Toma en Ex Congreso: Repúblicos

Patricio Navia

La Tercera, octubre 22, 2011

 

La polémica generada por la toma de la sede de Santiago del Congreso Nacional y por la negativa del presidente del Senado, Guido Girardi, a desalojar a los manifestantes, subraya las dificultades políticas -más que crisis social o económica- que experimenta el país. Además de representar un pésimo precedente, la decisión de Girardi de negociar con los manifestantes alimenta una mayor desconfianza de los chilenos en el Congreso.

 

Preocupados de satisfacer a los que gritan más fuertes, muchos parlamentarios incumplen su obligación de representar los intereses de sus votantes. Después de haber sido electos a través de un sistema poco competitivo, algunos parlamentarios demuestran falta de coraje moral para asumir su obligación de legislar.

 

Tomarse el Congreso Nacional es tan ilegal e ilegítimo en democracia como tomarse una escuela. Los parlamentarios tienen la misma obligación de trabajar que los alumnos de estudiar. Es verdad que una toma colegial, además, vulnera el derecho de los alumnos a recibir educación. Pero el Congreso constituye un pilar de la democracia y su funcionamiento afecta a todos los chilenos. Hasta ahora, los activistas no habían osado interrumpir el normal funcionamiento del Congreso. Imperfecto, pero democrático al fin, nuestro sistema político ahora aparece vulnerable para que cualquier grupo con suficiente fuerza irrumpa en el Congreso y, como en un secuestro, negocie concesiones antes de abandonar el lugar.

 

Al negarse a desalojar, Girardi renunció a usar la investidura democrática que lo obliga a defender el estado de derecho. Aunque sus armas no son letales, los chilenos que se tomaron el Congreso cometieron una insurrección comparable a los ruidos de sables militares o los ejercicios de enlace de comienzos de los 90.

 

En democracia, la voluntad popular se impone en las urnas, no en las manifestaciones callejeras ni en las turbas. Cierto, el sistema electoral carece de legitimidad, como varias otras instituciones democráticas chilenas. Pero la falta de democracia se corrige con reformas democráticas, no con interrupciones del proceso legislativo.

 

Así como los militares deben ser obedientes y no deliberantes, los ciudadanos deben respetar las instituciones democráticas, por más inconformes que estén. Al realizar concesiones a los insurrectos, Girardi atentó contra la calidad de nuestra democracia. Su accionar reflejó meridianamente que, además de faltar legitimidad, en el Congreso Nacional también hay carencia de repúblicos que asuman su tarea de defender las instituciones de la democracia.

 

La necesidad de una reforma electoral se hace hoy más evidente. Introducir más competencia al sistema y otorgar a los ciudadanos la capacidad para castigar a los malos y premiar a los buenos ayudará a que el Congreso funcione adecuadamente y que todos sepamos que la forma de promover nuestras creencias y valores es a través de la victoria en elecciones y no a través de ilegítimas tomas.