Para marzo

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 26, 2011

 

La forma en que se está cerrando el debate sobre el presupuesto ha sido tan maratónica como frustrante. Después de la pausa veraniega, tanto el gobierno como la oposición se encontrarán con un examen de nivelación en marzo. Si la clase política brindó un decepcionante espectáculo de incapacidad para liderar y forjar acuerdos en 2011, la cercanía de las elecciones municipales y el debilitamiento de confianzas y credibilidad resultantes de la frustrada negociación de este año ya constituyen preocupantes señales sobre la dirección que tomará el conflicto estudiantil, cuando en lugar de volver a las aulas, los estudiantes vuelvan a las calles después del verano.

 

El gobierno debió ser el principal interesado en cerrar el debate. En menos de dos años, Chile ya tendrá un nuevo presidente electo. Si el primer año del cuatrienio estuvo marcado por el terremoto, el segundo año pasará a la historia por las marchas y por la deficiente capacidad de respuesta del gobierno. El conflicto estudiantil se le escapó de las manos a La Moneda. Es cierto que la Concertación actuó de forma irresponsable y que la Alianza heredó problemas que se venían acumulando por años.  Pero la frustración que existe en la sociedad se debe a los errores no forzados cometidos por el gobierno y a su deficiente estrategia de negociación.

 

Durante los meses del conflicto, como Pedrito advirtiendo sobre la llegada del lobo, después de anunciar propuestas donde supuestamente ponía toda la carne en la parrilla, el gobierno siempre terminó por realizar nuevas e improvisadas ofertas que incluían más concesiones. Sumado a la ya endémica baja credibilidad presidencial, esa actitud alimentó la percepción de que se estaban escondiendo recursos. De ahí la estrategia estudiantil -refrendada por la Concertación- de exigir siempre más. Si tu interlocutor no te cree, de poco sirve decir que estás ofreciendo lo que más puedes dar. Ya que la opinión pública tampoco le brinda credibilidad, el Presidente Piñera ha sido incapaz de convencer a los chilenos de que está haciendo todo lo posible para solucionar el problema.

 

Es verdad que hay algunos resultados positivos. La educación se ha convertido en una prioridad cada vez mayor. Así como hace 50 años la reforma agraria era vista como el mecanismo para reducir la desigualdad, hoy lo es el acceso igualitario a una educación de calidad. Si bien hay diferencias en cómo alcanzar la meta, hay amplia coincidencia respecto a dónde se quiere llegar. Pero de poco sirven esos avances si no se generan acuerdos amplios que permitan ir cerrando ciertos temas y dando pasos concretos. Los chilenos justificadamente sentirán la frustración de ver una película repetida cuyo final ya se anticipa como decepcionante, cuando comiencen de nuevo las tomas y marchas con demandas por mayores aportes basales a universidades públicas, con peticiones por gratuidad universal y advertencias sobre las externalidades negativas de aumentar el financiamiento a la educación superior sin antes mejorar la situación de la educación preescolar, básica y secundaria.

 

Igual que un estudiante que no fue diligente para hacer bien sus tareas y queda con exámenes para marzo, el gobierno y la clase política llegan al verano con demasiadas tareas pendientes, que los estarán esperando cuando toque volver a clases en marzo. En liderazgo y capacidad para negociar y forjar acuerdos, el gobierno y la oposición terminan el año con calificación deficiente, con nota roja.