Los secretos de Carlos Ominami

Patricio Navia

La Tercera, noviembre

 

En Secretos de la Concertación, el ex ministro y ex senador socialista Carlos Ominami resume magistralmente las dos caras de la moneda que implica ser gobierno. La acción gubernamental obliga a hacer concesiones que requieren tragarse algunos incómodos sapos con tal de avanzar metas loables.

 

Aquellos que sólo buscan avanzar sin transar, así como los demasiado dispuestos a transarlo todo son malos políticos. Los primeros participan de un juego de todo y nada polarizado, que transforma puentes en trincheras y adversarios en enemigos. Los segundos terminan más preocupados de los medios que del fin.

 

Haciendo gala de buena pluma, Ominami recuerda los acuerdos en los que él participó en visionarias decisiones que fortalecieron la democracia. A su vez, las decisiones que no fueron de su agrado son presentadas como errores que socavaron las bases morales de la Concertación y anticiparon la derrota de 2009.

 

Pese a ser especialmente elogioso del Presidente Aylwin, de quien fue ministro de Economía, Ominami es crítico de los pactos de la transición. Ominami asigna culpas a Boeninger y otros prohombres concertacionistas demasiado proclives a aceptar las ataduras institucionales. Pero Aylwin fue responsable de aceptar esos pactos que nos heredaron la camisa de fuerza de la Constitución de 1980.

 

Si Ominami hubiera encontrado las condiciones inaceptables, debió haber renunciado. Al quedarse, validó una transición que, pese a todos sus defectos, permitió que Chile avanzara hacia la democracia.

 

Nuestra democracia tiene un pecado de origen. Como un hijo que nace producto de una violación, el trauma siempre estará presente en la familia. Pero después de haber ayudado a que ese hijo creciera y se convirtiera en un ciudadano de bien -con fortalezas y debilidades, virtudes y defectos- parece inútil que el padre adoptivo se lamente ahora por el traumático origen.

 

Ominami correctamente alega que la Concertación le tuvo miedo a Pinochet e hizo concesiones innecesarias para asegurar la transición. Pero Ominami no usa el mismo rigor cuando analiza su propia evolución. La decisión del comando de campaña de Lagos de apoyar la demanda del gobierno de Frei para lograr la liberación de Pinochet en Londres fue más polémica -e innecesaria- de lo que recuerda Ominami. La cercanía de la izquierda chilena con la dictadura de Fidel Castro reflejó una renovación que no fue ni pareja ni perfectamente consecuente. Ominami también evita referirse a la inconveniente decisión de su hijo Marco Enríquez-Ominami de entrar a la política como candidato a diputado en un distrito que correspondía a la circunscripción donde Ominami era senador.

Ominami no se hace cargo de lo inoportuna que fue su candidatura senatorial independiente para las aspiraciones presidenciales de ME-O en 2009. Al tener una lista parlamentaria propia, ME-O convirtió su rebelión en una amenaza para toda la Concertación. Como independiente, ME-O sólo amenazaba a Frei.

 

Los candidatos concertacionistas al Parlamento, especialmente en la izquierda, lo podían ver incluso como un aliado. Pero al tener lista parlamentaria propia, liderada por su padre, ME-O imposibilitó la construcción de puentes hacia la Concertación. De no haber renunciado al PS, Ominami podría haber ayudado a que su hijo construyera el movimiento renovador que ahora busca el propio Ominami.

 

 

El libro termina con una propuesta general de hoja de ruta para la construcción de un nuevo proyecto progresista. Con algunos énfasis más estatistas, más cercano al neoliberalismo con rostro humano de Aylwin que a las visiones más libremercadistas de Frei, Lagos o Velasco (refrendadas tácitamente por Bachelet), el postulado mezcla social democracia con economía social de mercado, pragmático y flexible. Esto es, con bemoles, la hoja de ruta concertacionista de siempre.

 

Al final del día, Ominami discrepa más en las formas que en el fondo con la Concertación. La falta de democracia interna, las prácticas estalinistas que denuncia en el PS, la nula disposición al debate y el castigo a los que se atreven a discrepar parecen ser las principales objeciones que Ominami tiene hoy contra la Concertación.

 

Como todo buen asado precisa primero del sacrificio de un animal, la política requiere de procesos que a veces es mejor no diseminar en excesivo detalle. El desafío de un político se parece al de un buen matadero. Deben hacer la pega bien, lo más higiénicamente posible, con el mínimo dolor, pero aceptando que la sangre es parte del proceso.

 

En Chile faltan libros como el de Ominami que discutan los procesos internos del quehacer político. Pero hay que ser cuidadoso en separar las malas prácticas que contaminan la política y la hacen insalubre, de la inevitable sangre asociada a las disputas políticas internas. Al meter ambos al mismo saco, el libro de Ominami parece más un ajuste de cuentas que un intento por introducir mejores y más higiénicas prácticas al matadero de la política, donde ya se empieza a faenar la carne que servirá para el asado de la campaña presidencial de 2013.