Salen las marchas, entran los votos

Patricio Navia

La Tercera, agosto 13, 2012

 

En democracia, los votos pesan más que cualquier marcha. Después de más de un año en que la política se hizo en la calle y la fuerza de los argumentos se midió por el número de manifestantes, las elecciones del 28 de octubre harán que los votos retomen su lugar preponderante en democracia.  El día de la elección, la voz de los votos despejará cualquier duda sobre la dirección en la que quiere avanzar el país. Aquellos que se atribuyen la representación de la voluntad popular deberán ser capaces de movilizar votantes porque el peso de los votos se hará oír más fuerte que cualquier cacerolazo.

 

Las marchas ciudadanas se popularizaron desde fines de agosto de 2010, cuando el Presidente Piñera—en medio de la alegría producto del contacto con los 33 mineros—accedió a la presión de una marcha e intercedió para frenar la construcción de la central termoeléctrica Barrancones. De poco sirvió que la multinacional haya cumplido con los trámites y requisitos para iniciar el proyecto.  La intervención del Presidente, además de debilitar la institucionalidad, dejó en claro que las disputas políticas se zanjaban en las calles.  El que sacaba más gente a las marchas podía avanzar con más éxito su agenda, independiente de los méritos de sus alegatos.

 

La proliferación de marchas y la inverificable aseveración de que la voz de la calle es la voz del pueblo cambió radicalmente la agenda política. El movimiento estudiantil convirtió el debate sobre el lucro en primera prioridad y el gobierno alteró sus prioridades. Un año después,  el gobierno impulsa hoy una reforma tributaria que busca generar más recursos para financiar una reforma educacional.

 

Sus defensores y simpatizantes insisten en que las marchas y los movimientos sociales representan a una ciudadanía activa, politizada y comprometida.  Un análisis menos militante lleva a cuestionar los efectos de las marchas sobre principios básicos de la democracia, como la igualdad y la representación. Los estudiantes tienen tiempo y capacidad para marchar.  Lamentable, los habitantes de zonas rurales, los enfermos graves o los padres de infantes  sin acceso a jardines infantiles no poseen las mismas herramientas para ejercer presión a favor de sus legítimas demandas. Cuando votamos, todos somos iguales.  Pero cuando marchamos—hacemos lobbying o ejercemos presión por otros medios—se impone la desigualdad. Nada más desigual que tomar decisiones políticas a partir de cuanta gente participa en una marcha. Nada más igualitario que una elección donde el voto de cada persona—empresario o estudiante, rico o pobre, líder universitario o joven trabajador de un call center—vale lo mismo.  Además, las marchas también confunden el principio de representación. Por más desprestigiados que estén, los legisladores llegaron a sus puestos con votos de personas. Los líderes de las marchas no tienen la misma representación democrática.

 

Cuando hay elecciones, el ruido de las marchas se diluye e importa mucho más la voluntad popular expresada en votos. De poco sirve hoy juntar 500 mil personas en una marcha o tomarse 10 liceos si en unas semanas se es incapaz de ganar una elección. A menos que validen sus peticiones con el apoyo mayoritario de la ciudadanía, el movimiento estudiantil—y otros movimientos sociales—serán los grandes derrotados en las próximas elecciones municipalidades.