El ministro más poderosos de Cristina K: Julio De Vido

Patricio Navia

La Tercera, noviembre 12, 2011

 

Julio De Vido, el poderoso ministro de planificación federal, inversión pública y servicios de la Argentina, personifica las fortalezas más loables y las debilidades más evidentes del kirchnerismo. Acompañante de los Kirchner desde el inicio de su carrera política en Santa Cruz a comienzos de los 90, De Vido se mantenido por 8 años en este ministerio clave para el modelo de sustitución de importaciones y desarrollo hacia adentro del gobierno argentino.  Porque la experiencia nos enseña que en Argentina el poder reside más en personas que en instituciones, resulta razonable negociar con él los temas en la agenda bilateral. A su vez, porque los arreglos con personas duran menos que los acuerdos entre instituciones, hay que pensar más en el corto plazo que en un horizonte más amplio de tiempo.

 

Como en la exitosa película del chileno Alex Bowen, mi mejor enemigo, que relata escaramuzas entre soldados argentinos y chilenos en Tierra del Fuego, marcadas por la desconfianza y una natural inclinación a la amistad, en la cuasi guerra por el canal Beagle en 1978, De Vido encarna las complejidades de la relación bilateral. Unidos por la historia, por las oportunidades y por el futuro, Chile y Argentina son pueblos hermanos cuyas hojas de ruta han evolucionado en direcciones distintas y cuyos estilos de vida—y formas de entenderla—se han distanciado en los últimos 20 años.

 

En Chile ha habido consenso sobre la conveniencia del modelo social de mercado. Los candidatos anti-modelo han fracaso en sus aventuras electorales.  En Argentina, el modelo neoliberal fue impulsado por el gobierno de Menem, que evidenció insuficiente celo por evitar la corrupción. Además,  el fuerte apoyo al modelo más proteccionista que ha impulsado la Casa Rosada se explica por los malos resultados de la equívoca e incompleta implementación del consenso de Washington en los 90.

 

La independencia y autonomía de las instituciones democráticas—que se han consolidado en Chile—aparecen a veces supeditadas a la necesidad de que todos empujen en la misma dirección en Argentina. Así, mientras la concentración de poder presidencial es vista con suspicacia en Chile, en Argentina aparece como un paso necesario para impulsar la profundización del modelo.  A su vez, si la disciplina fiscal aparece en Chile como compromiso de todo el espectro político, en Argentina se puede supeditar al impulso desarrollista. En Chile, los programas sociales subrayan la necesidad de subsidiar la demanda de los que más lo necesitan. En Argentina, se tiende a subsidiar la oferta. De hecho, bajo el liderazgo de De Vido, se ha expandido la estructura de subsidios universales que benefician por igual a los que más necesitan y a los que tienen de sobra para pagar.

 

Las diferentes trayectorias y los distintos énfasis en los modelos de desarrollo de ambos países dificultan la comprensión mutua. Lo que tiene sentido para Chile puede resultar incomprensible en Argentina. Si bien Argentina ha crecido más que Chile en los últimos 8 años, Chile pasó de tener la mitad del PIB per cápita argentino en 1980 a un nivel de desarrollo similar en los últimos años.  Pero así como es inconveniente que Chile intente evangelizar a Argentina sobre nuestro modelo de desarrollo, resultaría inoportuno que Argentina espere que Chile comparta su visión de desarrollo.  Puede haber diálogo y comprensión aunque tengamos prioridades y estructuras diferentes.

 

El poder de De Vido es equivalente al del ministro de hacienda chileno, en tanto De Vido ejerce el control de la billetera estatal al controlar flujos de gasto en proyectos de inversión pública y también en los cuantiosos subsidios a la oferta que son parte central del modelo de construcción de apoyos y alianzas del kirchnerismo en una Argentina caracterizada por el federalismo y la presencia de caciques provinciales y jefes políticos locales.  Además, considerando la menor relevancia política e insuficiente cercanía con el mundo empresarial del Ministro de Relaciones Hector Timmerman, De Vido ha ocupado también un rol que en Chile normalmente tiene el Canciller. 

 

Hoy, De Vido personifica el poder kirchnerista, amplio pero más personalista que institucionalizado. En el futuro, la Presidenta pudiera prescindir de él como ya prescindió de otros aliados. De ahí que hay que tener en cuenta la incertidumbre sobre el poder futuro del interlocutor. Además, los acuerdos negociados con este gobierno pudieran no perdurar más allá de la era kirchnerista—como algunos alcanzados en época de Menem tampoco sobrevivieron a su alejamiento del poder. En estas circunstancias, son mejores los acuerdos que producen resultados inmediatos, que no precisan de instituciones independientes y que no necesariamente impliquen costos demasiado altos en caso de que un futuro la política argentina produzca nuevos liderazgos que, igual que ha hecho el actual, opten por un proceso de refundación del modelo argentino de desarrollo.