Las lecciones de la reconstrucción en Japón

Patricio Navia (desde Japón)

La Tercera, febrero 25, 2012

 

La principal diferencia entre los complejos procesos de reconstrucción en Japón y Chile radica en una decisión estratégica del gobierno japonés. Mientras la administración de Sebastián Piñera convirtió a la reconstrucción en un importante desafío de gobierno, en el Japón la reconstrucción es una cuestión de Estado.

 

Las comparaciones siempre son odiosas. A veces también resultan útiles. Comparar peras con manzanas es legítimo en tanto entendamos que ambas son frutas. Chile y Japón son países diferentes. El industrializado Japón tiene 128 millones de habitantes y un PIB per cápita de 46 mil dólares, mientras que Chile es un país en vías de desarrollo con apenas 17 millones de habitantes y un PIB per cápita de 13 mil dólares.  Con ocho veces menos población, Chile tiene el doble de territorio que Japón, por lo que los terremotos allá tienen un impacto mayor en la economía nacional. Los daños causados por los terremotos y posteriores tsunamis de Japón y Chile fueron diferentes. En Japón el desastre fue triple, con un tsunami que provocó miles de muertes y un accidente nuclear cuyos efectos durarán por años. En Chile, si bien la infraestructura salió bien parada después del terremoto, nuestra deficiente preparación ante el tsunami provocó decenas de muertes perfectamente evitables.

 

Los procesos de reconstrucción también han sido diferentes,  tanto por las características de cada país como por cuestiones de diseño e implementación.  Para que sean útiles, las comparaciones sobre la reconstrucción no debieran solo confirmar las diferencias en el desarrollo de ambos países. En reciente visita a las zonas afectadas en la prefectura de Miyagi pude ver las viviendas de emergencia. Para subrayar las diferencias con Chile, basta decir que las construcciones en Japón incluso tienen aire acondicionado. En el  estacionamiento del recinto conté decenas de automóviles de lujo. Las diferencias con las aldeas en Chile son evidentes, pero no sorpresivas. El Estado japonés tiene más capacidad para ir en socorro de las víctimas.

 

El aeropuerto de Sendai, arrasado por el tsunami,  fue restaurado en tres meses. La reparación del aeropuerto de Santiago tomó más tiempo, aunque los daños fueron menores. Pero la capacidad del Estado japonés para hacerse cargo de las urgentes necesidades de reconstrucción es superior a la que existe en Chile, por lo que eso tampoco debiera sorprender demasiado.

 

Las autoridades en Japón repetidamente me señalaron que uno de los grandes desafíos era la reconstrucción de viviendas. Resulta difícil conciliar las decisiones de seguridad del gobierno nacional con las necesidades económicas de cada área y con los deseos de los residentes de zonas inundables que no quieren ser reubicados. La reconstrucción de viviendas avanza lentamente.  Cuando le pregunté al funcionario qué porcentaje de viviendas habían sido reconstruidas, me explicó que había un plazo de tres años, que no tenía sentido evaluar, después de un año, el cumplimiento total del plan. Las cosechas maduran juntas.  Tres meses antes de la cosecha no tiene sentido andar buscando frutas maduras. 

 

 

A diferencia del debate actual en Chile sobre el nivel de cumplimiento del gobierno con las promesas realizadas en las primeras semanas de gobierno, en Japón hay menos cuestionamientos a la capacidad institucional de cumplir las metas de reconstrucción.  Claro, en Japón se prometieron menos cosas y ningún primer ministro alimentó expectativas diciendo que lo que otros no habían podido hacer en 20 años, su gobierno lo había logrado en 20 días.

