Presidentes rehenes

Patricio Navia

La Tercera, enero 16, 2011

 

Es injusta la crítica que Sebastián Piñera es un rehén de la UDI, toda vez que el principal partido de la coalición gobernante parece estar frustrando la voluntad presidencial de realizar una reforma electoral. El gremialismo efectivamente bloquea la agenda reformista del Jefe de Estado.  Pero siempre los presidentes sufren bloqueos, vetos y oposiciones de miembros de la coalición gobernante. Las críticas deben esperar hasta después de que el gobierno reaccione ante el intento de veto, en este caso de la UDI. Los buenos presidentes son aquellos que, encontrando obstáculos en el camino, negocian, lideran y maniobran para llevar sus agendas reformistas a feliz puerto. 

 

Una ironía de nuestro sistema fuertemente presidencialista es que, dada la necesidad de gobernar en coalición, la agenda personal del presidente siempre está supeditada a su capacidad de convencer a sus partidos aliados.  Los sistemas presidenciales con segunda vuelta obligan a los aspirantes a presidente a obtener apoyo mayoritario para llegar a La Moneda.  Pero el sistema electoral binominal -que permite e induce a la formación de coaliciones electorales multipartidistas- dificulta que el partido del presidente tenga mayoría en el Congreso. Aun si la coalición de gobierno alcanza mayoría             -cuestión que fue casi imposible hasta 2005 por los senadores designados y no se ha producido después porque la coalición oficialista no ha ganado, o no ha podido mantener, la mayoría en ambas cámaras-, la condición multipartidista de la coalición permite a cada partido oficialista ejercer poder de veto sobre las iniciativas del Ejecutivo.

 

En estos 22 años de democracia abundan las ocasiones en que algún partido oficialista ha frustrado acuerdos políticos promovidos por el presidente.  Durante el gobierno de Aylwin, alegando que no convenía poner en riesgo la estabilidad democrática, La Moneda evitó temas que generaban tensiones con el socialismo. Con Frei Ruiz-Tagle, el PS y PPD cerraron la puerta a un acuerdo sobre derechos humanos que impulsaba el gobierno y RN.  Con Lagos, parte de la DC obligó a modificar el proyecto de ley de divorcio, una promesa emblemática de la campaña del candidato PPD.  Con Bachelet, la izquierda -e incluso algunos ministros socialistas- bloquearon la iniciativa por flexiseguridad (flexibilidad y seguridad laboral) que impulsaba el titular de Hacienda Andrés Velasco, con la venia de Bachelet. La decisión de la UDI -o al menos de su ala más conservadora- de oponerse a una reforma al sistema electoral se enmarca en la misma lógica de ejercer el poder de veto que utilizan los partidos oficialistas.

 

La ventaja de formar coaliciones es que se construyen mayorías para gobernar. Lo malo es que el presidente no puede hacer todo lo que quiere. Nunca desde el retorno de la democracia los presidentes han tenido cheque en blanco para impulsar toda su agenda personal.  La habilidad de un presidente radica en lograr lo más posible dado los límites que ejercen sus partidos aliados. Aquellos que bajan los brazos y condicionan el avance legislativo a que los partidos se pongan de acuerdo evidencian síntomas del síndrome de Estocolmo -en que los rehenes desarrollan una relación de complicidad con sus secuestradores.  Pero aquellos que lideran reformas, empujando los límites de lo posible, y hábilmente conducen la negociación -realizando y obteniendo concesiones-, logran liberarse de sus captores y alcanzar los objetivos a los que se comprometieron formal y simbólicamente cuando eran candidatos.