¿Méritos ante Bachelet o ante la gente?

Patricio Navia

La Tercera, julio 15, 2012

 

Son repetidas las advertencias de líderes concertacionistas de que la unidad y disciplina en la coalición son condiciones necesarias para que Bachelet acepte ser la candidata de la coalición en 2013. La Concertación precisa hacer mérito y recuperar confianza. Pero para que rindan fruto, esos esfuerzos deben hacerse para convencer al electorado y no para satisfacer supuestas exigencias de una candidata, por más popular que sea.

 

Varios jerarcas concertacionistas perecen convencidos de que su única posibilidad de volver al poder es con Bachelet como candidata. Los esfuerzos de Andrés Velasco, Claudio Orrego, Ximena Rincón y José Gómez por renovar rostros e ideas en el conglomerado se enfrentan a la resistencia de los poderes fácticos concertacionistas. La vieja guardia ve en el retorno de Bachelet la mejor opción para recuperar el poder perdido en 2009. Por eso—usando la vieja estrategia de yo o el caos—los líderes socialistas Andrade y Escalona han advertido que si la Concertación no se porta bien y no hace las cosas que la doctora necesita, Bachelet pudiera desistir de su candidatura.

 

Este razonamiento refleja dos problemas. Primero, supone que la popularidad de Bachelet hoy es garantía de intención de voto en 2013. Durante el sexenio de Lagos, muchos en la Alianza equivocadamente creyeron que la popularidad de Lavín era evidencia de la inevitabilidad de una victoria derechista en 2005. Hoy, algunos líderes partidistas de la Concertación cometen el mismo error. Precisamente porque el retorno de Bachelet anticipa que los impopulares líderes concertacionistas volverán a repetirse el plato, la actual simpatía por una candidatura de la ex presidenta puede devenir en rechazo a la candidatura concertacionista de Bachelet.

 

El segundo problema es que el razonamiento de la vieja guardia concertacionista confunde las prioridades. La Concertación está fuera del poder porque decepcionó a una mayoría de los votantes. Si se convierte en la abandera concertacionista, Bachelet heredará ese pasivo. Equivocadamente, algunos creen que la deuda impaga puede ser escondida bajo las faldas de la ex presidenta. Pero bien pudiera ser que esa estrategia contamine a Bachelet con el déficit de confianza y credibilidad concertacionista. Parece improbable que el retorno de la ex presidenta haga que la gente milagrosamente olvide las cuentas pendientes de la coalición de centro izquierda.

 

Precisamente debido a su alta aprobación, Bachelet puede inducir a su coalición a poner el foco en el objetivo correcto, la recuperación de la confianza de la gente. Si ella impulsa una renovación de rostros y actualización de propuestas, los resultados serán positivos. Pero dado que los principales promotores de su candidatura son los jerarcas más desacreditados de la Concertación y los rostros más asociados con las malas prácticas que gatillaron la derrota de 2009, será difícil para Bachelet constituirse en candidata de la renovación. Peor aún, los promotores del cambio en la Concertación ya van inevitablemente van encaminados a enfrentarse a Bachelet, fortaleciendo la percepción de que ella es la candidata de la continuidad.

 

Mientras Bachelet mantenga el silencio, la Concertación persistirá en su equivocada estrategia de querer hacer méritos ante ella. Peor aún, mientras más se demore en volver, más difícil será que la Concertación entienda que la victoria en la próxima elección será del que convenza a la gente, no del que convenza a Bachelet.