Las dos almas de Bachelet

Patricio Navia

La Tercera, diciembre 18, 2011

 

Una importante razón por las que una potencial candidatura de Michelle Bachelet despierta entusiasmo en la Concertación es la cuidadosa ambigüedad que ha mantenido la ex presidenta sobre la hoja de ruta que usará en caso de volver a La Moneda en 2014. Dividida entre aquellos que buscan izquierdizar a la coalición para cortejar a los movimientos sociales y aquellos que advierten que el electorado decisivo en 2013 será moderado, la Concertación sólo parece concordar en Bachelet es su mejor candidata. Pero mientras más se demore Bachelet en dirimir la disputa por decidir el color ideológico de la campaña y la carta de navegación de su potencial gobierno más probable es que la travesía nunca salga de puerto o, peor aún, fracase en el camino.

 

La vocación de Bachelet a mantener a todas las facciones cerca la lleva a ser especialmente ambigua sobre sus creencias y posturas. Pese a estar a la izquierda de sus antecesores, Bachelet gobernó con una hoja de ruta más centrista y moderada. La férrea disciplina impuesta por Camilo Escalona relegó a los auto-flagelantes. La trenza de poder forjada entre el disciplinado socialismo y la tecnocracia liderada por Andrés Velasco en Hacienda marginó los esfuerzos por adoptar políticas más izquierdistas. A la vez, Bachelet buscó incorporar a la izquierda extra-parlamentaria a la Concertación. El pacto por omisión en las municipales de 2008—con la celebración del triunfo comunista en Pedro Aguirre Cerda liderada por la propia Bachelet la noche que la Concertación experimentó su primera derrota—y los guiños izquierdistas en materia internacional evidenciaron la ambigüedad ideológica—o el pragmatismo, dirían sus defensores—de la ex Presidenta.

 

Desde que dejó el poder, Bachelet ha sido cuidadosa en no enemistarse con ninguno de los dos bandos concertacionistas. Las peregrinaciones a Nueva York son realizadas por liberales que buscan retomar la senda de la disciplina fiscal abandonada por un gobierno que trata de adelantar a la Concertación por la izquierda, pero también por auto-flagelantes que quieren aprovechar la coyuntura para implementar todas las políticas de izquierda que la Concertación no impulsó en sus 20 años en el poder. Anticipando que, en caso de que se decida a volver, la elección será una cuestión de simpatía y cariño—y no de discusión sobre la hoja de ruta—Bachelet prefiere el silencio que declaraciones que inevitablemente incomodarán a algunos seguidores.

 

Pero sus silencios también hacen sospechar sobre una disputa interna que parece existir entre las dos almas de la propia presidenta. Bachelet fue exitosa porque gobernó con moderación y pragmatismo. Pero su éxito también se debió a la paciencia de los que querían avances más acelerados. Ahora no parece haber igual disponibilidad en la izquierda concertacionista. Si bien los votos decisivos volverán a estar entre los moderados, un motín en las huestes izquierdistas podría arruinar todo el proyecto. Por eso, Bachelet guarda silencio y evita hacer lo que le corresponde a un líder, tomar posiciones y transparentarlas.

 

Es riesgoso apostar a que se puede llegar a feliz destino con la lógica del “a todos diles que sí, pero no les diga cuándo”.  Es más, mientras más alargue el silencio, más alimentará Bachelet la disputa entre las dos almas concertacionistas. Eso hará más difícil evitar que la travesía a La Moneda devenga en una pesadilla. Mientras más alargue los silencios, mayor el riesgo que las decepciones y las percepciones de traición hagan que su retorno tenga un desenlace tan inesperadamente decepcionante como la histórica travesía del Titanic.