 

Los niveles de confianza de los japoneses en sus instituciones son más alto que los que tenemos los chilenos en las nuestras. Cuando preguntaba a japoneses sobre el sistema de alerta, me mostraban sus teléfonos celulares, explicándome que recibían mensajes de texto segundos antes de un sismo.  El profesor Kazuki Koketsu, un sismólogo de la Universidad de Tokio, me explicó que la tecnología está disponible, pero que el Estado debe asegurarse de haya sistemas de distribución a los usuarios de teléfonos celulares.  Cuando le pregunté a un funcionario de la municipalidad de Ishinomaki sobre la alerta del tsunami, me dijo que la gente se confió demasiado. La advertencia de tsunami se emitió, pero el tsunami llegó casi 30 minutos después de lo previsto, por lo que algunas personas habían vuelto a sus casas. Además, recordándome que en su comuna murieron más de 3000 personas, me explicó que el tsunami fue más fuerte delo anticipado, por lo que penetró más adentro, alcanzando zonas que no fueron debidamente evacuadas.  Al llevarme a una escuela donde murieron 75 niños, me explicó que también hubo errores en algunos planes de evacuación y que por lo tanto se habían tomado medidas para adecuar los planes, aprendiendo de la trágica experiencia del tsunami. 

 

En Chile, la confianza en las instituciones ha caído en años recientes. La deficiente respuesta institucional—y del gobierno anterior—en las horas posteriores al terremoto de 2010 no ayudan a fortalecer la confianza en las instituciones. Este no es un problema causado por el actual gobierno—es más, el gobierno sufre las consecuencias de una ciudadanía que no confía en sus autoridades. Pero es un desafío del gobierno trabajar para que los niveles de confianza en las instituciones se parezcan a los que existen en países con los que aspiramos a competir.

 

En mis entrevistas y visitas a terreno, percibí que los japoneses ven la reconstrucción como una cuestión de Estado, no un asunto de gobierno. Algunos interlocutores incluso creían que el terremoto sería una oportunidad para que Japón realice reformas pendientes que le permitan salir del estancamiento en que ha estado por dos décadas.  El profesor Makoto Iokibe, presidente de la Academia de Defensa Nacional, me explicó que una de las razones por las que la reconstrucción era tema de país y no de gobierno fue gracias a una decisión del entonces primer ministro Naoto Kan. Aunque Japón ha tenido 6 primeros ministros desde 2006, Kan resultó ser el que más tiempo estuvo en el poder—entre junio de2010 y septiembre de 2011. Otra de las secuelas del terremoto, el desastre nuclear de Fukushima, eventualmente contribuyó a su renuncia. Pero su decisión de nombrar una comisión independiente que entregara recomendaciones para la reconstrucción permitió que ésta se convirtiera en un asunto de Estado y no solo de gobierno.  El Consejo de Diseño de la Reconstrucción entregó su informe en junio de 2011 (http://www.cas.go.jp/jp/fukkou/english/ ).   Las recomendaciones fueron luego discutidas en el parlamento japonés,  alcanzándose un acuerdo a fines de 2011. La discusión sobre la estrategia de financiamiento para la reconstrucción está en curso.  Cuando le pregunté al profesor Iokibe, que fue  presidente del Consejo, sobre sus recomendaciones, destacó que ellos pensaron en la reconstrucción, mientras el gobierno se hacía cargo de las urgencias inmediatas. Los gobiernos siempre miran mucho más el corto plazo y la próxima elección, me dijo, añadiendo que por eso fue sabio crear un consejo que pudiera mirar a más largo plazo y no estar pensando la reconstrucción con la calculadora en mano.

 

Más allá de las diferencias entre Japón y Chile, y entre sus desastres, una lección que podemos aprender de Japón es que los procesos de reconstrucción tienen que ser tareas de Estado y no políticas de gobierno. Así como Chile ha sido capaz de convertir asuntos de relaciones exteriores en cuestiones de Estado, independientes del gobierno de turno, los desafíos de la reconstrucción después de un terremoto también debieran ser asuntos de estado. Mientras sean iniciativas que definan el éxito o fracaso de un gobierno, pueden ser utilizadas políticamente por el gobierno para buscar la re-elección o por la oposición para buscar que la gente desaloje al gobierno en las próximas elecciones, haciéndonos olvidar que la reconstrucción debiera ser tarea de todos.