concertación tuvo un trato especialmente cuidadoso hacia los militares y la clase empresarial. La amenaza de una regresión autoritaria hacía comprensible una actitud cuidadosa hacia Pinochet. Pero los gobiernos concertacionistas también se esmeraron en evitar confrontaciones con el mundo empresarial. A menudo se alude a los enclaves autoritarios en la Constitución, pero durante sus dos primeros años, el gobierno de Lagos tuvo mayoría en ambas cámaras. Lo mismo Bachelet. La incapacidad para impulsar algunas reformas se debió más a los frenos autoimpuestos que a la capacidad obstaculizadora de la Alianza.

 

En el poder, la Alianza ha evidenciado sus propias trancas y temores. Los movimientos sociales han ejercido una presión sobre el gobierno que jamás soñaron durante los gobiernos que les eran ideológicamente más afines. Parte del problema fue que el propio gobierno alimentó expectativas. La frase de Piñera “en 20 días siento que hemos avanzado más que otros, tal vez, en 20 años” fue autodestructiva. También fue un error que, a menos de seis meses en el cargo, el Presidente cediera ante una marcha y, debilitando la institucionalidad, interviniera contra un proyecto termoeléctrico.

 

Pero los fantasmas de la represión y violaciones a los derechos humanos han sido los principales responsables de que el gobierno, arrinconado por los movimientos sociales, esté confundido entre imponer la legitimidad democrática para impulsar su agenda y ceder a las presiones de los movimientos sociales.

 

Todo gobierno debe ajustar su agenda a la realidad cambiante del país. Si bien la voz de los votos debe ser más fuerte, sería iluso desconocer las protestas. Pero parece incomprensible que el gobierno muestre tanta indecisión e inseguridad cuando debe optar entre ceder a las presiones o hacer uso de la fuerza, obligación de todo gobierno democrático para resguardar el orden público y proteger los derechos de las minorías. Así como la Concertación temía ser asociada con el discurso anticapitalista de la Unidad Popular, la Alianza teme ser asociada con los traumáticos recuerdos de la dictadura.

 

Tanto la Concertación con los empresarios como la Alianza con los movimientos sociales cometieron errores e hicieron injustas concesiones a grupos de presión. En su defensa, no debemos olvidar que buscar acuerdos y soluciones moderadas es mejor que polarizar conflictos. Aunque los fantasmas del intervencionismo estatal perseguían a la Concertación, así como el fantasma de las violaciones a los derechos humanos persigue a la Alianza, enfrentar problemas desde el pragmatismo y la gradualidad explica el decidido avance de Chile en consolidación democrática y desarrollo económico.

 

Pero ya que el avance en inclusión social ha sido suficiente, se precisa un gobierno libre de fantasmas del pasado para construir los puentes que nos separan de la tierra prometida de la igualdad de oportunidades. Mientras no se libere de sus propios miedos y asuma en propiedad los derechos y obligaciones que implica poseer el legítimo derecho al uso de la fuerza, el primer gobierno de derecha en Chile seguirá siendo esclavo de los pecados cometidos por la dictadura militar.