Mentalidad de campaña

Patricio Navia

La Tercera, febrero 20, 2012

 

Las réplicas políticas del anuncio de formalización de autoridades del gobierno anterior por su responsabilidad en la fallida respuesta institucional post terremoto de 2010 han dado inicio a la próxima campaña electoral. Ya que La Moneda busca sacar al ruedo a la ex Presidenta Bachelet, la contienda bien pudiera devenir en un concurso de popularidad entre la ex presidenta y el Presidente Piñera. Como Piñera tiene problemas de popularidad, la Alianza se verá obligada a sacar a la cancha a sus presidenciables para mejorar sus posibilidades de ganar. El modo campaña al que ha entrado la política chilena entorpecerá las negociaciones legislativas, dificultando  avances en la reforma tributaria y otros temas clave. También se verá afectado el movimiento estudiantil, que se polarizará todavía más—sobre todo ahora que algunos líderes estudiantiles buscan ser candidatos. 

 

Al aprovechar la inminente formalización de ex funcionarios de gobierno para subrayar la responsabilidad política que le cabe a la ex presidenta, La Moneda disparó los primeros fuegos. La respuesta concertacionista, poniendo el énfasis en los problemas de la reconstrucción, amenaza con convertir la campaña en un referéndum sombre qué gobierno fue mejor, el último de la Concertación o el primero de la Alianza. Los candidatos a alcalde a menudo declaran que las elecciones son sólo sobre cuestiones locales. Pero la evidencia muestra que cuando el presidente en el poder goza de popularidad, su coalición obtiene buenos resultados. Eso ocurrió en 1992, 1996 y 2004. En cambio, cuando el gobierno pasa por una situación compleja, como en 2000 o 2008, la oposición resulta beneficiada.

 

Aunque cada contienda comunal se decida por temas particulares, los resultados nacionales se leerán como una evaluación al desempeño del gobierno. Una baja respecto a su votación de 2008 será una poderosa señal de rechazo a la Alianza. Ahora que el gobierno le enrostra sus responsabilidades políticas,  aumentará la presión de los candidatos a alcaldes concertacionistas sobre Bachelet para que asuma como generalísima de la campaña.  No hay donde perderse entre una foto con Bachelet y una con Ximena Rincón, Claudio Orrego o José Antonio Gómez.  Si Bachelet entra en carrera, los presidenciables aliancistas también deberán hacerlo, forzando un cambio de gabinete que profundice el síndrome de pato cojo del Presidente Piñera.

 

Cuando la política entra en modo de campaña, resulta más difícil forjar acuerdos legislativos.  Mostrar las contradicciones del adversario se convierte en prioridad.  Pasar leyes y alcanzar acuerdos pasa a un segundo plano. Si todos están pensando en la próxima elección, nadie presta atención a la necesaria legislación.  El movimiento estudiantil también acusará el golpe. Porque los propios estudiantes quieren ampliar el ámbito de sus demandas, la naturaleza del movimiento se diluirá y politizará, llevando a los líderes a compartir los costos de ser políticos y experimentar el rechazo que siente la ciudadanía hacia la clase política.

 

Al ceder a la atractiva tentación de sacar a la pizarra a Bachelet por su responsabilidad política en el post terremoto, el gobierno de Piñera apuró el inicio de la campaña de 2012 y ahora arriesga que la contienda devenga en un referéndum sobre Bachelet y Piñera. O, en el mejor de los casos para La Moneda, en un referéndum entre los presidenciables de la Alianza y de la Concertación.