La excepcionalidad argentina

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 31, 2011

 

Curiosamente, una característica común a todos los países es la percepción de que sus casos son excepcionales. Presumiblemente, al ser distintos a todos los demás, el país no experimentará los patrones de evolución social y económica que se observan en el resto del mundo. El relato del gobierno de Cristina Kirchner hace especial uso de la excepcionalidad argentina para insistir en que, a diferencia de lo que anticipan los expertos, la Argentina avanza en una dirección de crecimiento sostenido y sustentable.

 

Como también ocurre en otras ciencias como la medicina o en la astronomía, en las ciencias sociales cada caso presenta particularidades que pueden distanciar el resultado específico de lo que predice la teoría prevalente. No todos los pacientes reaccionan por igual al mismo tratamiento. No todos los sistemas solares se comportan de la misma forma. Los países no son iguales, pero algunas reglas aplican de forma bastante uniforme a todos. Si un gobierno ejerce indisciplina fiscal e incrementa indiscriminadamente el gasto público en periodos de bonanza económica, la inflación será inevitable. Si el poder se concentra en manos de una persona, la estabilidad de un sistema democrático corre riesgo. Si un movimiento social se niega a negociar con aquellos en el poder, su fuerza se termina diluyendo. El último caso aplica a Chile hoy, los dos primeros son propios de la Argentina de Cristina Kirchner.

 

Los simpatizantes del gobierno argentino usan dos argumentos para responder a los críticos que señalan que las políticas económicas expansionistas y proteccionistas, la indisciplina fiscal, las trabas a la inversión extranjera, los controles en el tipo de cambio, y el maquillaje de cifras económicas que realiza el gobierno presagian un mal futuro para Argentina.

 

El primero es el de Pedrito y el Lobo. Por varios años, algunos analistas se han equivocado al anticipar el inminente deterioro de la economía argentina. Los positivos términos de intercambio (el valor de las exportaciones supera con creces al de sus importaciones) le ha permitido al gobierno mantener un vigoroso ritmo de crecimiento. Adicionalmente, el gobierno ha podido disponer de cuantiosos recursos, primero al aumentar los impuestos a las exportaciones y después al nacionalizar el sistema privado de pensiones, para financiar el gasto público. Es verdad que se agotan las fuentes de recursos a los que echar mano, pero la Argentina de hoy no tiene las presiones de deuda externa que a fines de los 90. Después del corralito, menos argentinos tienen sus ahorros en pesos, por lo que una corrida contra la moneda tendría menos impacto que hace 10 años. Eso explica por qué muchos analistas se han equivocado al anticipar el inminente caos en Argentina. Pero igual que en el cuento de Pedrito y el Lobo, el problema es equivocar el momento de la llegada del lobo, no su llegada. Argentina tiene problemas estructurales que, de no ser abordados adecuadamente, producirán eventualmente una nueva crisis. Lamentablemente, las señales son sólo tímidas respecto a la voluntad del gobierno para tomar decisiones difíciles en pro de la disciplina fiscal. El que muchos analistas se han equivocado al anticipar el momento de la crisis argentina—o al predecir crisis económicas recientes en el mundo—no exculpa de responsabilidad al gobierno argentino por adoptar políticas económicas que inevitablemente conducen a episodios inflacionarios y recesiones.

 

El segundo argumento que utilizan los simpatizantes del modelo argentino apela a la idiosincrasia nacional. Pensemos en la forma en que los chilenos reaccionan ante los terremotos. A menos que sea muy intenso, los chilenos no se ponen nerviosos. Mientras los visitantes extranjeros entran en pánico por un temblor fuerte, los chilenos mantienen la calma. Algo similar pasa en Argentina con la inflación. Los datos reales de inflación—no los “oficiales” maquillados por el gobierno—reflejan índices superiores al 20% anual. En un país que ha experimentado episodios dramáticos de inflación, esta cifra parece menor. Pero así como los países sísmicos pagan costos al verse obligados a invertir más en infraestructura más resistente, los costos de la inflación no son triviales para Argentina. La desigualdad y la pobreza aumentan con la inflación, por más aceptable que esta sea para la sociedad argentina.

 

Las simplificaciones siempre son odiosas e incompletas, pero como nos enseñó Jorge Luis Borges en “Del rigor en la ciencia”, nada más inútil que hacer un mapa tan detallado de un país que el mapa tenga el tamaño del país.  La característica predominante en la Argentina de hoy es el abuso del argumento de la excepcionalidad nacional para justificar políticas económicas y sociales fallidas e inconducentes al crecimiento y desarrollo. Por más que los defensores del modelo insistan en que esta vez va a ser diferente, la historia probablemente no los absolverá.