Carreras presidenciales: Detener la primavera

Patricio Navia

La Tercera, mayo 2, 2012

 

Algunos en el gobierno parecen abocados a retrasar el inicio de la carrera presidencial. Pero las carreras presidenciales son como las estaciones del año: inevitables. Es mejor aceptar la realidad y sacarle el mayor provecho posible. Hasta que los presidenciables dejen el gabinete, no habrá mejor inductor de unidad en torno al gobierno saliente que la carrera por convertirse en el abanderado oficial.

 

Por errores y aciertos propios, por las vicisitudes de la economía, por las estrategias -afortunadas o equivocadas- de la oposición y porque la hoja de ruta siempre se topa con imprevistos, los tiempos de cada gobierno son diferentes. Algunos tardan más en instalarse. Otros cometen menos errores. Pero ninguno puede revertir el paso del tiempo. Más que intentar retrasar el comienzo del fin, los gobiernos debieran aprovechar el inicio de sus fases declinantes.

 

El mejor predictor del inicio de una carrera presidencial es la aprobación presidencial. Cuando los niveles de aceptación son bajos, la carrera por la sucesión se inicia antes. Pero ya que la aprobación presidencial es resultado del desempeño anterior, las estrategias no pueden soñar con el hipotético caso de una mejora en la aprobación. Es más, cuando un presidente tiene personalidad fuerte e ideas claras, resulta difícil que se produzcan los cambios de comportamiento que los asesores identifican como condición para mejorar la aprobación. Parece razonable anticipar que el Presidente Piñera tendrá niveles de aprobación inferiores a los óptimos en lo que queda del período. Luego, se hace inevitable el inicio de la carrera presidencial.

 

Los mandatarios hábiles logran que la carrera se produzca al interior del gobierno, creando así la oportunidad de que esa energía funcione para fortalecer al propio gobierno. Desde el retorno de la democracia, Aylwin, Frei y Bachelet no tuvieron el control de la carrera por la sucesión. En cambio, en las administraciones de Lagos y Piñera, ésta se ha dado al interior del gobierno. Eso da un poder enorme al presidente saliente para avanzar más velozmente su propia agenda.

 

No hay mejor estrategia para poner a la defensiva a la oposición que promover a candidatos presidenciables del gobierno.  Especialmente, cuando la oposición no puede concordar ni en el nombre de su abanderado ni en el mecanismo para seleccionarlo. Es más, ya que la principal obsesión de la Concertación parece ser evitar obstaculizar el fortalecimiento de sus propios aspirantes, el gobierno debiera aprovechar la coyuntura y fortalecer la imagen de los presidenciables oficialistas.

 

No se puede detener el paso del tiempo. Cuando las hojas de los árboles empiezan a caer, no se extiende el verano por decreto, por más voluntad y disciplina que tenga el gobierno. Pero sí se puede entender la aparición de candidatos presidenciales oficialistas, como la primavera y no el otoño. La proyección de la Alianza en el poder más allá de un cuatrienio depende de que haya varios nombres de presidenciables que, desde el gobierno, puedan prolongar el legado y construir futuro.  Como empresario y político, Sebastián Piñera ha sabido aprovechar coyunturas favorables para construir su carrera. Ahora que enfrenta una nueva etapa, no debiera dejarse llevar por la equívoca creencia de que puede controlar los tiempos políticos, sino que debiera hábilmente aprovechar la coyuntura para fortalecer su propio legado.